OPINIóN › SIETE DIAS EN LA CIUDAD

A la espera de tiempos mejores

El intendente Lifschitz tiene su gestión encorsetada por la falta de recursos y la necesidad de cubrir los posibles "baches" que se produzcan en los servicios esenciales. Encima no puede echarle la culpa al gobierno provincial que es de su partido y además Rosario ha dejado de concitar interés político nacional ya que éste se ha trasladado a la administración que encabeza Hermes Binner. Nada fácil.

 Por Leo Ricciardino

Con el gobierno provincial en manos de Hermes Binner, Rosario dejó de ser la "atracción" de la política santafesina. Hasta hay quienes guardan un poco de nostalgia de aquellos tironeos entre la provincia gobernada por un color y la ciudad por otro. Esa rivalidad que le permitió al mismo Binner protestar por el reparto de la coparticipación y fondos para obras que hacía el peronismo; y lo mismo a Miguel Lifschitz. Pero ahora, tendría que ser este último el que mayor nostalgia acumulara por el pasado cercano. No porque no esté feliz de que un hombre de su partido gobierne la provincia, sino porque ya no tiene a quién reclamar y tampoco ha resultado, podría decirse, demasiado beneficiado en la práctica por un gobierno de su misma fuerza.

Se adelantó hace varios meses en esta misma columna: Todas las miradas estarían desde ahora puestas en Santa Fe en virtud de la novedad que representa un gobierno socialista en la provincia por primera vez en la historia. Encima, en este segundo mandato no le ha tocado a Lifschitz el mismo escenario de su anterior gestión, cuando la inflación apenas si era un dato anecdótico y Rosario estallaba de tanto boom replicado en el rubro que se analizara.

Las cosas han cambiado, ya no hay un Congreso de la Lengua por delante; ni los fondos que podían destinarse a Cultura para que Chiqui González brillara en su potencia creadora. Por eso fue tan valioso ese espacio de "Rosario Mágica" que Dante Taparelli supo concebir casi sin gastos, y haciendo de las visitas nocturnas al cementerio, un verdadero éxito. Siempre es difícil ser creativo, pero sin plata, lo es el doble.

Es como que hasta la agenda local está "achanchada" y si no aparece algún ministro de Binner por aquí con algunos de los temas candentes, se ve claramente un panorama de gestión local que hace equilibrio entre la manutención de los servicios básicos y fundamentales; y los sucesivos debates en torno del aumento de la penalidad de alguna cosa. Hace poco fueron las multas de tránsito, ahora el incremento se viene duro para aquel que ensucie los espacios públicos. Claro que es importante, pero aquí se venía de discutir proyectos estratégicos de desarrollo y crecimiento además de la basura acumulada en alguna esquina o un auto en doble fila.

Y no es que el intendente haya perdido la iniciativa, pasa que una vez más hay que concentrarse en las minucias para ahorrar y no seguir cayendo. Es como una familia que pasa en pocos meses de discutir unas vacaciones en la playa para todos, a calcular cómo se llega a pagar el alquiler, la luz y el transporte de los pibes al colegio. Tal cual.

En ese marco, muy poco es el margen de maniobra que le queda a Lifschitz para el desarrollo de su gestión. Y encima no puede capitalizar políticamente la situación porque no puede criticar al gobierno provincial. Así, los días de la administración local transcurren entre la abulia de no poder generar proyectos y anuncios, y el vértigo de salir a tapar los agujeros que se generan cuando el concesionario de la basura pide aumento, o los municipales van por su recomposición salarial.

Siendo intendente por segunda vez y habiendo sacado hace un año casi el 60 por ciento de los votos contribuyendo en gran medida al triunfo de Binner en la provincia, a Lifschitz sólo le queda esperar por tiempos mejores y cubrir de la mejor manera posible los desafíos cotidianos.

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