CIENCIA › DOBLE HELICE

La universidad y la divulgación de la ciencia

 Por L. M.

La verdad es que ya nadie puede quejarse de que la divulgación científica (o la Comunicación Pública de la Ciencia –CPC–, un nombre más políticamente correcto que evita la referencia al “vulgo”) no tiene el lugar que se merece entre las artes visuales, escritas, oídas o esculpidas. Desde la celebérrima serie Cosmos de Carl Sagan hace dos décadas, no ha hecho sino ganar posiciones en espacios gráficos, televisivos y radiales. Es posible que el afán comunicativo tenga raíces un tanto “políticamente incorrectas”. Al fin y al cabo, el modelo neoliberal a escala mundial obliga al establishment científico a salir a buscar financiación, que se consigue tanto más fácilmente cuanto más enterado esté el público de lo que está pagando. Pero sin olvidar estas interpretaciones maliciosas al estilo Knorr Cetina, lo cierto es que desde el punto de vista CPC-estricto, las cosas mejoraron mucho desde los tiempos de las conferencias de Faraday.
Aún en la Argentina, naturalmente, no estamos al nivel de Brasil, que destina el uno por ciento de su PBI (por mandato constitucional) a la ciencia, y que gasta una bonita suma (bonita a la brasileña, lo cual es mucho decir) en difusión y comunicación pública, y tiene un plan nacional al respecto. Pero aún aquí las cosas parecen marchar; un incipiente plan de la propia Secretaría de Ciencia y Tecnología está ensayando el vuelo, y se encuentran muchas iniciativas aquí y allá, que se mueven, aunque permanentemente trabadas por cierta argentina imposibilidad de trabajar en equipo y cierta también argentina obsesión por buscar el estrellato a toda costa. Pero tarde o temprano esas trabas pasarán.
Más en el fondo de la cuestión, uno de los problemas que afectan a la actividad en la Argentina es la persistencia del “modelo lineal”, esto es, aquel que toma la difusión de la ciencia básicamente como pedagogía y sigue el mandato de “bajar” la ciencia para ponerla a la altura del público, mandato que no hace sino reforzar la idea de que la ciencia es, efectivamente, algo esotérico y lejano, porque justamente hay que bajarlo, y que ha fracasado estrepitosamente en todas partes. El siguiente escalón en el desarrollo mundial de la CPC (que penosamente se recorre en muchas partes) es el modelo “interactivo”, de confusa interpretación, y en su medida riesgoso, ya que a veces la palabra “interactividad” se confunde con el videojuego.
Probablemente haya que avanzar hacia modelos más “conversacionales” de difusión científica, que sean capaces de introducirla en el torrente cultural cotidiano de una manera no artificiosa y, sobre todo, no desde una posición de poder.
Pero para avanzar hace falta discusión, intercambio y predisposición, en especial del organismo más formidable de producción de conocimiento que son las universidades. Porque toda difusión de la ciencia arranca (o debería arrancar) de la universidad, que es la fuente por excelencia del conocimiento. En muchas universidades están creciendo programas de difusión aceptablemente. Pero lo que resulta asombroso y lamentable es que la mayor y más formidable concentración de científicos del país (la Universidad de Buenos Aires) no tome decididas cartas en el asunto (con la solitaria excepción de una conocida facultad). Muy por el contrario, en lo poco que hace, dilapida esfuerzo y dinero duplicando iniciativas, ocultando información o compitiendo ridículamente con emprendimientos complementarios, en vez de tener un impulso integrador y creador, lo cual se debe, seguramente, a la increíble miopía de la Secretaría de Extensión de la UBA, una miopía sólo comparable a la de quienes aconsejaron alrector gastar ciento ochenta millones de pesos sin consultar al Consejo Directivo.

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