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Viernes, 22 de agosto de 2014

DANZA

La parte maldita

Vértigo explora a través de la danza y el silencio las múltiples formas que adoptan los vínculos carnales.

 Por Alejandro Dramis

El vértigo se define como una ilusión de movimiento asociada a un trastorno alucinatorio, pero paradójicamente, en la última obra de David Señoran ocurre lo contrario: la realidad del movimiento pone en primer plano la ilusión del amor como una alucinación trastornada. Seis parejas se desdoblan en doce cuerpos indiferenciados por sus vestimentas, pero diferenciables por los diversos lazos que construyen en el ámbito en el que se cruzan sus miradas y deseos. Ellxs transitan la distancia heredada por el movimiento eléctrico de su particular andar que dificulta el acercamiento mutuo, y a través de la omisión del diálogo y la gestualidad extrema, buscan completar los espacios vacíos –interiores y exteriores– explorando las distintas formas del encuentro sexual y amoroso. Así, emergen situaciones cotidianas en un contexto en el que la danza contemporánea resignifica las relaciones de las parejas en el escenario y, sobre todo, modifica la mirada de lxs espectadorxs que atraviesan con sus ojos la violencia real y simbólica de la posesión forzosa del otro, la dependencia mutua, el erotismo quebrado y, finalmente, el amor como vínculo supremo, en un lenguaje artístico muy rico y no muy transitado en los escenarios porteños.

En Vértigo el abrazo es el medio elegido para el intento de fusión con el otro; un abrazo esperanzador que apuesta por la fuerza y la insistencia en el proyecto de unificar dos cuerpos en uno solo, con el objetivo inconsciente de transformar en realidad concreta aquel origen mítico del amor, concebido como el encuentro de unx con la otra mitad faltante que lx complete, algo similar a lo que el comediante Aristófanes supo narrar a través de la pluma del viejo Platón: en el origen de los tiempos existían distintos géneros sexuales compuestos por dos hombres, dos mujeres y un hombre y una mujer, y cada uno de estos pares sexuales conformaban un solo cuerpo. Un día, el celo de los dioses –causado por el enorme poder que los humanos poseían– hizo que estos cuerpos complejos fueran cortados al medio y divididos en dos mitades separadas para siempre, aislando a hombres de hombres, mujeres de mujeres y hombres de mujeres, y definiendo así, y a partir de entonces, al amor como la búsqueda de la otra mitad perdida que completaría la unidad corporal de la que alguna vez todos fueron parte, como un anhelo individual de restitución de la plenitud extraviada. La obra encarna ese mito platónico y lo reescribe como una danza semidesnuda, en un ensayo y error del amor partido y restituido, en una secuencia de insistencias que definen la necesidad del contacto corporal para nombrarlo como amor, cualquier forma de amor, viejas, nuevas y diversas formas de amor.

El lenguaje sexual de Vértigo oscila entre la sutileza dada por la sugerencia y la demostración cuasi explícita del deseo carnal, entre el minimalismo gestual y el manoseo de los culos apretados en las calzas negras como formas de contacto que, desde la distancia y el quiebre, mantienen una superficialidad intensa en la interacción con lxs otrxs, hasta hundirse y resignificarse en ellxs como sí mismxs y como lxs otrxs, que también son parte de la constitución de unx mismx.

Domingos a las 21, Espacio teatral Elkafka, Lambaré 866.

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