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Lecciones de humor ironí

 Por Juan Sasturain

Desde hace más de veinte años –los que tiene este diario–, Daniel Paz (más Rudy, claro) inaugura el día arriba, a la izquierda de la tapa de Página/12, con un chiste. Es un chiste de coyuntura –las coyunturas son algo que suele doler–, que remite a los sucesos y personajes que trata la tapa, que pueblan las páginas interiores: sobre todo la política, la economía, esas cosas que se supone son tan importantes (fíjense hoy/ahora mismo, vaya, espíen del otro lado) y que en realidad lo son sólo en tanto y en cuanto atendamos a ellas como síntomas de nuestra común enfermedad: vivir equivocados. Sólo el humor pone las cosas en su lugar.

Porque es sabido (pero no vivido) que verle el aspecto ridículo o patético a aquello que nos preocupa, que tomarse en joda lo aparentemente trascendente, es una receta existencial mucho más saludable y realista que observar el entorno o mirarse el ombligo con aire solemne. Lo que hace a nuestra singularidad, lo que nos hace especiales (de especie) es, además de la aparente e infinita vocación de autodestrucción, la capacidad de reír, de tomar distancia incluso de nuestro propio dolor e intereses, de vernos de afuera (de eso se trata) y de (elegir) reír por no llorar.

Por eso siempre he sostenido (acaso mirándome al espejo) que prefiero a la gente que arranca leyendo el diario por atrás o por los bordes temáticos, que mira primero la tabla de posiciones futboleras que el precio del dólar, las cotizaciones de la Bolsa o el perverso Riesgo País. Indica que tiene la cabeza ocupada por cosas más saludables, que tienen que ver con el juego y la pasión, y no con el interés o el cálculo. Y si tuviera que ir más lejos y elegir entre todos los lectores, me quedaría con el que arranca por los chistes, por el humor. Suele ser uno de los pocos lugares donde campea la inteligencia.

Claro que depende también de los diarios y de los humoristas de que se trate. Esto es Página/12, no otro medio. El hecho de que cada día lo tenga a Rep acá arriba desde siempre para cerrar, abriendo el sentido de la historia con una moraleja que no se deja (un diario es un cuento) y que los proponga a Daniel + Rudy en el comienzo y arriba, como una estampilla de correos, indicando el sentido de la lectura y dando el tono –como un director de orquesta que marca el rumbo, las claves (“Clave de Ja”, decía el gordo Jaunarena) a seguir durante toda la ejecución– es un dato no menor. Este diario, por mérito de quienes lo concibieron a fines de los ochenta e hicieron su originalidad, fue el primero de los matutinos “serios” en poner el humor en el arranque, en la tapa, en el chiste y en el concepto general del tituleo sobre una imagen trabajada por la sana manipulación y la ironía más o menos salvaje. Valga el mérito, la prioridad, a los gestores y a los actores que inauguraron un cómo diferente.

Todo viene a cuento y festejo de un libro memorable en que Daniel Paz reúne parte –parte infinitesimal– de un tipo de laburos, una serie en la que sólo en apariencia maneja otros códigos que los que rigen sus chistes diarios a cuatro manos: F. Mérides Truchas se llama. El título ahora editado por De la Flor es conocido por sus (nuestros) lectores desde hace años como la sección periódica en que, con el pretexto de la evocación de un suceso seudohistórico, Paz dispara para cualquier lado. “Dispara” en el doble sentido: “le pega a” y “se raja para”. Y él siempre sabe a quién le pega y a dónde va. Pero nosotros, los lectores, no. Y eso es lo bueno: F. Mérides Truchas es un paseo por la historia, la cultura, el saber y las creencias universales que sólo exige al paseante dos condiciones: cierto grado de información para compartir complicidades, cierto grado de locura para disfrutar el despropósito.

Todo sirve y todo vale para Paz. Puede ser a partir del Dios Padre gatillando el encendedor que provocó el Big Bang; de un Evo flequilludo y quinto beatle; de los ignotos humoristas Hermanos Engels; de Hussein participando de la cena anual de la sociedad TMPA (Tipos muy Parecidos a Alfonsín); de un Einstein que emploma charlando del tiempo en el ascensor; de un empeñoso Valdemar Correa que trazó todas las laboriosas rayas de Cancha Rayada y al que un granadero, tras el cruce de los Andes a caballo, le pide que le dibuje la suya... o –finalmente– a propósito de una campaña de Greenpeace que, ante la evidencia de que la masculinidad humana está en peligro –productos químicos, cáncer de testículos, menor cantidad y calidad de los espermatozoides–, lanza la campaña save the porongs, con afiches de simpáticos pitos saltando cual delfines entre las olas...

Pero donde acaso Daniel llega más lejos (y más cerca) es cuando hace humor sobre el oficio de hacer reír, se muerde la cola y el lápiz. Un caso es el de Melchor Peluffo (Melchi), humorista patriota que inventa chascarrillos para desmoralizar a las tropas españolas con chistes de gallegos, y el otro son los impagables, imperturbables, hieráticos Rael & Pedro, maestros reconocidos del humor ironí (sic), chascarrillos con doble, triple o ninguna vuelta de tuerca. Uno se estaciona donde quiere. En eso, como en todo en el libro de Daniel Paz, hay libre elección.

Total, como se consigna a cada rato, “Moriremos, todos moriremos”. Así nos lo recuerda a los gritos un personaje recurrente, Bernardo, el copo de nieve angustiado. Qué más.

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