CONTRATAPA

Los duendes no cazan perdices

 Por Jorge Isaías

Las películas que don Arturo Aichino iba distribuyendo por aquellos pueblos polvorientos de entonces llevaban su cuota de fantasía. No era raro entonces verlo en la estación del Ferrocarril los días jueves esperando aquellos antiguos cilindros de lata donde iban los rollos que luego de apagarse las luces irían encendiendo las imaginaciones o las ilusiones fácilmente impresionables de entonces.

Nosotros teníamos el cine La Perla, que alguna vez regenteó --o fue dueño, no sé-- don Carlos Sorribas, un apellido más proclive a ser ubicado en Beravebú que en nuestro pueblo, pero esos son detalles.

Lo cierto es que esa esquina estratégica terminó comprada por las arcas del Club Huracán y todavía recuerdo esa ochava ocasionalmente pintada de amarillo, con su alta vereda y sus zanjones que vigilaban los sapos. Si mal no recuerdo se pasaban dos películas, y había un intervalo que se usaba para pasar al buffet, como se llamaba al bar, para quien lo deseara. Antes de comenzar la segunda se pasaban los sucesos argentinos o panamericanos, que no eran sino las noticias más relevantes del mes, nacionales en primer caso y americanos en el segundo. También había funciones los sábados y domingos, siempre a partir de las 21 horas.

Para avisar de las funciones, se tiraban algunas bombas de estruendo a las seis de la tarde y quince minutos antes se hacía sonar una sirena para llamar obreros a las fábricas. Hoy, que ya no hay cines, lo usa el cuerpo de bomberos voluntarios del pueblo.

Estas funciones eran para mayores y si la película lo permitía, para toda la familia. Pero la fiesta nuestra, la de los pibes, era la matinée del domingo, que comenzaba a las 16 horas en punto. Se podían dar películas acordes a la edad o no. Dependía de cómo don Arturo manejaba el mercado por entonces. Pero en general veíamos películas de aventuras: cowboy generalmente, pero podían ser de piratas, de espadachines o de peleas entre gauchos e indios, éstas eran las menos.

En mi casa, como es de suponer, se iba poco al cine y mis idas a la matinée dependían del bolsillo de mi abuela Laura, si le podía hurtar alguna moneda a la caja del almacén de mi abuelo. Todo estaba sujeto a mi disciplina semanal y rendimiento escolar.

Estas películas según encendían nuestra imaginación era motivo o argumento para todos los juegos de la semana.

De aquella época recuerdo un verdadero aluvión de películas de guerra donde los alemanes y los japoneses eran malos y los norteamericanos una verdadera dulzura que sólo la maldad del extranjero los había obligado a tomar las armas contra su voluntad. La segunda guerra mundial había finalizado no hacia mucho, no sin antes experimentar con la bomba atómica cuya sola pronunciación en nuestros labios nos ponía en pánico defensivo.

Mis viejos preferían sobre todas las otras cintas como se la llamaba popularmente aquellas donde actuaba Luis Sandrini, preferentemente y en general las llamadas nacionales.

Así cuando yo leía en los grandes cartelones expuestos estratégicamente en la estación del Ferrocarril, en la puerta de los Clubes o los grandes negocios esa cara de asombro exagerada, esos ojos inmensos que se abrían muy grandes y ese sombrerito mezquino, o el saquito que el personaje intentaba alisar por debajo de la cadera de ese actor inconfundible ya me sentía feliz. Era como un alivio porque las demás películas eran expuestas en el humor de mi padre como un perfecto azar. Pero las de Sandrini no. Las de Sandrini, decía mi progenitor, es fija que viene con calidad asegurada. Pero en verdad era mi madre quien más las disfrutaba, y las comentaba con las otras vecinas con gran regocijo, con las exclamaciones de júbilo que en otras ocasiones omitía y en el caso de aquellas películas ingenuas para tanta ingenuidad y fantasía de la época era puesta a tono.

En un canal del recuerdo vi hace muy poco aquella que era sin lugar a dudas la preferida de mi madre y la que yo recordaba con más unción. Se trataba de esa obra perfecta del sentimiento más puro: Cuando los duendes cazan perdices.

El argumento estaría sacado de un tango. El hijo bueno que cuida a la madre que se va quedando ciega, que hasta busca al hermano perdido, que es la oveja descarriada, y todo termina con la operación de la mamá y él, Eulogio, el personaje que interpreta Sandrini, saca a relucir un invento que no es otro que una bicicleta sin pedales ni cadenas: marcha con la mera suspensión.

El y Malvina Pastorino (su novia en la ficción) se alejan por un camino largo cantando de alegría.

Y mientras sus risas se iban apagando en la pantalla recordé que esa noche, al salir del cine La Perla con mis viejos, no pude evitar llorar, acompañando a mi madre, mientras las sombras de la noche traían un rocío fresco cuando cruzamos la calle de la escuela que estaba en silencio como testimoniando esas emociones fáciles de entonces.

Y eran tal vez muy fáciles porque el mundo recién empezaba.

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