CONTRATAPA

Mujeres de Bukowski

 Por Emiliano Oviedo

A Boris

Me lo llevo por un rato. Bukowski es de lectura rápida. Las escenas se suceden elípticas y Henri Chinaski no se detiene en elucubraciones de ningún tipo. El amor es una forma de prejuicios. Y yo ya tengo demasiado con los otros. Me llevé Mujeres un fin de semana, era invierno y hacía un frío infrecuente para la ciudad. No estábamos acostumbrados, no teníamos la ropa adecuada, no teníamos los hábitos, no teníamos el ánimo adecuado. Conforme avanzaba en el recorrido de calles que me llevaría de vuelta a casa, me dejaba mojar la cara por las pequeñas y centellantes gotas. Me dolía la cabeza y sentía debilidad por todo el cuerpo. Y extrañaba a Guillermina.

Hacía algo así como seis meses que yo valía poca cosa. Que vivía mal para ser más claro. Y estaba mayormente solo. Las pocas veces que salía afuera llevaba alerta el apunte mental que me dictaba los movimientos. Hacía el esfuerzo consciente y deliberado de actualizar intelectivamente los códigos del comportamiento humano. Los físicos tienen razón: cada movimiento tiene su algoritmo. Y el mundo se mueve por convenciones. En ese mundanal equilibrio yo era el trapecista inexperto. Y me valía de la memoria y la observación. Debía pasar desapercibido. No es agradable dar noticia de que uno prácticamente no ha vivido. En tal sentido, el frío siempre me fue propicio, un clima árido que aletarga los usos y las costumbres; en el frío hiriente la mayoría se comporta como si efectivamente hubiera vivido bien poco. Todo es convencional. Y el mundo se mueve por convenciones.

Las calles replicaban la desolación en el asfalto húmedo y duro. Llevaba el libro de Bukowski bajo el brazo, lo protegía en la axila mientras escondía las manos en el fondo de los bolsillos. ¿Qué estaría haciendo Guillermina? Entre las muchas cosas en que me llevaba la delantera, ella sabía cómo vivir y en ese punto yo estaba listo. Ese punto valía por tantos más. A fin de cuentas responde al arte más valioso y yo de eso no tenía idea; desconocía todos los principios. Estaba por fuera de lo que mi psiquiatra llamaba las generales de la ley. La experiencia vigoriza la intuición y viceversa. ¿Pero cómo se entra en ese círculo vicioso cuando no se tiene ni una ni la otra? Guillermina tenía tacto y se movía por la vida entre sus relieves, mi vida en cambio era una línea recta que conduce hacia donde toda línea recta, al punto final: un segmento sin realces. A Bukowski uno puede reprocharle muchas cosas, pero nunca decir que lo que escribe no lleva aire de vida, relieve.

Entretanto llegué a casa. Después de buscar alguna galleta, me senté a la luz de la lámpara a hojear el libro, recompensa de mi última excursión a la vida. En realidad no tenía intención de leerlo en su totalidad, pensaba simplemente pasar el rato, pero al dejar correr las páginas como contando el total, empecé a ver marcas de birome en los márgenes, vaya, habían tomado notas, habían dejado marcas, y una forma de leer, es una forma de vivir. Qué mejor para el inexperto que una huella de vida, la palmaria señal del paso de otro por el camino y la cómoda oportunidad de saberlo ausente para espiar. Demás está decirlo, leí sólo los pasajes señalados.

Una forma de conocer a las personas es saber qué les llama la atención, no nos sorprendemos de las mismas cosas. Yo me sorprendo bien poco y eso que todo debería representárseme como nuevo y desconocido. Guillermina, bien lo recuerdo, abría seguidamente esos grandes ojos como queriéndome transmitir lo maravilloso de cada cosa, yo le devolvía una mirada hendida que parecía desconfiar de todo, excepto de ella misma. No todos hacemos esa gracia.

Poner notas al costado lleva algo de esa incredulidad y esa sorpresa, --mira cómo son las cosas, es verdad, no lo había pensado de ese modo--. Por eso me dio un poco de tristeza leer esas notas al margen. Un receloso reconoce fácilmente a otro: mi amigo estaba empezando a alejarse de la vida, el proceso se leía, circular, en esas marcas. Empezaría por tomar distancia, primero los ámbitos más amplios, luego los amigos, la familia y, por último, también las mujeres. Aquello que lo llevó, cómo un índice, a comprar el libro porque sobresalía en el título, aquello que le llamó la atención tal vez porque hacía tiempo que había iniciado el proceso afilador de las distancias. Buscaba la coartada intelectual para esa cercanía. Mi amigo entonces, ya estaba lejos.

En ese momento supe que debería leer el libro entero. Ni una palabra menos. Volvería a caminar sobre su huella en la esperanza de que mis pasos condujeran a otra parte. Un curso sobre otro curso. Miré el color que había usado mi amigo, negro. Entonces mi trazo sería rojo. Señal de aviso. Rojo. Imperativo, mandón, cejante, intransigente. Hasta aquí has llegado, ahora te toca retroceder, volver sobre los pasos sin echar miradas sobre el hombro, como has llegado: te vuelves. Dejé de pensar en Guillermina. Con ella en la cabeza el recorrido no sería bueno. Era hora de terminar con eso. Y como un castillo de vapor helado empezaron a caer una a una las residencias imaginarias, todo el escenario alimentado por mi presupuesto, la hipotética vida que yo le había creado, ella haciendo esto, ella haciendo lo otro, ella viviendo, con otros amantes, por otras geografías que no compartió conmigo, ella llenando de aliento los gestos, ella diciéndome cómo, dictándome camino. Ese castillo de naipes de humo empezó a derrumbarse dolorosamente, una baraja humeante, el mazo puesto otra vez de espalda, y el temor incierto de tener que girar la primera baraja.

Me puse dos abrigos. Saqué de la alacena una botella pequeña de licor. Las calles estaban doblemente frías tras la retirada del sol. Tomaría una ducha caliente en casa de mi amigo y empezaríamos a cambiar las cosas. Eso, cambiar las cosas. Anduve rápido por esas calles, a pura tracción de aliento, de determinación, de alcohólica certidumbre. Pulsé el portero. Llamé una, dos, tres, cuatro veces. Y esperé. Volví a tocar y esperé más. No contestó nadie. Ni mi amigo, ni su mal paso, ni su falta de asombro. Asombro el mío, allí debajo con el frío entrándome, entrándome más. Arrebujado contra la puerta veía, ubicado en su mismo centro, extinguirse las ondas expansivas del propio asombro, la cálida envoltura que acompaña los sucesos. Eché una mirada al costado y el asfalto húmedo reflejaba el último brillo de la tarde celeste, una línea recta y larga que deponía cada vez más lejos el horizonte. Una lejanía objetiva perfilándose hasta un punto final invisible pero sobreentendido, presupuesto. El final que se infiere en todo tramo, aquella irrebatible fórmula del ocaso: un arrebato que no conduce a nada.

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