EL PAíS › OPINION

La voluntad política

 Por Mario Wainfeld

Si se despejan los árboles para ver el bosque el Mercosur salió fortalecido de la Cuarta Cumbre. Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay aunaron sus (muy dispares) fuerzas dejando entre paréntesis variadas diferencias que los separan. Tabaré Vázquez, presidente pro tempore del Mercosur trajina contenciosos severos con Argentina pero puso a Gualeguaychú y Fray Bentos entre paréntesis para trabajar codo a codo con Néstor Kirchner. A Brasil le sale fácil enarbolar la bandera contra el ALCA, es el país que jamás cejó en su oposición, ni aun cuando la Argentina devaneaba en las relaciones carnales. Pero Lula da Silva y Kirchner supieron posponer una patente falta de química que aja sus relaciones cotidianas en aras de tener una postura homogénea. El gobierno nacional la sostuvo en días ulteriores e Itamaraty también la mantuvo, aún siendo anfitrión de Bush.
El presidente argentino que acostumbra ser demasiado gánico, distante y crítico con los cónclaves internacionales, se tomó este a pecho. Le puso el cuerpo de cabo a rabo, alineando su discurso exterior con los predicados básicos de su retórica interna. Puede discutirse, siempre debe hacerse, si se emitió alguna palabra de menos o de más o si se usó el modismo adecuado en tal o cual reunión pero es ostensible que Argentina estuvo donde debía estar, del lado de sus aliados estratégicos, sin vedettismos ni fisuras de cara a la presión exterior.
La introducción del ALCA en el centro de la agenda, esto no se está comentando mucho, fue un intento de Estados Unidos de alterar, como mínimo distorsionar, los ejes de una agenda que se venía consensuando desde hace meses. Quienes dicen que los dueños del mundo no reparan en palabras ni documentos tuvieron un mentís interesante en la acción concreta de las huestes de George Bush que intentaron, fieles a sí mismos, mover el arco de prepo.
Tribunas. Algunos analistas reprochan al Presidente argentino haber hablado para la tribuna local, relegando sus compromisos de estadista. La tribuna, en esta visión, es pasional, distraída de sus intereses reales, seducible a través de palabras que a la larga la perjudican. Esto es, la tribuna es femenina en la peculiar visión de género de los machistas enfermos o los nazis. El mote de “tribuna” a ese colectivo acusado de necio y emocional desplaza a designaciones más pertinentes aunque siempre imprecisas, como podrían ser ciudadanía u opinión pública.
Los gobernantes democráticos (todos los mandatarios presentes en la Cumbre reivindicaban serlo) dependen permanentemente del aval de lo que algunos motejan tribunas. Bush gobierna una potencia que proclama el libre cambio pero lo desaira en aras de complacer los intereses de zafios farmers del Middlewest o de Minnesota que le exigen proteccionismo y no coherencia lógica a sus representantes. Y que, cuando la protección trepida, hacen tronar el escarmiento de sus votantes, sus senadores, sus lobbies, sus patrocinios financieros a los partidos de la más grande democracia del orbe.
Chile es un país consistente que tiene una clase política muy capacitada y un interesante compromiso con el equilibrio político de la región. Es la suya una estructura productiva exportadora relativamente avanzada que no depende de una lonja de terreno desértico en su extremo norte. Pero no puede dar un paso para cederla a Bolivia en pos de una mayor armonía regional y de desmontar un conflicto secular, porque su tribuna (la opinión pública trasandina) montaría en previsible cólera. El veto de la tribuna sobredetermina la política exterior también en los países que ciertas tribunas doctrinarias reputan ejemplares.
¿Y por casa? Kirchner es el político argentino que mejor leyó las secuelas de diciembre de 2001, pero cabe reconocer que Eduardo Duhalde (un personaje pasado de moda y de por sí poco atractivo) a su vez algo supo entrever respecto de los nuevos tiempos. El “que se vayan todos” no es un programa pero sí una herramienta y una espada de Damocles que pende todavía. En este suelo, de momento y sin fecha definida de vencimiento, no es posible gobernar y perdurar contradiciendo a muchos argentinos de a pie. Durante añares los gobernantes se sometieron a pretensas leyes inexorables de la economía, todas contradictorias con los intereses palpables e inminentes de las mayorías. Un futuro venturoso, predicaban, premiaría tanto afán. Ese porvenir jamás llegó.
Pues bien, en el siglo XXI la política parece obstinada en cobrarse módicas revanchas. El péndulo de la historia propició la existencia (o la visibilidad) de tendencias políticas irreversibles, cuyo desconocimiento dio por tierra con Fernando de la Rúa o Gonzalo Sánchez de Losada. Sujetos no ya al vaivén bianual de las rutinas electorales sino a escrutinio permanente con golpe de K.O. los gobernantes no pueden evadir el peso gravitacional de la opinión pública. Cuestionar a Kirchner por registrar esa ley equivale, se diga o no, a propugnar la vacuidad del poder político que existía al comienzo de gestión. La perdurabilidad democrática, condición básica de la gobernabilidad, se sustenta en un consenso tan volátil como imprescindible. Es sugestivo que muchos de los que proponen “gobernar como estadistas” –esto es contrariar (o posponer, si se quiere ser más aquiescente) los reclamos cotidianos– hayan sido comensales o panegiristas de las dictaduras, esos regímenes que pueden darse el lujo de taponarse los oídos cuando braman las tribunas. O tirarles gases lacrimógenos cuando cuadre.
El orden posible. No hubo que derribar aviones ni lamentar heridos o muertos. Al Qaida no se ensañó con los subtes porteños. La violencia se centró en unas pocas cuadras y sólo se ejercitó respecto de cosas. No merece festejarse pero no es un mal desempeño en un mundo asolado por violencias urbanas difíciles de contener, porque están muy estrechamente asociadas a la protesta social y política.
El acto que tuvo como figura central a Hugo Chávez no puede ser leído desde una perspectiva banal. La movida era pertinente porque miles de argentinos la honraron con su presencia y sus cuerpos. La masividad da cuenta de un grado de adhesión que justificaba la movilización, la hacía democráticamente deseable, más allá de lo que se opine del orador principal. Y no es poco dato la paz que entornó la movida. Por derecha pueden criticarse muchas cosas, pero por izquierda (y acaso por centro) vale la pena saludar las posibilidades expresivas de un país en el que el Presidente de un país hermano pueda reunir multitudes, trasladar referentes en un tren sin suscitar ni producir agresiones.
La relación entre Kirchner y Chávez tampoco puede sujetarse a una visión maniquea o boba. No son iguales, ambos lo saben, pero encuentran puntos tangentes de acción. Contra lo que dice una crítica charra, Kirchner no se deja llevar de las narices por su tropical aliado, que supo tener a su respecto conductas muy fieles. En el plenario, cuentan asistentes que son fuentes inobjetables, se calló cuando su colega argentino lo quiso. En el estadio mundialista aceptó ser cauce y dique de potenciales divergencias con el gobierno argentino. Y supo reservarle a quien le propició un baño de masas que nadie olvidará fácilmente, el galardón simbólico del D’Artagnan de la lid.
Kirchner comparte con Lula la idea que la mejor forma de contener a Chávez es permitirle bastante juego, una teoría opinable y riesgosa pero no ingenua. Ese juego no llevó al Presidente argentino a mimetizarse con el inflamado verbo del venezolano. Las críticas de Kirchner a Estados Unidos y su discurso de Mar del Plata fueron firmes pero muy prudentes en la adjetivación. El Presidente fue duro con Estados Unidos (no acostumbra serlo) pero apostrofó contra la patria de Bush menos que lo que acostumbra hacer contra el FMI. No hubo desmesura en sus palabras ni nada tiene de irracional defender junto a los aliados los intereses comunes. En una Cumbre no priman los modos manieristas sino los intereses. Bush lo demostró sin ambages. Vicente Fox, un gobernante desahuciado ya por su pueblo que duplica su gestualidad pro americana, volvió a corporizarlo ayer.
Los integrantes del Mercosur, gobernados por presidentes de afinidad no absoluta pero difícilmente superable, supieron priorizar lo esencial sobre lo accesorio. Los objetivos estratégicos predominaron sobre sus conflictos cotidianos, densos y nada desdeñables. Esa voluntad política, ay, no es suficiente para avanzar en busca de la integración regional, esa quimera tan acuciante. Pero es imprescindible.

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