VERANO12 › ARIEL DORFMAN

Asesoría

Para G. Solimano

–Me cansé –dice esa voz–. Por ahora basta... ¿Qué les parece si me traen un tecito?

–¿Con tostadas y queque, mi teniente?

Tú percibes una leve vacilación en la voz, una pausa más bien larga. Te has acostumbrado a medir esas pausas, aquellas vacilaciones, a interpretarlas.

–Con todo –replica finalmente esa voz.

–¿Y a este huevón, mi teniente?

El no duda ahora, para las galletas sí, para el queque sí, para ti ni una sombra lejana de una duda.

–Amarradito nomás. Me cansé yo, eso no significa que el concha de su madre se haya cansado él, ¿no? ¿O sí, estái cansado, huevón, querís que te soltemos ya?

Tú no respondes. A veces da resultados. Tienes la esperanza de que en esa oportunidad no se trate de una pregunta que exija una respuesta inmediata, que sea sólo un ejercicio más. Es así. Los minutos pasan. Lo único que se oye es el sonido de unas botas que se aflojan, que caen al suelo, las patas que se depositan pesadamente sobre la mesa próxima que hace de escritorio, un sonido de satisfacción como un cruce entre un suspiro y un gruñido. Los soldados deben haberse sentado también, no hablan nada. Entonces el zumbido áspero de un fósforo, el tabaco que se prende y extiende su olor, es una leve cosquilla de humo que te visita. Te sorprende las pocas ganas de fumar. La mera idea te raspa la garganta, te llena de náusea. Debe ser la falta obsesiva, sobrecogedora, de agua: tu cuerpo no puede desear otra cosa.

Ahora traen una bandeja. Oyes cómo se sientan todos a compartir la mesa, las sillas se arrastran, los papeles a un lado, un bisbiseo de anticipación y camaradería.

De repente, sin previo aviso, esa voz se dirige a ti.

–Sabes, Giorgio –dice la voz–, sabes, yo tengo un problema. –Tú esperas que siga. Creías que por lo menos durante este período la preocupación se centraría en la comida y que te dejarían tranquilo.– Tengo un problema yo. ¿Sabes cuál? –otra pausa–. Dime una cosa. Giorgio, ¿tú crees que esto pueda engordarme?

–¿Qué cosa es? –oyes tu propia voz ronca como si fuera de otra persona, te deja estupefacto la manera en que has podido conservar un tono ligero de médico todavía, un aire interrogativo levemente superior a pesar de la semiafonía.

–Tecito.

–Eso no puede engordar –dices secamente, escogiendo las palabras con precisión de cirujano, cuidando, nutriendo el intercambio de palabras, oliscando una apertura inesperada–, al menos que lleve mucho azúcar.

–¿Y el queque, las tostadas, la mantequilla?

–¿Qué más? –preguntas tú, viendo el desfile de esos alimentos por el interior de tus ojos vendados, como si alguien los proyectara en tecnicolor sobre una pantalla, aparecen momentáneamente y se van. Son tan irreales como el Pájaro Carpintero y John Wayne, vedettes de la televisión, queque, tostadas, mantequilla, hace meses que no comes nada de eso, ya ni sueñas con algo semejante.

–Mermelada –dice la voz–. ¿Tú crees que todo esto me engorda?

–¿Qué hora es? –consultas tú, con una astucia que te extraña.

El teniente te entrega esa información, valiosa, orientadora, brújula, sin aproblemarse.

–Las cinco de la tarde, Giorgio. Hora de tomar once.

Nueve horas acá. Hubieras jurado que una hora o cuatrocientas, pero nueve te parece una cifra improbable.

–Para alguien que procura adelgazar –dictaminas– es mucho para la hora de once. Con té sin azúcar y unas galletas de agua, basta y sobra. Y si es posible cortar los once totalmente y aguantarse hasta la comida, mejor aún.

Durante un rato, no te agrega nada. Están comiendo, los cuatro se han sentado y están tomando el té, oyes el cuchillo que raspa las tostadas quemadas, hasta el crujido de los dientes, la masticación, alguien que solicita y obtiene la palta.

–Oye Giorgio, ¿sabes algo? –La boca está repleta pero logra enunciar cada sílaba distintamente–. Sabes que tú podrías ayudarme... Tú podrías hacerme un examen médico, recetarme unos remedios, una dieta, qué sé yo...

–Si me saca de acá, lo hago –Te consta que es un error, una torpeza infinita, que ningún doctor se pone a rogar a uno de sus pacientes, no cabe duda de que esa sola frase puede destruir esta relación que se ha ido construyendo absurdamente en los últimos minutos. Pero no lo puedes evitar. Es demasiado el dolor de las muñecas amarradas detrás del caballete, el cuerpo estirado al máximo, las quemaduras. Lo único en que puedes pensar es que te suelten, y en el agua, si pudieras conseguir un vasito de agua.

La reacción es la que temías.

–Ya quiere salirse de la concha de su madre. Ya se quiere ir. No, huevón, si lo que vos hiciste es muy grave, vos y los otros doctorcitos, anduvieron meando fuera de tiesto. No es cosa de organizar hospitales clandestinos y al otro día echarse el pollo, borrón y cuenta nueva, nada de jueguitos acá. –Pero sientes que debe tener la mandíbula más relajada, que la furia se va aplacando, él no se ha levantado, no viene hasta ti, sigue detrás de la mesa, no ha cesado de comer.

–Le he explicado –tú hablas, testarudo, con la misma obstinación de las ocho de la mañana cuando recién te trajeron– que yo no hice nada de eso, señor. No había esos hospitales que usted dice.

–¿Así que estoy mintiendo, huevón? ¿Me estái acusando de mentiroso?

–No, señor.

–Entonces el mentiroso soi vos, desgraciado, ¿entendiste?

–Sí, señor.

Tú barruntas, sin embargo, que va a volver al tema de la comida, de la dieta, que eso le interesa más que los hospitales supuestamente clandestinos y los stocks de alimentos para la guerra civil y los pabellones secretos para los heridos y los inexistentes venenos en el agua potable del barrio alto.

–Tú sabís de esa cosa, ¿no? –pregunta la voz del teniente–. De esta huevada de la nutrición, ¿no?

–Es muy difícil hablar en estas circunstancias, teniente –le dices tú.

El se ríe: –En realidad no debís estar muy cómodo, ¿no? No estái exactamente como en tu consultorio, digamos. Está bien, está bien, ganaste, huevón, desamárrenlo, desamárrenme al Giorgio.

Cuando sueltan el último nudo, te vienes al suelo en un solo derrumbe. Tratas de levantarte, pero ni las piernas ni los brazos te responden. Te quedas así, simplemente desplomado, sin gozar aún del alivio de los músculos que no tienen que contraerse en espera del próximo golpe, incapaz de creer que por fin te hayan bajado del caballete. Sientes tu propia respiración contra la cara y adentro el corazón, más grande que tu propio cuerpo, que retumba y te colma y te satura.

–Para allá –dice el teniente.

Dos pares de manos te alzan con esfuerzo.

–Putas el jetón pa’pesado, teniente –dice uno de los soldados.

–Medio tontorrón –asiente el otro–. Parece Coca-Cola familiar.

–Menos quejas y más trabajo –corta la voz del teniente–. Si no es tan grande el huevón. Debe estar más o menos de nuestro porte ahora. Para eso lo venimos ablandando todo el día... ¿O no, Giorgio?

Tú prefieres callarte, esperas que no insista, pero esta vez el oficial quiere una respuesta, y repite la pregunta, y te ves en la obligación de contestar que sí, que todo el día, señor. Te colocan en un camastro. Debe ser un rincón de la pieza, porque aquí se nota menos luz.

–Bueno, Giorgio, listo, estái más libre que un pajarito. Te estamos tratando como a un príncipe, Giorgio, eso sí te lo puedo decir... Quieres algo más o estái contento así.

Te atreves a pedir un poco de agua.

El teniente se escandaliza. Percibes el endurecimiento, la sospecha, una desconfianza que retorna como un reptil a su garganta.

–Nada de agua, ¿eh? Se nos han muerto muchos huevones por tomar agua. Tres horas por lo menos sin agua después de la electricidad.

–¿Por el agua se han muerto? –En tu pregunta hay verdadera curiosidad, presientes tu mente calculando, dudando, clasificando.

–Toman agua y se despachan al tiro. Así que hemos suprimido el agua... No te me trates de suicidar, Giorgio, oye, mira que nos queda mucho que conversar.

–Eso no tiene ningún fundamento científico –indicas, inyectando toda la certidumbre posible en tu tono de catedrático.

–No me vái a venir a decir a mí –anuncia el teniente–. Si yo lo he presenciado con mis propios ojos. Apenas se les da agua, chao, si te he visto no me acuerdo, se nos fueron.

–Habrá sido por otros motivos, teniente. Yo puedo asegurarle que no tiene nada que ver con ningún fenómeno fisiológico.

Hay una pausa. Escuchas cómo el teniente se levanta de la mesa y camina hasta el camastro. Sin sus botas, camina. Cuando habla, está casi encima tuyo.

–¿Tenís mucha sed, eh, Giorgio? Por eso no te importa morir.

–Tengo mucha sed –afirmas tú–. Pero no se trata de eso ahora. Lo que usted propone es biológicamente imposible. El agua no puede dañar un organismo afectado por la electricidad.

–¿Y cómo si se cae un aparato eléctrico a la bañera?

Permites que una impaciencia tenue invada tus palabras: –Eso es algo enteramente diferente. El agua es un conductor de electricidad, pero me refiero al agua que se bebe y no a la inmersión.

El teniente habla como para sí mismo ahora.

–Y tanto huevón que se ha despachado. Mira lo que son las cosas... Se les para el corazón, Giorgio, la huevada deja de funcionar nomás.

–¿Han sido muchos? –preguntas tú, tratando de ocultar la emoción, intentando que la duda sea meramente doctoral.

–Bastantes –dice el teniente.

–El paro cardíaco tiene muchos motivos –enuncias tú–, pero la ingestión de agua no es uno de ellos.

–Bueno, me convenciste –dice el teniente–. Vayan a buscarle un vasito al doctor... Pero le advierto, Giorgio. Si usted se muere, lo hace bajo su propia responsabilidad, ¿entiende? No diga que yo no le advertí. Yo me lavo las manos si le pasa algo.

Tú no respondes y él retorna a la mesa. Te pide que le recetes una dieta moderada. Le averiguas la edad, el peso, la altura. Todos los datos te los entrega sin la menor sospecha, sin preocuparse de que te está dando las claves sobre su propia identidad. Le dices que lo mejor hubiera sido examinarlo, conocer mejor su historia clínica, pero de todas maneras es posible aconsejarle algunas medidas elementales. El escribe, repitiendo en voz baja, todo lo que tú ordenas, seguramente con la misma lapicera y papel con que ha ido registrando tus declaraciones. Le avisas que para más detalles tendrías que disponer de más tranquilidad, que te consulte mañana.

Ahora debe estar leyendo tu currículum, porque murmura nombres de universidades extranjeras, coloquios, publicaciones, como confirmando y reiterando tu capacidad en la materia.

–Oiga, Giorgio –dice de pronto– ¿y cómo alguien como usted se vino a meter con huevones como éstos? –Tú no respondes. Te concentras en el agua que tarda tanto en venir, en que son las cinco de la tarde y con suerte ya ha finalizado la sesión de hoy–. ¿No le da vergüenza andar con estos criminales? Si usted, oiga, si usted es lo que se dice una eminencia en su campo, y anda puro hueveando no más, perdiendo el tiempo con tanto roto.

Esperas un momento, recoges fuerzas, estás por hablar de nuevo, por explicar lo que el gobierno popular ha significado, no sólo en el área de la salud, para el país en general, piensas que siempre vale la pena aclarar las cosas una y otra vez, algo tiene que quedar rebotando, algún eco debería resonar hacia el futuro, pero el teniente te lo impide con otra pregunta.

–Eh, Giorgio –y ahora sí que hay algo definitivamente raro en los contornos de la voz, casi suave y apacible en la dicción– aquí dice que usted no tiene hijos, ¿no?

–En efecto –respondes tú, notando que detrás de tu venda se te entrecierran los ojos.

–¿Cómo es eso? –pregunta el teniente–, ¿cómo es eso de que nunca se les haya ocurrido tener hijos?

Por segunda vez, escuchas tus propias palabras como si pertenecieran a un extraño, palabras que has pronunciado en otras oportunidades, en salones, en consultorios, en cenas que nunca pensaste tener que repetir acá, en este sótano o barracón o lo que sea: –No tuvimos, no pudimos tenerlos –te escuchas diciendo.

–Pero si hay métodos científicos para arreglar eso. –Oyes que el teniente se para. Se acerca, pero no tanto como la primera vez–. Con mi señora, Giorgio, teníamos también ese problema... Pero ahora la cosa se resolvió bien. A mí me constaba que no tenía nada que ver conmigo. Así se lo hice saber al doctor. Y esperamos el hombre para tres meses más, para el otoño que va a nacer, ¿qué le parece?

–Felicitaciones –manifiestas tú sin ironías de ninguna especie–. Su señora debe estar muy contenta.

–Putas que costó el asunto –responde la voz– pero vale la pena, yo le digo que vale la pena... Si quiere, le recomiendo al médico. Es uno del Hospital Militar, allá por Los Leones, ¿sabe?

Tú eliges las palabras con cuidado: –No gracias, teniente. Ya lo hemos intentado. No tiene mayor sentido que sigamos.

En ese momento te traen el agua. Una mano te levanta la cabeza y vas bebiendo lentamente, sintiendo el fresco que te resplandece en la boca y la lengua y la garganta, entre las encías secas, el agua que te acomoda e ilumina el resto del cuerpo como una segunda sangre transparente y bendita. Sólo cuando has terminado ese vaso y otro más, te das cuenta de que el teniente y los demás soldados te han estado observando con atención, inquietamente esperando que se te paralice el corazón ahí mismo, que comiencen las palpitaciones y agonices ante sus mismos ojos. Pero no pasa nada. Sientes cómo las convulsiones de los miembros disminuyen, hasta las quemaduras parecen arder menos, el agua te ha refrescado hasta los pies, hasta el cerebro parece fluir mejor.

–Y tanto huevón que se nos ha ido por el agua –dice el teniente, posiblemente moviendo la cabeza de admiración–. En la primera sesión, sin que le saquemos nada, ni una firmita, lo que se dice nada, después tomaron agua y se fueron no más, chao, si te he visto no me acuerdo.

–No era por el agua, teniente –tú elevas la voz con severidad–. Lo que ocurre es que a ustedes se les pasa la mano. Echenle la culpa al agua...

–Usted es muy inteligente, Giorgio –dice la voz–. Cree que así me va a convencer de que bajemos la potencia de la huevada, que aflojemos la presión. No señor, nada de eso. Tenemos un deber que cumplir y lo cumplimos, sí señor, lo seguiremos cumpliendo.

–Se le van a seguir muriendo –adviertes tú, poniendo toda la convicción indispensable en la balanza.

–Mejor muertos que callados –dice el teniente, alejándose hacia la mesa–. A ver, llévense estas cosas. Nada de queque desde ahora en adelante, se entiende. Puras galletas de agua o de soda. ¿Cuáles son las mejores, las de agua o las de soda, Giorgio?

–Da lo mismo –expresas tú–. Lo importante es suprimir el pan.

–Le voy a decir, doctor –anuncia el teniente–, yo le voy a decir lo que vamos a hacer... Cuando usted esté libre, cuando haya confesado todo y ya lo soltemos y lo dejemos tranquilo, yo lo voy a mandar a buscar. No se preocupe, primero unos días para que repose. Después, vamos a mandarlo llamar. Con chófer a la puerta. Usted sigue viviendo donde mismo, ¿no?

–Sí –dices tú.

–Ahí nos tomamos unos buenos tragos en el Club Militar. Echamos su conversada, charlamos un poco. Nos ponemos de acuerdo. Después vamos a ver a mi hijo. No queda lejos donde vivo yo. Vamos a verlo, para que usted le pegue una revisada... Porque lo que yo quiero es que sea el médico de mi cabro chico. ¿Qué le parece?

Tú no dices nada.

–Ahora nosotros estamos gobernando el país –prosigue la voz–. Y merecemos los mejores médicos.

–Tengo que mear –dices tú, súbitamente.

–Además –agrega la voz, dentro de poco me promueven a capitán.

–Mear –insistes tú–, tengo que mear.

–Llévenlo –ordena el teniente–. Y al doctor me lo tratan con cariño, eh, no se les vaya a desarmar en el camino.

Sientes de nuevo esos dos pares de manos debajo de tus axilas, las uñas que te clavan y desgarran la piel, sabes que te estás cayendo y que a duras penas logran sostenerte. Tus piernas y pies están como cadáveres y te tienen que arrastrar fuera de la pieza, hacia el baño, por un pasaje repentinamente oscuro y frío. Estás desnudo, así que no tendrán que desabrochar nada, no tienen siquiera que desvestirte, te asombra tu propia delicadeza.

–Aquí estamos –explica el que está a la derecha.

–Levántenme un poco la venda para ver –dices tú, preocupado de chorrearte, pero ellos no responden, no te hacen caso.

–A mear tranquilo nomás, doctor –dice el mismo.

Pero ahora no te quiere salir. Puedes percibir la cercana frialdad de las baldosas, un ácido olor a humedad y encierro y defecación, las manos musculares que te sustentan y observan. Es como si te hubieran cortado los genitales, es como si no hubiera sino un gran hoyo vacío y ausente colgándote entre las piernas.

–Sabe doctor –dice de pronto la misma voz–. Yo también tengo un problema –Dejas que continúe, tratas de sumergirte en la necesidad de orinar, de sacar de ti todo lo que te hincha y tira adentro y que hace unos minutos estaba a punto de desbordarse violentamente–. Sabe doctor, yo me quedé chico. Me dicen el Peti, así me llaman a mí. ¿Usted cree que puede haber algún remedio para crecer, doctor?

Y ahora sí te arde y te quema y te desparrama un chorro, como una manguera que explota, quizá te quedan salpicadas las piernas, respiran los pulmones como si la vejiga hubiera sido un globo pestilente a punto de reventar. Das gracias por estos pequeños regalos, estas diminutas victorias, un vaso de agua, unos nudos que se deshacen, la orina que ya no se tranca, un corazón que sigue prodigiosamente latiendo, la maravilla de una conciencia que no se confunde ni traiciona.

–¿Doctor?

–¿Cuántos años tienes? –Y lo único que te martilla son las ganas de tener puestos aunque más no fueran unos calzoncillos, unos pantalones para cubrirte, una manta sobre las piernas, los hombros.

–Dieciocho, doctor. ¿Es muy tarde ya?

–Tendría que verte una radiografía de la mano. No te puedo prometer nada.

–Gracias, doctor.

–Te mandas a hacer una radiografía de la mano, de cualquiera de las dos, y me las haces llegar. Yo te digo la firme. Tal vez se pueda arreglar algo.

–Gracias, doctor.

Ya de vuelta quieres evitar ser un bulto en los hombros de los soldados, el ridículo rol de inválido o guagua o borracho, buscas apoyar el pie que flota allá abajo en alguna distancia intangible y sin contacto, y te responde la ambigua alegría de su existencia, las agujas de dolor remontando y mordiéndote la entrepierna, el muslo, la ingle, con algo de familiar en ese fuego helado que te acalambra, y otro paso ahora, con tal de poder enfrentar al teniente sin balancearse de los hombros de los soldados, por un ángulo de la venda puedes divisar la consternación de tu propio pie desnudo y lejano avanzando y cojeando por el corredor, casi te cuesta creer que ese pie pueda ser tuyo, y todo va mejor, casi caminando, a tientas, guiado por los dos muchachos a tu lado, hasta que llegas a lo que debe ser el umbral de la pieza aquella y te tensas, los soldados deben notar esa rigidez involuntaria: en el murmullo de voces que flotan hasta ustedes, se puede distinguir un acento diferente, alguien que no ha estado presente durante las horas anteriores, la brusquedad de una voz nueva.

–Ah, Giorgio –dice el teniente–, qué bueno que volviste, muy gentil de tu parte. Le estaba conversando justamente a mi coronel lo que nos informaste sobre el agua, le estaba diciendo que tus conocimientos científicos y médicos nos han dejado con la boca abierta. ¿No es cierto, mi coronel, que de eso hablábamos?

El otro no contesta.

A ti ya no te llevan al camastro. Te ubican frente a la mesa donde seguramente los dos oficiales están sentados, ahí te soportan el peso durante un rato como si te estuvieran presentando para una inspección en un colegio o un internado, como si ocuparas la vitrina de una carnicería. Te tratas de enderezar, de instalar ambas extremidades firmemente en tierra, pero sabes que si te sueltan no va a ser posible mantenerse en pie.

–Mira, Giorgio –continúa la voz del teniente–, yo le venía explicando a mi coronel este asunto de los médicos. Se acuerda, mi coronel, que anteayer no más le aseguraba que no era por culpa nuestra que se nos perdían algunos de los casos, ¿se acuerda? Necesitamos asesoría, eso es lo que nos hace falta. A veces se nos pasa la mano, según el doctor. Ni nos damos cuenta de lo endebles que son estos civiles. Viera usted, mi coronel, viera los consejos del Giorgio acá, no se nos va ni uno más.

Ahora interviene esa voz grave, solemne, pedregosa, que no has escuchado en todo el día, esa nueva voz brusca, la del coronel.

–Está bien, teniente. No está pidiendo nada del otro mundo, después de todo... A mí se me imagina que en Santiago no nos costará encontrar algunos colegas del doctor que estén dispuestos a colaborar con las autoridades. ¿O usted cree que no, doctor?

Tú prefieres callarte, prefieres tratar de borrar el mareo de las voces. Pero en ese momento el teniente debe hacer una señal callada a los dos soldados, porque te sueltan y te dejan ahí, frente a la mesa, desenganchado. De pronto, es como si se abriera una ventana en el quinto piso a tus pies, tratas de pararte solo, te asalta y sopla una ola de vértigo por todas partes, no tiene sentido suplicarle a la mierda de tus piernas que obedezcan mientras esperas inútilmente a medida que caes que aparezcan por milagro un relampagazo de manos que te estén aguardando para que no te desplomes, al menos las manos del Peti, las minúsculas manos del joven que se quedó chico, las manos que habría que radiografiar para ver si los huesos del metatarso dejaron de crecer, pero no hay nada, no hay nadie, tienes la suerte de derrumbarte sobre el hombro, de no golpearte la cabeza como la última vez.

–Quizá no sean de la calidad de Giorgio –dice el teniente, levantándose de la mesa, echando hacia atrás la silla, acercándose a ti–. Tal vez no dispongan de sus pergaminos, pero hay que arar con los bueyes que se tienen –Tú sientes la pata del teniente que te empuja remolonamente, casi como un endemoniado y familiar cariño, el estómago. Por debajo de la venda, puedes verle la punta de una larga bota reluciente. ¿En qué momento se puso las botas? En este breve intervalo, alcanzas increíblemente a hacerte esa pregunta–. No podemos permitir que se nos sigan muriendo los pacientes así. Y de eso vamos a hablar mañana, ¿no es cierto, Giorgio? Tenemos muchas cosas interesantes que conversar todavía. Oye, a vos te estoy hablando, huevón, contesta cuando te hablan, ¿oíste?

Tú no dices nada. Debajo de la venda cierras los ojos para no mirar aquella bota y esperas la segunda patada.

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