CONTRATAPA

Homo News

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO ¿Qué es lo que hace que Rodríguez abra los ojos a las 4 am (una hora menos en Canarias) como golpeado por un rayo y ya no vuelva a cerrarlos? Hace ya varios días que Rodríguez (por expresa e incontestable prohibición de médico y familiares) no bebe Monster. Pero, aun así, ¿será este arranque de insomnio síndrome de abstinencia, memoria sensorial, recuerdo de latoso objeto del deseo? ¿Y qué es lo que consigue que, además, Rodríguez salga de la cama con cuidado de no activar a su mujer y que ahora vague como un sonámbulo por su casa a oscuras y prenda la luz del televisor y se siente a ver el recuento de votos en las elecciones norteamericanas? Ahí, Rodríguez experimenta el consuelo de que todavía algo le obedezca (el control remoto) y va pendulando entre el 24 horas de TVE, la CNN y los american psychos de la Fox, que son más divertidos, pero (esas largas cabelleras rubias, esos dientes más largos aún) dan más miedo. En cualquier caso, tanto en un canal como en otro, hay mesas largas, muchos fondos con flechas y cifras y mapas cambiantes y digitalizados y demasiada gente hablando al mismo tiempo. ¿De qué hablan? De Obama y de Romney, se supone.

Pero Rodríguez no podría asegurarlo del todo.

DOS Alguna vez, varias encarnaciones atrás, Rodríguez soñó despierto con ser periodista siempre alerta. No es que lo moviera un afán de justicia y de información sino, sencillamente, la necesidad de pertenecer a algo. Ser parte de un equipo (Rodríguez siempre fue muy malo para los deportes); sentirse parte de la Historia mientras la Historia es, apenas, noticia recién hecha; gozar de ese pequeño superpoder de saber cosas un poco –no demasiado, cada vez menos– antes que los demás y poder llamar por teléfono a alguien para decirle “No se lo cuentes a nadie, pero a que no sabes qué acaba de pasar”. Y, por supuesto, el ambiente de las redacciones. Por escrito o por emitir. Todos ahí, fumando, en mangas de camisa, con la corbata floja y la mirada tensa, corriendo de un lado para otro con papeles en la mano y abriendo puertas a patadas y cerrando puertas de un puñetazo. Los periodistas como confiados oráculos confiables. Los periodistas como los autores de la Historia. Hombres y mujeres informando, formando la deforme realidad hasta convertirla en algo no justo, pero sí al menos soportable y más comprensible y fácil de digerir. Ninguna relación directa o fuente confiable para todo esto, claro. Puro hacerse la película: Network, All the President’s Men, Good Night and Good Luck, Broadcast News... Y la favorita de Rodríguez: The Year of Living Dangerously, porque es romántica y exótica y transcurre lejos. Lejos es el lugar favorito de Rodríguez y ahora –cerca, intentando recuperar la magia de tiempos en que toda vocación era posible– vuelve a cambiar de canal y, en alguna parte, están pasando un episodio de The Newsroom, serie “creada por Aaron Sorkin”.

TRES Y Rodríguez había leído que casi no hay periodista norteamericano que no odie The Newsroom y ahora también él empieza a odiarla. No es porque no sea nada nuevo comparado con cualquier otro producto nacido con anterioridad en Sorkinlandia. Ya se sabe: todos hablando mucho y al mismo tiempo (pero sin la gracia de ballet oral de las películas corales de Robert Altman), todas las mujeres se muestran fuertes y profesionales (pero en realidad sólo piensan en eso), y todos los hombres las admiran con la misoginia distante de personajes un poco menos (pero no demasiado) machistas que los de Hemingway. Y todo el tiempo se ofrece la trascendentalidad y grandeza de estar transcurriendo en un universo llamado USA sin por eso privarse de invocar a Don Quijote que, chequear mejor, no montaba un burro, como se dice por ahí. Y Rodríguez no puede creer lo que está viendo ahora, en el más bien desagradable y poco objetivo episodio titulado “5/1”, donde se informa a los telespectadores de la muerte de Osama bin Laden. El mundo según The Newsroom –periodismo para los menores de 30 años así como The Social Network era Facebook para los mayores de 50 años– es algo así como Frank Capra con esteroides. Allí, todos son idealistas y patriotas a su manera, convencidos de habitar el mejor lugar del mundo; todos lo comprenden todo porque, claro, tienen el oracular superpoder de dar una noticia de último momento que ya saben cómo sigue. Y así la cuestión pasa por lanzar a las ondas la frase más inolvidable que se tenga a mano. Aquí vienen, éstos son: El anchorman Will McAvoy (Jeff Daniels), un cerebral republicano con corazón de demócrata enfrentándose al Tea Party. La insoportable productora MacKenzie “Mac” McHale (Emily Mortimer) que sólo deja de cacarear cuando llega el sorkiniano momento de el monólogo: donde se explica la verdad y después se aplaude o se derrama una lágrima y se vuelve al puesto de trabajo con fuerzas renovadas. La espástica novata/experta Margaret “Maggie” (Alison Pill) y su enamorado que no consuma James “Jim” Harper (John Gallagher, Jr.) que se la pasa haciendo cosas raras con la boca, como si tuviera un pedazo de comida entre dientes. El inevitable toque étnico de Neelamani “Neal” Sampat (Dave Patel) a cargo de surfear por la red. El noble veterano Charlie Skinner (Sam Waterson), presidente de la división noticias, curtido en mil batallas y con ocasional derecho a el monólogo. La mala malísima Leona Lansing (Jane Fonda), dueña de todo y cruza de Cruella de Ville y Ted Turner. Todos y cada uno de ellos haciendo honor a esa tontería que de tanto en tanto asoma la cabeza en las páginas culturales de periódicos españoles con el título recurrente de “Si Shakespeare viviese hoy, escribiría para la HBO”.

Lo que, piensa Rodríguez, no es verdad, es una noticia falsa.

CUATRO Y ahora gana Obama. Y todos se refieren a su emotivo discurso que, en realidad, no es otra cosa que el monólogo. Y lloran y aplauden. Y está claro: Obama –cuya serie favorita, concluida The Wire, no es la epifánica artificial The Newsroom sino la sublime y paranoide Homeland– es mucho, pero mucho mejor actor que Romney. Y por eso ganó cuatro temporadas más en el aire. Y aquí viene la foto-twit de Obama abrazando a Michelle (este amor presidencial ya cansa un poco a Rodríguez) y la promesa presidencial de que “lo mejor está por venir”. Como las cosas que dice Rajoy pero, sí, mucho mejor dichas y, por lo tanto, creíbles por un rato. Aunque en estudios centrales, la noticia es otra: el FMI pronostica que en cinco años China –que ya dejó atrás a Japón– desbancará a los Estados Unidos y se convertirá en la primera economía mundial. Paren las rotativas: el Sueño Chino dará lugar a la Pesadilla Americana. Y Will McAvoy lo informará a sus telespectadores del noticiero del crepúsculo. Y después hará el monólogo. Y sus colaboradores lo observarán, al otro lado de las cámaras, detrás de un vidrio claro, con lágrimas en las manos y aplausos en los ojos.

Después, por supuesto, se apagará la luz roja de on the air y se encenderán los comerciales de las aerolíneas promocionando sus ofertas para salir y entrar volando el Día de Acción de Gracias.

De nada.

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