CONTRATAPA

Música de otro planeta

 Por Juan Forn

Africanos que llegaban a Detroit a fines de los años ’30 no había muchos, y que vinieran de Mali y fueran musulmanes, menos. Pero la pujante Ciudad del Automóvil era uno de los pocos lugares de Estados Unidos donde un africano de Mali podía conseguir trabajo. No sólo eso consiguió Alí Touré en Detroit, también se agenció una esposa blanca y auténticamente judeoamericana, que le dio un hijo, a quien el padre decidió bautizar Marvin Pontiac para hacerle la vida un poco más fácil que la suya. Dice la leyenda que Alí Touré supo enseguida que la mala suerte lo perseguía y abandonó a su esposa e hijo. Pero cuando la madre de Marvin fue internada en un psiquiátrico, el padre apareció de la nada y se llevó al pequeño a Bamako, capital de Mali, donde Marvin permaneció hasta los quince años. Poco se sabe de él durante esa década. Tampoco se sabe cómo volvió a Estados Unidos: las leyendas no son especialmente meticulosas en los detalles, prefieren el salto de mata, y la escena siguiente de esta leyenda nos muestra al adolescente Marvin tocando blues con su armónica en los bares de Maxwell Street en Chicago, donde una infausta noche es acusado de plagio por Little Walter y derrotado en una pelea a puñetazos, episodio tan humillante (Little Walter medía menos de un metro cincuenta) que le cerró las puertas de todos los bares de Maxwell Street. La leyenda dice que Pontiac llegó a Slidell, Luisiana, con una banda de ladrones de bancos, pero la adrenalina no era su combustible y terminó quedándose en aquel rincón de Luisiana trabajando como ayudante de un plomero.

En 1952 tuvo un fugaz suceso con su canción “I’m a doggy” (prohibida en la radio por la controvertida frase “Soy un perro, apesto cuando estoy mojado”) y la hermosa balada “Pankakes”, melodía en la que se basó poco después el himno nacional de Mali. Pontiac intentó sin éxito en los tribunales pelear por las regalías africanas de su canción; los gastos legales y los turbios manejos de la compañía discográfica para la cual había grabado (Acorn Records) lo dejaron sin un cobre y con una desconfianza de por vida hacia la industria del disco. Siguió tocando sus canciones en el descuidado jardín delante de su cabaña en Luisiana, adonde le llegó la noticia de que Jackson Pollock sólo era capaz de pintar cuando escuchaba su música, pero ni siquiera por esa razón aceptó volver a grabar.

Nada se sabe de la opinión de Pontiac sobre la obra de Pollock ni de la influencia que pudo tener su negativa a grabar en el suicidio del pintor, pero sí se sabe que, en 1969, Pontiac se presentó en la redacción del único diario de Slidell vestido con turbante y túnica blanca y declaró que había sido contactado por seres extraterrestres, los mismos que veinte años antes habían llevado a su madre a la insania, y que se proponía dedicar el resto de su vida a componer canciones para esos esquivos alienígenas, hasta que su madre recuperara la cordura o el resto del mundo reconociera la existencia de esa civilización superior. Acompañado de su guitarra acústica y de su único camarada, un vecino ciego llamado Roger Marris, que grabó a escondidas y conservó para la posteridad aquellas melodías, Pontiac tuvo una fiebre creativa durante la cual compuso sus mejores canciones (“Runnin’ Around”, “Bring Me Rocks”, “Arms & Legs” y “No Kids”, entre ellas) en un estilo que fusionaba entonaciones africanas con el lamento del blues, climas obsesivos con estallidos de alegría que podrían definirse como psico-funky y letras decididamente peculiares, por no decir insanas (el estribillo “Aluminum! Aluminum!” repetido hasta el infinito es muestra fiel).

En 1972, Marvin Pontiac fue internado en un hospicio por circular desnudo montado en su bicicleta por las calles de Slidell. Varios estudiosos del blues fueron a entrevistarlo en la institución psiquiátrica, pero él sólo aceptaba hablar de su madre y los extraterrestres, y entraba en pánico cuando intentaban tomarle una fotografía (las únicas que se conocen son borrosas y fueron tomadas en el hospicio por uno de los guardas, sobornado por un estudioso del blues fanatizado con Marvin). Liberado o escapado del hospicio en 1977, con la colaboración de su fiel escudero Marris, Pontiac llegó hasta Detroit, que para entonces había dejado de ser la pujante Ciudad del Automóvil para convertirse en un gigantesco cementerio de coches y fantasmas, entorno ideal para hacer contacto con seres de otros planetas. Pero a la primera distracción del fiel Marris, nuestro héroe salió desnudo a la calle, desapareció detrás de un bus que pasaba y nunca más se supo de él.

A fines de los años ’90, el nombre de Marvin Pontiac parecía haberse perdido para siempre en el anonimato hasta que el escritor de policiales Elmore Leonard lo mencionó en su novela Blues del Mississippi. Allí, un narcotraficante fanático del blues obliga a sus secuaces a escuchar día y noche sus discos de Muddy Waters, Willie Dixon, Sonny Boy Williamson y el que más le gusta de todos, nuestro Marvin Pontiac. El mundo del rock adora las leyendas, y ésta venía con slang incorporado (lo mejor que tienen las novelas de Elmore Leonard es la voz de los personajes). El sello Strange & Beautiful Music creyó que el libro desataría una fiebre reivindicativa de las canciones de Pontiac y editó el disco The Legendary Marvin Pontiac’s Greatest Hits. El productor era John Lurie y, según la ficha técnica, en los catorce temas del disco tocaban John Medeski, Marc Ribot, Michael Blake, Art Baron y Jamie Scott. Las liner notes del disco contaban la historia de Pontiac, pero no decían una palabra sobre la grabación, salvo que el ciego Roger Marris había entregado las cintas originales antes de morir en una cama del hospital de Bellevue. En cambio, traía elogios consagratorios de los músicos más diversos: “En mis años de formación, no hubo influencia mayor que la que produjeron en mí las canciones de Marvin”, declaraba Flea de los Chilli Peppers; “Pontiac es tan inconteniblemente adelantado a su época que sus canciones parecen compuestas hace medio minuto”, decía David Bowie; “Todas las innovaciones posibles en la música están ahí”, decía Beck; “¡Guaaah!”, decía Iggy Pop; “Una Revelación, con mayúscula Revelación, por favor”, decía Leonard Cohen; “Mi guardaespaldas no escucha otra cosa”, decía Michael Stipe de REM.

La crítica fue obedientemente unánime hasta que alguien comentó que Pontiac sonaba tan africano como los discos africanos de Paul Simon, y otro señaló que la voz de Marvin sonaba sospechosamente parecida a la legendaria voz grave y rasposa de Lurie. Cinco minutos después empezaron los llamados de la prensa a casa de Lurie exigiendo aclaración. El se limitó a decir que no había ninguna evidencia de que Marvin Pontiac estuviese muerto, y que ellos se habían limitado a tocar y tocar los temas en el estudio que la Strange & Beautiful les había puesto en Nueva York, hasta que la voz de Marvin se hizo presente. El disco pasó a saldos al día, pero si llegan a pescarlo por ahí van a ver que es música de otro planeta.

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