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Viernes, 22 de agosto de 2014

Face, fachadas y fachos

En la pelea por el sentido, que también es la disputa por una vida mejor, proliferan identidades en Facebook y candidatos al látigo del Inadi y del sentido común

 Por Flavio Rapisardi

¿Qué ponemos en juego cuando una empresa multinacional y sospechada de aliada con la CIA nos ofrece cómo designarnos? Como compulsivo facebookero en primer lugar corrí a buscar las tan mentadas “categorías”, y para mi sorpresa pensé que tanta diversidad no entraría ni en todas las hojas de un DNI. ¿Vade retro Ley de Identidad de Género? Por otra parte, mis compañer*s de militancia de la Falgbt comenzaron un largo debate vía whatsapp que me enloqueció con sus alertas ante cada participación: que sí, que no, que sexo, que género, que esto, que lo otro. Pero en esa discusión hubo un acuerdo que sintetizó la compañera trans Julieta Calderón y Alejandro Nasif Salum: la principal dimensión de la identidad es su carácter político, por lo que todas las discusiones sobre la pretensión de “verdad” se vuelven escolásticas o ejercicio de paper. ¿Es importante marcar la identidad? Claro que sí. No hace falta más que recordar las críticas a quienes apoyamos la Ley de Identidad de Género en la que nos acusaban de “invisibilizar” otras identidades: tod*s cerraron en apoyarla subid*s al mismo camión. ¿Esto quiere decir que nosotr*s creímos llegar a algún lado? Sí, por supuesto, a un nuevo umbral con el cual nos aquietamos en el panorama de los rostros deformados de l*s enemigos fundamentalistas, pero sin dormirnos. Si esta sospechada empresa multinacional que nos mapea en todo el mundo decidió armar una taxonomía como plataforma de base de vaya a saber un* qué negocios macabros estilo Homeland o Rubicón, no le vemos mucho el sentido de negarse a la apertura de una posibilidad en torno de la cual se puede mentir (si es que es que no te pinchan el fono como a Dilma o Angela) y, que por otra parte, vuelve a poner en discusión el imperativo heteronormativo. Ahora bien, también sabemos que es peligroso caer en el otro imperativo: el del multiculturalismo siniestro que festeje cuotas como destino donde el idioma nacional (mascavena, soplanuca, travesaño) no pueda ser resignificado y quedemos a los mantras multilaterales. Ya lo dijo Jorge Luis Borges parafraseado por Michel Foucault: nuestro pensamiento, que es lenguaje (¡pero qué duda cabe!), tiene un tiempo y una geografía. Y ese cruce temporoespacial es en nuestro país tan híbrido como el más diestro tirolés. ¿O a alguien se le ocurre pensar que sólo América latina es híbrida? Tanto Roberto Arlt como Jorge Luis Borges escribieron sobre el “idioma de los argentinos” y coinciden en que gramática y boxeo se parecen: pura repetición, pero siempre imposible: el giro barroco/barroso (por qué no arrabalero, quechua y/o guaraní) siempre lo desvían. El sujeto –dice Borges– es “casi” gramatical. Quizá por eso Jacques Lacan rechazó la lingüística en nombre de una lingüistería: atendamos al acto del habla, al discurso. Mejor que preocuparse por la dimensión rizomática que de derecho nos conforma a tod*s, es más interpelador atender qué hacemos con el carácter estratificador de nuestras prácticas, con especial atención al lenguaje no porque nos indigestamos con un pretendido “giro lingüístico” del pensamiento, sino porque la materialidad del lenguaje que se le escapó tematizar al Viejo Topo (Carlos Marx) es la estructura de nuestra conciencia. De todas la esferas de la tripartición del sujeto que armó el otro viejo: el Freud de la cocó y la mandíbula cyborg. En este “destino” periférico, rizomático, desigual, y con avances en los últimos años que no puede negar nadie (¡Bueh! ¡Podés agarrar la cartera, bajarte del escenario en una discusión e irte a comer una pizza!), hacemos lo que podemos con lo que tenemos y con lo que las metrópolis nos exportan y que solemos masticar sentados debajo de un ombú (las aduanas intelectuales de factoría, al decir de Raúl Scalabrini Ortiz: academias, centro de estudios, think tanks criollos, etc.) pensando que es el techo del Pompidou. Si sabemos que ni Juan Moreira es esencia de la nación que nos pudiera brindar un espacio para un hablar auténtico, será mejor que laburemos en los enmarañados caminos de senderos polibifurcados.

Sanata

El chamuyo nacional es trinchera, pero también corset. Del decir arrabalero donde hombres tangueros frotaban sus bultos, a los saltitos caporale con mucho cascabel en la bota con taco en el Flores boliviano, siempre se configura un decir que a veces emancipa y otras coloniza. ¿Qué decir de “l*s” expertos en relatos que utilizan el púlpito televiso? La Legrand prohíbe escatologías en su enmantelada mesa pero fachea de lo lindo. Alfredo Leuco utiliza su cadente tono cordobés para disparar curare. María O’Donnel utiliza un castellano asincrónico cuando no encuentra signo de haber pegado. Breve muestrario, que podríamos ampliar y donde no faltan los que repiten nombres propios y por ahora lealtades cuando hay que discutir proyectos. A este desfile se sumó, desde hace un tiempo, Jorge Lanata. Sí, ese que la progresía miraba embobada en los ’90. Ese que supo, como bien dice Eduardo Blaustein en su último libro, Las aventuras del Rey Jorge, trabajar en El Porteño junto con Jorge Gumier Maier y sus columnas sobre “homosexualidad” que siempre es bueno revisitar. Ahora, devenido showman, Lanata arremete con su lingüistería en una clara operación de pretender devenir un punto de fusión de la derecha. Decayendo de su momento de gloria, donde supo convertir en título esa mezcla de sainete y conventillo que pinta nuestro mundo criollo de la vida para animarnos a pensar más allá de lo que aparecía como evidente en los años del neoliberalismo o el peligro milico de los ’80. Hoy, en cambio, su discurso cobró la “evidencia” del que esconde entre los arbustos los que luego anuncia como descubrimiento: se encuentra a sí mismo balbuceando gagá frases que apelan a un sentido común, a una de sus facetas (ya lo dijo Antonio Gramsci, el sentido común es un fenómeno siempre doble), sobre que los hombres no pueden ser mujeres, tragándose en esa afirmación tanta teoría y tantas luchas que quizás expliquen la ineficacia de sus dietas. La sanata reaccionaria lo excede, es una estructura que lengüetea a propios y ajenos, y que en este caso no deberíamos hacer excepciones personalizando excesivamente (aunque la ley antidiscriminatoria deberá cumplirse con nombre y apellido) no sólo para no emborrascar a los que atentan contra libertades y la igualdad, sino también para probar nuevas formas de sociabilidad y comunicación en las que sepamos resemantizar colectivamente lo que nos oprime, justo ahí donde el barro cobra vida como ese sujeto colectivo de El hombre que está solo y espera: nosotr*s estamos de pie por conquistas que se nos llevaron vidas, pero que también nos dieron alegrías. Lo dice el activismo, Florencia de la V y quienes la miran en teatro o por TV: Flor sos divinA. En esa letra hay un efecto en lo real que no va a clausurar un clown bien pago. Por eso ¡che face! ¡Taxonomiza! Total a Paul Singer se la vamos hacer difícil igual.

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