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Viernes, 22 de agosto de 2014

HIP HOP

El mismo amor, el mismo sopor

Analizando el fenómeno Macklemore: el tío salió del closet, él dejó las drogas, el hip hop se hizo blanco y un tema llamado “Same Love”, que le canta al amor entre hombres, vende millones de copias.

 Por Alejandro Modarelli

Si hay algo que le debemos al formato de los programas de telepredicadores es el regreso triunfal de lo cursi –revancha de masas– como superstición: invocaciones que pueden leerse como grafitis del alma y posesiones diabólicas que se desvanecen con un ornamentado zamarreo, botellitas de aceites de góndola devenidos por un pase de magia en frutos del Monte de los Olivos, arcoiris sonorizados que transfiguran en ilusión la realidad desesperanzadora de las cosas. Manos multirraciales que son promesa de unidad sólo cuando se encienden las cámaras.

De la estética de los Valores Trascendentes y Las Bienaventuranzas ya no se liberan los géneros laicos de la industria contracultural; ni siquiera aquel conglomerado artístico que nació en los setenta del vagabundeo resentido de negros y latinos de Nueva York: el universo del hip hop. ¿Habrá una evangelización de los modelos artísticos a reos a partir de los telepredicadores? Podría ser, mientras se engorde el ganado. Si la cursilería es, como alguien dijo, una superstición democrática, se entiende que un hiphopero que celebra en copa de ambrosía el amor universal (divino), del que emanan los amores particulares –de ahí el nombre de su hit “Same Love”– puede llegar a vender dos millones de placas nada más que en los Estados Unidos, Grammy 2014 mediante. El rubio, heterosexual friendly y desde 2008 desintoxicado (¿habrá ido a una granja evangélica a limpiarse?). Macklemore –nacido Ben Haggerty– versifica su conmovedora novedad dedicándosela a su tío que salió del closet, y la convierte en nuevo himno gltbi a favor del matrimonio igualitario. Todo un ritmo de brutos golpes de percusión pero que se bendice mediante el decir bonito: “Ninguna ley va a cambiarnos, nosotros tenemos que cambiarnos, sea cual fuere el dios en el que crees, (todos) venimos del mismo, quítate el miedo, por debajo, es el mismo amor, ya es hora de que nos levantemos”. Muchos de sus colegas (negros) lo acusan de falsear el espíritu del hip hop original, que suda fluidos vandálicos de macho que compensa la debilidad de su origen con la verba homofóbica, los residuos de droga barata y el orgullo de unas cuantas pústulas venéreas, armando lío, sin que el Papa los bendiga, en las esquinas del barrio bajo del Bronx.

El contrato social es un bien endogámico administrado por los patrones de siempre, lo sabemos todos, y la venganza de los excluidos es negarse a firmarlo, versificar el odio si se tiene talento artístico, y si se descuidan las fuerzas del orden, echarle cada tanto una molotov. Por eso este videoclip del hip hop por el marriage equality asombra por la miel con que pringa el oído: “Y no puedo cambiar, aunque lo intente, aunque quisiera. Mi amor, mi amor, mi amor que me abriga”, dice, que es como rogarles a los religiosos y a los lacanianos de derecha que no gasten pólvora en chimangos, porque ser gay no tiene remedio. Mientras los telepredicadores tratan de convencer al ciudadano promedio –como a Carrie los delirios de su madre– de las acechanzas de Los Putos, a ese mismo “man” formado en los noticieros de la noche ya hace tiempo que las ternuras humanistas –equivalentes a ñoñerías del progresismo– lo tienen sin cuidado: el programa ideológico de la mano derecha en el Gran Hermano del Norte aprende enseguida a capitalizar las veleidades de la mano izquierda. Las usa como amenities de un edificio de su propiedad. Miren si no a Paul Singer (padre de un gay) donando carroña de su buche a la causa marica. Suma cero.

Los Bellos Valores garpan, incluso al ritmo protestón del hip hop. “Same Love” comienza con el nacimiento amoroso de un bebé en el hospital, y termina con una muerte amorosa en ese mismo hospital: un viejito blanco de mano canosa sosteniendo la mano de su pareja negra que agoniza, los dos con estricto anillo nupcial. El amor de un gay, que también proviene de Dios, es elevado a la misma dignidad de amor universal del heterosexual (¡y blanco!), te acompaña desde el parto o la boda monogámica hasta el día de tu entierro. Claro que no puedo evitar un inmenso sopor ante esa sopa de significantes. Entiendo la pedagogía de “Same Love”, la creo eficaz contra la homofobia, pero no me trago el folleto de dos viejitos gays interétnicos de clase media casados despidiéndose de la vida en común, cuando uno sabe que si hay algo de lo que la cultura gay se ha empachado es del juvenilismo musculado, y viejo puto es un término que nunca dejó de ser entre nosotros muy popular, como los cruceros repletos de parejas twins y últimamente el mari-wedding planner.

Confieso que mi hermenéutica de la cultura gay de estos últimos tiempos proviene a menudo de los efectos amargos del resentimiento. Amaricado en el cofre barroco de una juventud perdida, habito el mismo planeta donde Pedro Lemebel –jugando siempre al borde de lo cursi pero sin caerse al precipicio– se enfrenta a los mariclones prosistema de su país. Ahí donde el trastornado Urdapilleta reemplazaba riendo la expresión “matrimonio igualitario” por “matrimonio igual de otario”, mientras apuraba el último trago cirrótico. El anacrónico espíritu trágico homosexual y la soledad o el resentimiento que lo rigen seguramente no son buenos promotores de derechos civiles, no sirven a la causa: la gesta por la igualdad jurídica es necesaria, y por ese momento milité siempre. Pero el resentimiento suele ser también un buen partero crítico que nos salva de cierta asfixia umbilical, como lo es un servicio religioso rosa evangélico, por ejemplo uno como ese que celebraron dos lesbianas ricas

–¿una de ellas hija acaso del ex vice de Bush, Cheney?– al ritmo de “Same Love” recreado en vivo por la maternal Jennifer Lopez como soporte.

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