CONTRATAPA

Música de fondo

 Por Gary Vila Ortiz

Todas aquellas escenas de la historia del hombre que vale la pena recordar han tenido y siguen teniendo música de fondo, como si se tratara del pasaje de un film. Claro, la música original se ha perdido, pero hay quienes se han encargado de reconstruir lo que pueden, mejor dicho de inventar lo que les parezca más adecuado. Tres ejemplos famosos entre otros: La música de fondo cuando Sócrates decidió que lo que había que hacer era tomar la cicuta; la de Buda en el instante en que alcanzó el estado de perfección que nadie podrá volver a alcanzar nunca; la música que se escuchó en el universo todo cuando Cristo fue crucificado. Hay otros momentos menos trascendentes que esos que también tienen su música, pero claro, no es lo mismo.

No sé dibujar. Tampoco llevo una libreta en la cual escribir lo que en determinados momentos tengo ganas de hacer. Entonces quedo mudo y trato, nada más que eso, acumular en algún lugar de la memoria, a la cual con gran originalidad como el "El rincón de Funes el memorioso", algunas cosas que deseo apuntar lo que no pude hacer en el momento adecuado. Tendría que haber puesto otro título. Pero me conformo con el que he puesto, cada uno tiene su mundo para él esas escenas son todo su mundo. No hay otro. No para mí al menos.

Ahora esa vaquita de San Antonio, caminando entre el humo de mi cigarro es la escena que tiene mi mundo en estos momentos. Tal vez podría agregar un tomo con poemas de Brecht sobre el cual hay un paquete de Camel Blue y una caja de fósforos.

Me gustan más los fósforos que los encendedores. Tengo cajas de fósforos por todos lados. Hasta en los bolsillos.

Hay calles en las cuales, creo, no hay kiosco alguno donde comprar cigarrillos. Por lo menos los domingos.

Veo una cucaracha cansada caminando por el piso, la última cucaracha del universo, que va con seguridad a la muerte. Camina, le cuesta llegar detrás de una maceta. Creo que allí morirá. Sacar la absurda conclusión de que las cucarachas mueren detrás de las macetas. Por algún motivo la cucaracha me hace pensar en los dictadores. Pero estos no mueren detrás de ninguna maceta. Sería demasiado digno para ellos morir detrás de una maceta.

La pequeña lagartija se esconde detrás de un pájaro que no le presta atención. Siempre parece haber un gran pájaro que necesita de aquellos a quienes no le prestará ninguna ayuda y la necesitan. Supongo que Dylan Thomas, Cesare Pavese, Antonin Artaud entre muchos otros necesitaban de un gran pájaro que les prestara atención. Claro, me dice ella, ¿existe en realidad un gran pájaro que sirva para algo, o simplemente existe" No sé que responderle, porque cuando ella se encuentra entregada un tarea que le proporciona placer puede hacer muchas preguntas, pero es inútil querer responderle.

Para estas cosas que pueden parecer absurdas, pero no lo son, no se requiere saber con exactitud de almanaque, suponiendo que todo almanaque es exacto (lo que no es verdad), pero de cualquiera manera es un juego divertido pensar en el día que esto se comenzó a escribir y los días en que lo continuó haciendo. ¿Pero se trata nada más que de un juego? Vaya uno a saber. ¿Y para qué saber?.

El gran pájaro se hace presente cada vez que me pongo a escribir. Podría decir que siendo siempre el mismo adquiere distintas formas y lo hace sin pensar que lo estoy mirando. Mi mirada no le importa. A veces es como aquel que comía el hígado de Prometeo, a veces es el que observó Kafka, otra veces el gorrión del poema de Hudson o el ruiseñor de Keats. En ocasiones una lechuza en mi memoria, un atardecer de marzo. El gran pájaro está siempre presente para todos, pero hasta este momento no se sabe el por qué de su presencia.

El gran pájaro está entre los hombres desde el comienzo. Los hombres por su parte tienen distintas visiones de él y sus actitudes son sumamente variables. Bastaría observar los diferentes templos que se le han levantado a lo largo del tiempo para darnos cabal cuenta de esas diferencias . Y nos referimos a las más conocidas. Pues hay otro de que sólo hemos oído hablar, pero ni tan siquiera tenemos un dibujo para saber cómo eran. Por ejemplo, una tribu del Amazonas, que estaba en vías de extinción pero es probable que ya no queda ninguno de sus miembros. Eran caníbales silenciosos y muy sensuales. Adoraban a varios pájaros pero aparentemente a sabiendas que siempre era el mismo por más que sus formas fueran tan diferentes.

Un portugués de la época de la conquista, que no fue devorado porque era particularmente flaco, había logrado aprender algunas de sus palabras y había anotado algunos de sus textos. Todos pertenecientes a la oralidad. Entre ellos nunca se les había ocurrido la escritura. En uno de ellos hablaban del pájaro del amanecer, el que aparecía al atardecer y ese otro, muy pequeño, de ciertas horas de la madrugada. Eran adorados como dioses.

¿Qué se hace cuando el gran pájaro no aparece? Cada uno tienen sus sustitutos, aún a sabiendas que ninguno alcanza. Por mi parte leo y leo hasta cansarme y luego escribo. Son momentos en que me gustaría saber pintar. En realidad la lectura es el alimento preferido, aquel que puede hacerme pasar horas en diferentes mundos. Vivir escenas tan distintas hasta abrumarnos.

En lugar de leer, podríamos hacer el amor, las dos cosas son peligrosas, pero por eso nos gustan tanto. Y ahora, dice ella, deberíamos probar ciertas imposibilidades. Pienso, pero no se lo digo, que ya las hemos probado todas, pero prefiero calle y dejar que ella decida. Le propongo: "Podríamos probar leer 'El Aleph' desde su mismo centro, anulando todo lo otro, es decir Borges, lo que él ve lo que nosotros creemos ver". Ella sonríe. Esa sería una imposibilidad para el amor que aún no hemos probado. Tendremos que intentarlo.

¿Hablamos al comienzo de la música que corresponde a cada escena? Hacer el amor desde el mismo centro del "aleph", desde nuestro "aleph" ¿qué música necesitaría? En algún momento se me ocurre una vieja versión de Milt Jackson con Ray Charles. Pero al momento ella me pide algo de Charlie Parker. Hasta ahora observo, o creo observar que el gran pájaro está conforme, aunque con seguridad no actuará para nada en ningún momento, nada aún si le pedimos por favor que haga algo. Al fin y al cabo somos como sus hijos. Ella conoce (o conocía mis deseos) y me pregunta ¿no vendría bien ahora algo de Stravinsky? Sin, con seguridad, pienso que el "Pájaro de fuego" confirmaría al gran pájaro. Pero apenas comienza la música el gran pájaro remonta el vuelo y comienza a lo lejos una danza para él mismo.

En este momento, en el ahora de un instante de este momento, he quedado solo y pienso en qué debe pensarse cuando uno está verdaderamente solo. El alcohol y el cigarrillo son alivios momentáneos que no alcanzan para nada. El gran pájaro, que ha aparecido bruscamente, me dice desde algún lugar que no me es visible si no ha llegado el momento de pensar en Dios, que también es el suyo. Le digo que tengo muchos problemas con ese tema. Creer en Dios me resulta simple, una forma de estar en la vida, pero sabiendo que Dios no me tendrá en cuenta para nada. Le recuerdo: "Uno de los atributos de la divinidad es el silencio". El gran pájaro me dice que tal vez esa sea la forma de encarar la soledad cuando la soledad se hace insoportable. Guardar el más extremo silencio y dejar que los sonidos sean los de nuestro interior, aún el perdido en el laberinto.

Lo intento, dejo que palabras, signos que ignoro, dibujos, objetos extraños a mí vivir, traten de formar una oración. En realidad que ellos me dejen a mi hacer una oración, pero a sabiendas que una vez que todo lo que ha surgido del silencio comienza a formar esa oración que anhelo, se bien que la racionalización de lo que tengo a mano, aún si algo de eso me pertenece, hace que la oración en realidad se transforme en otra cosa. En un poema, pienso, pero se bien que un poema no es una oración, de la misma manera que una oración difícilmente sea in poema.

Pero allí esta ese todo confuso que puede ser mínimo o inmenso, pero invisible a los ojos de los otros, incluso de aquellos que amo. Si esto nace del "aleph", todo estará en él. Pero esa enumeración la hizo de una vez para siempre Borges y resulta inútil tratar de hacer otra.

¿Qué puedo decir entonces? Hacer el amor es una forma de hacer que los movimientos del cuerpo se vayan transformando en la oración que deseo. Todo aquel que hace el amor amando, va haciendo que las líneas que se tocan en el espacio durante segundos o el cuerpo que se toca con el otro cuerpo y construye sus propias "esculturas" de algo que prontamente dejará de ser, como si hubiésemos hecho algo con agua, con el humo del cigarro que estoy fumando, con resplandores inexplicables. O, lo que sería terrible, pensar que lo hecho es parte de la despedida del amor, un poema muy triste, una oración sin música con palabras que nos desgarran.

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