CONTRATAPA

Ese negro es nuestro

 Por Juan Forn

En 1892, un taxidermista catalán llamado Francesc Darder volvió a pie desde Génova hasta Barcelona acompañando a un elefante llamado Aví. Acababa de comprarlo a un circo y no había vagón de tren suficientemente sólido para transportarlo, así que optó por hacer todo el trayecto caminando junto a su flamante adquisición. Su plan era convertir a Aví en la atracción principal del zoológico de Barcelona, si lograba convencer al ayuntamiento de usar para ese propósito los pabellones que habían quedado vacíos en el Parque de la Ciudadela, luego de la gran Exposición Universal de 1888. Darder ya se había hecho traer cinco camellos en barco desde Argel y prometía donar además un león, un gorila y una jirafa; incluso había rediseñado de su propia mano cada uno de aquellos pabellones abandonados, porque creía que los animales no debían estar en jaulas, sino en “habitáculos más espaciosos que las casas de pescadores del barrio de la Barceloneta”.

El problema era que Darder no era muy respetado por la Academia de Ciencias de Barcelona. Hijo de un matarife que había hecho fortuna, el joven Francesc aprendió solo las técnicas de la taxidermia y dio rienda suelta a su pasión por la zoología carteándose y visitando a colegas de toda Europa, a quienes les compraba cuanto animal embalsamado estuvieran dispuesto a venderle. Todas esas piezas las tenía en exhibición en una suerte de bizarro museo de curiosidades en los altos del Café Novedades, sobre el Paseo de Gracia. A los académicos de la época les daba tanta tirria el afán exhibicionista de Darder, que lograron alejarlo del zoo e incluso borrarlo de sus actas de fundación, a pesar de Aví y los camellos. Desilusionado y aquejado de gota, Darder se fue al pueblo de montaña de Banyoles, en cuyo lago hizo un criadero de peces tan exitoso que el pueblo creó la Fiesta Anual del Pez y lo condecoró como hijo adoptivo. En retribución, Darder trasladó su colección de piezas embalsamadas a una casa que, un año antes de morir, donó al pueblo con el nombre de Museu Darder. A nadie le llamó especialmente la atención que la pieza Nº 1004 del catálogo no fuese un animal sino un ser humano, un bechuana muy bajito, con su lanza y escudo y tocado de plumas y un taparrabos estratégicamente colocado para su exhibición en público, como un animalito más en la colección de piezas embalsamadas del Museu Darder.

La chapa sólo decía: Bosquimano, o quizá bechuana, del Kalahari. Sin nombre, sin fecha de nacimiento o de muerte. Un hombre sin nombre no es un hombre. Así había sido ingresado al país: como “fauna animal”, no como “restos humanos”. Así había llegado a Europa, cincuenta años antes. Más precisamente a París, a la Maison Verreaux, el inmenso salón donde se exhibían y vendían los mejores animales embalsamados del mundo. Los hermanos Jules y Edouard Verreaux partían una vez al año al Africa, uno de ellos cazaba o compraba los bichos que podía y el otro los embalsamaba en un taller en Ciudad del Cabo, y de ahí los fletaban a París, donde su padre los vendía a los museos o coleccionis-

tas interesados. En las salas de la Maison Verreaux se codeaban Julio Verne y naturalista Couvier. Cuando la Maison cerró sus puertas en 1878, el Museo de Historia Natural de Nueva York compró gran parte de su colección de animales; el resto se vendió al menudeo. Ningún museo se interesó por el pequeño bechuana: no era un faraón egipcio embalsamado por sus congéneres según técnicas y ritos milenarios; era sólo un anónimo aborigen africano eviscerado a las apuradas por uno de los hermanos Verreaux después de que el otro saqueara la noche anterior una tumba en el yermo donde había visto a unos nómadas enterrar a uno de los suyos. Darder no sabía nada de eso cuando compró la pieza y se la llevó a Barcelona; y nadie lo supo hasta más de un siglo después. El bosquimano, o quizá bechuana, estuvo acumulando polvo adentro de su vitrina de vidrio en Banyoles (una vez al año le daban una mano de betún, porque el uso de arsénico durante el embalsamamiento le había decolorado la piel) hasta que en 1991, un médico negro haitiano llamado Alphonse Arcelin, residente en la cercana localidad de Cambril, lo vio en un paseo casual de fin de semana e inició una campaña de un solo hombre contra el racismo del pueblo de Banyoles.

Al año siguiente se celebraban los Juegos Olímpicos en Barcelona y algunas pruebas de canotaje se realizarían en el lago de Banyoles. Arcelin escribió a Kofi Annan, a la Unión Africana, a Nelson Mandela, al obispo Tutu, llamando a los países africanos participantes en aquellas pruebas a boicotearlas. El gobierno socialista presionó al alcalde de Banyoles para que la pieza fuera retirada “al menos temporariamente” de exhibición. Capearon la tormenta de las Olimpíadas pero no sus efectos: la Unión Africana exigía que el bechuana fuera repatriado. Así supieron los del pueblo que su museo tenía el único hombre embalsamado en el mundo que se exponía entre animales. En lugar de abochornarse, les salió el chauvinismo: “El Negro es patrimonio cultural para nosotros”, dijeron. Comenzaron a aparecer camisetas con su imagen; las pastelerías del pueblo hacían negros de chocolate; los más cavernarios vociferaban: “¡Si se va El Negro, que se vayan todos los negros!”. Para evitar más escándalo, el gobierno español decidió devolverlo al Africa. Se lo llevaron de noche en furgoneta de Banyoles y, para evitar el oprobio de enviarlo disecado, en el Museo de Antropología de Madrid separaron lo que era propio del negro de lo que era relleno: sólo quedaron una calavera y unos cuantos huesos; no se atrevieron a agregar la piel, para que no quedara en evidencia que la habían embetunado año a año en el Museu Darder.

A esa segunda profanación se le sumó una tercera. En octubre del 2000, en un acto de gran despliegue mediático, los restos llegaron a Gaborone, capital de Botswana, para ser enterrados en el parque Tsholofelo. “Devolvemos lo que nos han pedido; hemos quitado lo que no era suyo”, dijo el enviado del gobierno español. Los curiosos tuvieron ocasión de rendir sus respetos al repatriado en una capilla ardiente: lo que había para ver era un ataúd infantil con mirilla y una calavera y un puñado de huesos adentro. La ceremonia del entierro no incluyó ningún rito tradicional, ni danzas ni vestimentas tribales. No hubo presencia visible del pueblo originario del difunto, porque en las autopsias y análisis realizados en Madrid no se pudo determinar si el negro era bosquimano o bechuana (Botswana acogió el cuerpo por pedido de la Unión Africana). Sólo un hombrecito envuelto en una capa de piel de leopardo y cetro de cola de antílope, un lunático llamado Emmanuel Mogomela, conocido en la ciudad porque decía pertenecer a toda etnia que recibiera reparación del gobierno, se presentó para despedir a “su tatarabuelo”. El corresponsal de un diario español se le acercó a pedirle declaraciones acerca de su antepasado. Mogomela se limitó a decir: “Era un hombre negro que no sé dónde estaba, pero ahora está donde tenía que estar”.

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