CONTRATAPA

El idioma perdido de las grullas

 Por Beatriz Vignoli

A Sabina. En memoria de Ernesto.

Atopia, noche del martes 4

Afuera llueve. Esto quiere decir que hay una casa. Afuera, donde llueve, quedó el semillero que preferí no rescatar. No sé por qué esta lluvia me desvela. No es por el semillero que podría subir a librar de las garras del agua. Afuera llueve como el llanto de todo un pueblo.

Atopia, miércoles 5, mediodía

Afuera llueve. Esto quiere decir que sigue lloviendo. Llovió toda la noche y toda la mañana: un exceso brutal de agua, un aguacero.

Atopia, noche del miércoles 5

No sé por qué este silencio sin lluvia me desvela. Afuera están bailando en la casa embrujada. No iré a verlos bailar. Pienso en alguien que amé, muerto joven hace años, a quien nunca lloré. Es como si me alcanzara al fin una tristeza que me viene persiguiendo desde el fondo de los tiempos. Corriendo desde el fondo de la vida viene una tristeza. Tampoco lloro ahora. Le dejo ese trabajo sucio a la lluvia, que amenaza con atacar de nuevo la planta de tomates que pude salvar.

Atopia, noche del jueves 6

Qué tristeza extraña. Parece cansancio. Afuera me esperan con una cena pero no voy. Aviso: llamada perdida, seguro entenderán. Salgo a cerrar y encuentro una postal puesta en la puerta. Por un momento vuelvo a otra época, pero la firma en la postal me trae al presente. La postal viene de Francia, del mundo. Me alegra. No la leo todavía. No voy a buscar los anteojos ahora. Qué cansancio extraño. Me preocupa que mi gato haya salido. Lo llamo. Entra a casa. Nos echamos a dormir. No me duermo. En la oscuridad, oigo un ruidito. Tengo un mensaje desde la casa embrujada: "Estamos en la casona". "Me quedo en casita". Me duermo. Sueño un sueño donde hay mucha gente en un lugar. Algo de mí vuelve al pasado, a una niñez tardía donde reíamos: amigos, hermanos.

Atopia, viernes 7, media mañana

Oigo un ruidito. Tardo en mirar el teléfono. Tengo un mensaje que me avisa de una muerte. Anoche murió un amigo, casi un hermano en una niñez tardía donde reíamos. "Cuando dos sabios se encuentran, ellos ríen y ríen. El otoño, las muchas hojas caídas". Mi amigo se parecía a ese poema. Fue a la Patagonia, fue bombero forestal, me trajo una ramita de árbol petrificado que conservo en un bric à brac.

Fue traductor. Le gustaba pronunciar la palabra "positrones". Me prestó la mejor novela de Raymond Chandler, esa donde al final Philip Marlowe dice: "Hasta siempre, amigo. No te digo adiós. Lo dije cuando tenía algún sentido. Lo dije cuando era triste, solitario y final".

Mi amigo creía en Rayuela, creía en la magia del azar, y todos le creíamos. Todos menos ella a quien llamo. Mi amigo venía siempre con la lluvia. Y la de la otra noche fue su última lluvia. A lo mejor por eso duró tanto: era la lluvia que venía a despedirse. Pienso esto y llueve. Subo a entrar el tomate, el romero y la frutilla. Podría ser peor, al menos llueve. Es la lluvia que viene de nuevo a despedirse. Y Vallejo: "Me moriré en París con aguacero. Jueves será". Pero para.

Atopia, viernes 7, mediodía

Vine a despedirme. Ahora es el momento en que me entero de su segundo nombre. No es un sueño. Parece un sueño donde hay mucha gente distinta en un mismo lugar. Algo de mí vuelve al pasado, a una niñez tardía donde lloramos. Ella, que llegó antes, oyó cómo le cantaban.

Al fin me animé a entrar y lo miré. ¿Dónde estaban sus pies? Estaban amortajados, invisibles. Vi cómo una chica le pedía llorando que siguiera ayudándola. Vi su cara de muerto cansado y me lo imaginé riendo. Me lo imaginé diciendo: "¡noooo!". Dejalo descansar, pensé.

Y entre todos lo reconstruimos. Cada uno trajo un pedacito de memoria, una ramita de árbol petrificado del recuerdo. "Le decíamos Armani, porque te armaba la vida". "Estaba por dar un curso de biodanza para docentes universitarios". "Dio una conferencia sobre cuentos sufíes". "Viajó a Turquía para rezar en turco" (esa parte yo no la sabía). "Nos encontrábamos siempre de casualidad". "Nos hizo leer a Philip Dick, a Gurdjieff, a David Leavitt". "Siempre venía con la lluvia; llovía cuando murió Cortázar". "Era un gran creyente". "Creía en Rayuela; creía en la magia del azar, como los surrealistas". (Nadie dijo que escribía, yo tampoco; me pregunto dónde estará eso. Nadie dijo que era fanático de Newell's: fue otra de sus religiones).

Nos dimos cuenta de que había sido una deidad menor, viviendo entre nosotros. Sospecho que eso lo mató. Ser una deidad menor entre nosotros, que venía con la lluvia y te armaba la vida, a lo mejor fue eso lo que en aquella noche triste de anteayer le rompió el corazón.

Atopia, viernes 7, cinco de la tarde

Hay sol. Saco el tomate y la frutilla. Mañana saco el romero.

La postal dice: "La vieja Marseille. En un rincón, una mujer singular. Por lo que aún nos lleva hacia delante. Desde la pequeña casa donde estoy, celeste y amarilla. Desde aquí adentro van mis palabras hacia vos y en ellas mando todo el amor que es posible".

Atopia, viernes 7, seis de la tarde

La magia sigue, amigos. La vida va pasando. La magia sigue.

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