CONTRATAPA

El más común de todos

 Por Rosana Guardalá

Recordó a su amiga en su maternidad. La vio enjugando a su bebé, haciéndole una vincha con las manos para que el champú no le picara en los ojos. Quiso que alguien le lavara la cabeza con el mismo cuidado, recogiéndole el pelo, mezclando el agua para que no se quemara. Con la cabeza en la pileta de la cocina veía como de su pelo desteñía el negro intenso que promocionaba la caja. Escuchó en el murmullo del agua a la Hermana Florencia gritando a las siete de la mañana en el micrófono: "No se pueden pintar el pelo". El agua tibia en su medida de violencia se llevaba el color y los ecos de esa adolescencia siempre en falta. Sintió que algo le tironeaba el jogging gastado. El gato logró subir clavándole las uñas, rastillándola con una suavidad sostenida. Apenas huele su pelo sale disparado por el amoníaco. Ciertas mujeres naturalizan los dolores impuestos: la corrosiva tintura, el espesor ardiente de la cera.

El agua hace presión en su cabeza. Vienen a ella las hilachas de agua fría con la que se bañaba en la casa de ese con el que dormía pero no eran novios. Por oposición, también le llega una fotografía nítida: él en los baños en suite. Ese que sí había sido su novio. El que tenía un caserón enorme en la esquina de un pasaje que comenzó a existir para ella cuando lo conoció a él, en la Feria de Ciencias. Supo desde el primer día que no funcionaría. Hay personas que cuando se juntan, se comportan como ciertos fenómenos químicos. Uno puede experimentar, desafiar y contraponer la ciencia a las emociones pero sabiendo que aún así, hay sólo una solución posible. Lo había encontrado en la calle hacía poco. Había terminado en la UCA y creía que "había que matarlos a todos". Hubiese querido combinar con la ducha de las que se despegaban hilachas de agua, pero combinar es un hecho fortuito. El amor es un juego de gente que anda día y de noche, encontrándose o desencontrándose, como dice Villafañe.

Se terminó de enjuagar. Era casi la hora. Se ató el pelo y agarró la mochila. Recién había comenzado el otoño pero afuera se sentía con fuerza. Buscó la tarjeta de colectivo que nunca estaba en el mismo lado. En la parada había una nena. Una mujer joven le ajustaba una de las dos colitas. Ella se hacía a un costado evitando el tirón mientras mirándole el pelo mojado que le rozaba la bufanda, la amonestaba. Le vibró el teléfono. Era él.

Del árbol raquítico se soltaban las primeras hojas. Un hilo de luz casi apagado cruzaba las ramas y cortaba a ella, a la niña y a la mujer en una postal en dos partes asimétricas. El resto de sol le caía sobre el rodete. "Amarte es esto:/ una palabra que está por decir/ un arbolito sin hojas/ que da sol". No le importó cambiar el verso final de Gelman. Espero que la niña no fuera curiosa, que no preguntara inoportunamente qué era amar. Repitió en silencio "Amarte es esto". Improvisó para sí misma una respuesta que no tenía sin sentido. El amor es ese algo que no tiene referencia en la palabra. ¿Cómo se dice cuánto se ama, cómo se ama? ¿Cómo es amar a alguien? El amor como un sustantivo abstracto mal clasificado. El más común de todos, aquel que explota los sentidos, el cuerpo.

Hacía trece años que no se veían. El la había localizado por facebook. Habían intercambiado una serie de mensajes en los que se habían puesto al día. No había motivo para verse. Deseaban verse. Saber que podían reconocerse. Demostrarse que el tiempo, no había pasado entre ellos.

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