CONTRATAPA

Palabras, usos y abusos

 Por Eva Giberti

Coincidimos en la aplicación de la palabra mujer y su plural mujeres descontando que aparecen como inequívocas. Aun con la presencia de los transgéneros, que habilitaron otros debates, se supone que mujer y mujeres aportan una imagen y una idea aceptablemente claras. De allí que mencionar violencia contra las mujeres parecería alcanzar. No para evitarla, como sería deseable, pero para escribir cada vez más acerca de ella. Para crear nuevos foros, nuevos grupos, nuevos círculos, nuevas cátedras, una pléyade venturosa de personas ocupadas en pensar en las violencias “de género”. Porque la atención viró hacia el género como una posición desde donde intervenir políticamente. Según acuerdos internacionales.

El arrastre de esta palabra ha sido muy fuerte: se legisla, se sentencia y se difunde como aplicación preferencial. Más allá de la práctica académica difícilmente se lo analiza técnicamente como discurso, como representación, como construcción dependiente de religiones, sexualidades y legislaciones; se omiten –como práctica cotidiana– las necesarias deconstrucciones de las maneras de hablar con que las culturas opacan a las mujeres reales (por ejemplo, cuando una mujer habla de sí misma dice “uno” siendo en realidad “una”. Si se pretende ocuparse del género ese deslizamiento no es admisible). Estos registros son los que obligan –si pretendemos hablar con seriedad– a crear los propios discursos atravesando las fronteras de las diferencias sexuales y económicas. Tampoco se lo evalúa como lo hace Nancy Frazer, quien afirma que “género” es uno de los principios estructuradores de la economía política, puesto que estructura el trabajo reproductivo no remunerado. O sea, hablar de género sugiere no improvisar.

Por su parte, la palabra “mujeres” se quedó enredada en las circunvoluciones de las teorías, se filtró por los intersticios que los descuidos masculinos autorizaban y parece refugiarse en la exactitud de lo que su sentido “natural” indica como algo naturalmente dado por definición. Se mantuvo oculta la dimensión que motoriza el sentido político crucial de toda denuncia y de todo proyecto referido a las mujeres, sentido que no necesariamente se registra cuando se habla de ellas. Queda pendiente la idea que nos habla de las mujeres como una unidad de análisis (también podríamos decir categoría) que es el resultado de una serie de procesos psicológicos, sociales, económicos mediante los cuales esta persona se identifica con otras personas, reconoce las diferencias entre mujeres y también se identifica con situaciones y prácticas impregnadas por el ejercicio del poder así como registra el anhelo de poder para el propio ejercicio.

Esta apreciación siempre estuvo en el horizonte de todos los feminismos, pero no necesariamente explicitada y en algunos modelos, las diferencias entre las mujeres no se recortaba nítidamente. Fueron las feministas negras, africanas, quienes alertaron combativamente. Ellas no estaban representadas en las corrientes iniciales del feminismo. Aimé Cesaire y Fanon expandían sus reclamos y ellas iban más allá en las resignificaciones del poder cuyos excesos conocían con estilo propio.

La cuestión del poder relativo a las mujeres se encaminó históricamente rumbo a la sexualidad como prenda insustituible: si las mujeres quieren poder empecemos por definirlas como recurso para el placer. Pero las mujeres incorporaron tropiezos en esa ruta y se establecieron como gestoras y ejecutoras de poder mediante la inteligencia, la resistencia y la demostración de sus aptitudes para múltiples actividades.

Con el retorno de la democracia, el entonces presidente Alfonsín pensó en abrir un espacio dedicado a las mujeres. La primera convocada, María Elena Walsh, mantuvo muy poco tiempo su inserción en los planes políticos. Sus ideas y proyectos, lúcidos y conocedores de problemas cruciales para las mujeres, representaban una avanzada que, según la evaluación de los asesores del presidente, era excesiva. Fue Zita Montes de Oca quien asumió la responsabilidad de diseñar las políticas que se consideraban posibles; sus proyectos eran, en realidad, mucho más inquietantes y necesarios de lo que se le autorizaba realizar. Logró avanzar en una excelente tarea y convocó a todas aquellas que teníamos algo para sugerir. Decidió presentarnos al presidente en una reunión oficial, alrededor de la gran mesa protocolar. Me tocó sentarme en el extremo opuesto de la cabecera. Las inhibiciones y la emoción pulsaban en el aire; se trataba fundamentalmente de agradecer. Sin embargo, yo había hablado con Zita para advertirle mi idea, con la que ella coincidía pero... plantearla era otro asunto. Cuando el presidente preguntó si alguien quería decir algo más (todos habían sido agradecimientos) yo levanté la mano: “Presidente, pienso que nosotras deberíamos participar de las reuniones de gabinete para explicarles a los ministros qué es lo que es necesario hacer con los temas referidos a las mujeres...”

La azorada respuesta de Alfonsín: “Pero, Eva, ¡usted quiere el poder...!”. Desde el otro extremo de la mesa, muy lejos de él, respondí: “Es lo que corresponde”. No era lo que el presidente pensaba y mi propuesta sólo mereció su asombro. Aquellos fueron tiempos y circunstancias en los que la lucha por los derechos humanos se encaminaba hacia el Juicio a las Juntas y el poder se centraba en el Nunca Más. Esta es una historia lejana. En el año 2006, en mi entrevista con Néstor Kirchner, el presidente me convocaba para avanzar en estrategias de poder buscando yugular las violencias contra las mujeres. Otra historia.

Pero en aquel entonces, en la década del ’80, carecíamos de autoridad simbólica y la palabra poder era mala palabra o vocablo ajeno para las mujeres, aún temerosas para reclamarlo y ejercerlo. El tema todavía constituye uno de los enclaves de los problemas entre mujeres y remite a la subjetividad, a reconocerse como sujeto para ser dominado o sujeto de enunciación capaz de expresar sus desacuerdos y oponerse a las formas patriarcales del poder.

Para un universo de la población, y en particular para las mujeres, poder solamente se pensaba y se sentía asociado a la lectura maquiavélica de uso, usufructo y abuso. La gente buena no quiere poder, sólo pretende ser humilde. Esa era una enseñanza doméstica y religiosa fuertemente afincada desde la niñez. Los intereses de las mujeres se mantenían omitidos y cercenados porque no hay interés que no pase por el poder y la pasión. En público es difícil que alguien diga que quiere el poder. Se usan otras palabras, se miente, hay códigos previstos para estas cosas. Tal como lo escribo ahora, lo redacté en 1992 en el prólogo al libro Mujeres y partidos políticos, una investigación de Jutta Marx.

Desde el modelo impuesto que nos tornaba ajenas al anhelo de poder aprendimos a discriminarnos a nosotras mismas en un entrenamiento que ensayamos durante centurias, con las excepciones conocidas. El aprendizaje siempre fue el mismo: subordinación y asistencialismo enlazados con los fulgores del sacrificio y la obligada seducción dirigida hacia los varones. Insertas obligatoriamente en la heterosexualidad para poder casarnos y producir hijos e hijas que reprodujeran el sistema imperante.

La transformación ha sido importante. Ahora hablamos de empoderar a las mujeres víctimas de violencia y cada día resulta más evidente que las organizaciones familiares y todos los derivados del patriarcado sobrellevan un desconcierto inesperado. Pero, el alerta remite a quienes se ocupan del tema género: se trata de mujeres, existencias que no se sustituyen hablando de género. La Ley 26485 es clarísima. Y si hablamos de género corresponde comenzar por la discusión académica que el tema reclama. De lo contrario, el género se convierte en una palabra trampa que impide o posterga la visualización de las mujeres como construcción, como la articulación de procesos psicológicos y sociales mediante los cuales “estas personas se identifican con otras personas, reconocen las diferencias entre mujeres y también se identifican con situaciones y prácticas impregnadas por el ejercicio del poder así como registran el anhelo de poder para el propio ejercicio”. Sumergirse en la palabra género –que incluye varones y transgéneros–, sin los análisis epistemológicos y debates acerca de la teoría que la palabra reclama, arriesga descuidarnos en la lectura de las diferencias que existen entre las mujeres, tema que el feminismo original estuvo obligado a revisar; también permanecen ausentes quienes provienen de los pueblos originarios (porcentaje significativo en nuestro país) y las inmigrantes (porcentaje significativo en nuestro país) así como quienes no se amarran a la heterosexualidad, por sólo citar algunos ejemplos justamente protagonizados por aquellas, expertas en discriminación como violencia.

El género es un hacedor político necesario, un recurso útil para debatir e incorporar matices y pliegues en las teorías que lo proponen y reclama una formalización de sus contenidos y métodos de análisis. Pero cuando se mata a una mujer, a una adolescente o a una niña se trata de un femicidio y no un genericidio como acertadamente escribió Vita Escardó.

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