CONTRATAPA

VERSOS

 Por Gabriela Gervasoni

Estamos uno enfrente del otro pero no me ve. Me mira desde los noventa, como si yo todavía pudiera usar pollera escocesa sin medias can can, y él tuviera esperanzas de lograr algún sueño. Me habla como si se frotara los músculos que ya no tiene con aceite, con aceite Johnson. Saluda con un beso engreído, ególatra: me besa para ver qué siento cuándo me besa y contárselo después a su analista. Elige cada palabra, las busca como se buscan las palabras de un poema. Como si dijera versos y no oraciones. Cuando las encuentra y por fin habla, me elogia pomposamente, de una forma tan grosera que me hace sentir examinada por un veterinario; le falta medirme y pesarme.

Se me pegotea el tiempo. El pasado sobre todo. Y el presente se estira. No sé cuántos minutos pasaron desde que nos encontramos pero ni siquiera los celulares tienen la delicadeza de interrumpir este instante eterno.

Él se afloja un poco la corbata y hace una breve reseña de los últimos años de su vida. "Pequeños grandes éxitos", podría llamar a esta escena en la que actúa con enorme soltura. Enumera, clasifica, data. Son todos logros, metas, objetivos. Ningún sueño. Quién sabe quien abandonó a quien (si él a los sueños o los sueños a él).

Me cuesta asumir que alguna vez estuve enamorada de éste hombre que rozando los 50 años me trata como si tuviéramos 20. Me avergüenza recordar cuánto me hizo llorar y sobre todo la cantidad de versos que le escribí. Por su culpa escribí pésimos versos durante años. Buscaba las palabras para el poema que me ayudara a olvidarlo como él las busca ahora sólo para impresionarme. Quisiera avisarle que no fue un tatuaje para mí, que no es mi cicatriz, ni una cascarita siquiera. Si valiera la pena, le diría que el amor no son mil capas de pintura que se quedan para siempre en el que alguna vez amó. Que no era cierto que el amor es un rayo que te parte en dos; Cortázar estaba equivocado. Que la nostalgia es el aceite Johnson con que se frotan los amores que no fueron nada. Que el amor está hecho de otras cosas, que hace bien, que arma y desarma pero siempre construye.

Me miro en el reflejo de una ventana. Nada está tan mal; ni yo, ni la vida, ni lo que ya pasó. Lástima este encuentro que me hacer perder de vista un sol de octubre apoyándose en los lapachos del boulevard.

Mientras sigo pensando en lo que no me animo a decir, él se acerca, corre un mechón de mi pelo y cuchichea las palabras que encontró en su baúl de los noventa. Estás linda todavía, me dice. El "todavía" resuena como una cachetada. Siento el beso muy cerca de los labios y el rechazo que provoca me saca del silencio. Le digo que ya lo sé, que hay alguien que me hace sentir linda todos los días. Se lo digo mirándole los ojos transparentes y vacíos como burbujas. Me limpio el beso con la mano y después vuelvo al silencio, tratando de acordarme de algún buen poema que me saque el gusto amargo que siento en todo el cuerpo. Cuando me lo acuerdo es tarde, él subió al auto con vidrios polarizados y ya me olvidó.

(El poema de Pipu Simeoni se quedó conmigo un rato más: "...porque amor no es idea, amor es lo que pasa...).

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1 SIMEONI, Pipu; No me pasó nada; Poema I; Editorial Peces de ciudad, Bs. As., 2015

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