CONTRATAPA

Sereno

 Por Bea Suárez

Viernes, la ciudad parece esperar algo, que cierren de una buena vez los bancos, se bajen las banderas, las persianas, o se enciendan las luces de casa al regresar, como señal de cena, la última cena de un callejón repetido hasta el infinito cuyo nombre es: semana.

Los días pasaron lentos y vecinos, mansa llegará la tarde provinciana y, por ser viernes, algo se descartará, lavará, limpiará, o quedarán agrestes los juguetes.

El viernes se puede abandonar el surtido de ruidos, en un suspiro de siete de la tarde se deshojan las horas una a una, el alma parece larga.

Ya a la mañana nace la propuesta, uno invierte en pensarse acariciado y no turbado, al horizonte va la melancolía, el día es un diamante donde se afila la sonrisa, se vuelve deliciosa, trémula, primaveral.

He llegado a pensar que el viernes pertenece a otra era, al tiempo en que frenábamos el éxtasis, el mate se tendía a nuestro lado, y a orillas de los ríos los minutos pasaban, acontecían. Se podía eso: acontecer. Y punto. Que había tiempo enjaulado y por demás para disponer, o que la aristocracia de la urgencia (que caracteriza a la Chicago argentina) quedaba entonces en sutil suspenso.

Un latido profundo se escucha al mediodía, el transeúnte que resuelve y paga porque "sino hasta el lunes". La "semana que viene" de pronto se esfuma, falta mucho, falta una eternidad poco menos que divina.

Es la jornada para volver al ideal; cambiar un mundo que está en el escalofrío de cada uno. Intermitentes, dejamos el trabajo, o el mismo nos deja rumbo al agujero negro de cierta soledad.

A veces nos esperan unos ojos joyantes que nos harán vibrar sin mirar los relojes. Esa última ducha, esa extraña agua final nos limpia todo, un jefe ventoso, un compañero sin fachada, el campo en cosecha plena.

Caigo en un sueño del que desearía no despertar. Pasa mi área arquitectónica, agonizan mis párpados para el bien del cuerpo, me lleno de aire, camino, recupero la música. Y el cielo tiene luna.

Los que nunca sintieron hoy sentirán de todo, esforzándose un poquito alguien podrá pintar, la peatonal activa dejará paso a quienes ágiles la limpian, algo flotante estará permitido en algún corazón.

Es viernes, el abanico de lo último invita a darnos aire, a saber que la inseguridad terrible de la vida puede ser olvidada por un rato. Se inclina el Monumento para dejar ver el agua, un barco tímido de luz permite hasta suponer un viaje.

Sensitivos, leemos un poco mas dorados.

El beso hoy será inteligente y lento, como cuando éramos chicos y se recorría la boca un largo rato, y esa boca valía por sí misma y no como pasaporte.

El viernes es para no organizar, la fuerza bullente del mandato afloja, el equilibrio puede perderse entre el follaje del Bajo y la serenidad rosarina encanta Boulevard Oroño que hasta hoy acarreó gracia vencida.

Sin destino un señor vaga.

Sin promesas la oficinista riega.

Entre delicadas hermandades se abren cervezas y desproporcionados gancias. Al dos por uno se presenta la dicha.

El viernes las mismas formas playas de la vergüenza parecen dislocarse, y, en el cimiente de su noche, pareciéramos libres.

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