CONTRATAPA

Homo Inútil

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Hubo un tiempo en que “inútil” era un insulto o un defecto. Ahora, parece –lee Rodríguez– es un signo de los tiempos y parte cada vez más característica de la condición humana. Aquí viene el hombre que va olvidando una a una sus habilidades manuales porque está muy ocupado invocando al universo todo desplazando la punta de un dedo divino –como patinando sobre el más delgado de los hielos– por una pantalla. Y no hay caso: todos son culpables de ser tan inocentes. No importa que asociaciones psiquiátricas norteamericanas alerten ya de la adicción a sacarse selfies con prisa y sin pausa. Tampoco inquieta que el filósofo-científico Dan Dennet advierta en cuanto a que “desde la invención de la agricultura, hace 10.000 años, la cultura ha evolucionado de un modo puramente darwiniano, pero la llegada de la tecnología ha acelerado ese proceso hasta un punto impredecible. ¿Tiene esto solución? Por supuesto, los humanos somos increíbles previniendo catástrofes. Lo que pasa es que nadie recibe una medalla por algo que no ha pasado. Los héroes son siempre los que actúan a posteriori”. Mejor pensar en esos nuevos despachos desde el plurilateral frente de batalla donde se celebran las medidas revolucionarios francesas en cuanto a que los empleados podrán hacer suyo el derecho a apagar sus móviles y computadoras durante once horas diarias para no ser importunados por sus jefes (medida tan simbólica y cosmética como ésas del papa Francisco en tiempos en los que uno sabe que el trabajo puede perderse y ya no encontrarse si te ponés difícil). O en la buena nueva de que –contrario a lo que advertían best-sellers como el Superficiales, de Nicholas Carr– ahora resulta que Internet/Google/Etc. te hace mucho más listo y reflexivo de lo que jamás fuiste o soñaste ser. Y ahí está el libro Smarter Than You Think, de Clive Thompson, para todos aquellos que quieran seguir tecleando para desarrollar la “conexión de ideas”, “la memoria extendida”, “la posibilidad absoluta de publicación” para no hablar de la necesidad de desarrollar más dedos en las manos. Y los argumentos de Thompson son un tanto perturbadores, piensa Rodríguez, leyendo una entrevista que le hacen en El País: “No te preocupes mucho si no puedes recordar algo. Por ejemplo, teléfonos. ¡Nadie es un apasionado de los números de teléfono! ¿Por qué debería preocuparte no saberlos? Si no recuerdas cosas por las que tienes pasión, es un problema. Pero si no recuerdas detalles sin sentido, no te preocupes. Eres normal”.

Define “normal”, piensa Rodríguez mientras se acuerda que ya no se acuerda cuál era el apasionado pero desapasionante número de Emergencias.

DOS Y Rodríguez entra a ver y sale de ver Frances Ha, la nueva película de Noah Baumbach con Greta Gerwig. Una fantasía Manhattan-woodyallenesca para las nuevas generaciones protagonizada por una adolescente de veintisiete años que, todo parece indicarlo, seguirá siendo adolescente hasta bien entrada su tercera década. La Frances del título, hace unos años, hubiese sido considerada una perfecta inútil. Ahora, en cambio, es una hermosa perdedora y una triunfal fracasada que bien podría ser amiga de la insoportable protagonista de Girls. Alguien que todo el tiempo pronuncia sublimes y aforísticas tonterías, rompe a bailar (mal) con cualquier excusa, se va a París por dos días (porque sí), y se queda sin trabajo una y otra vez (yupi). Síntoma este último que es celebrado por su compañero de piso con un “¿Y qué? A mí me han echado de mi trabajo muchísimas veces. Que te echen te hace muy cool”. Rodríguez vio y escuchó todo esto entre escalofríos, no pudo evitar el pensar en su propia hija (que es una Frances que ni siquiera se ha ido a vivir sola) y se acordó de algo que había leído sobre los jóvenes millennials, en expansión (no confundir con los jóvenes mileuristas, en extinción). Los millennials, parece, son los peterpánicos que hoy se mueven o bailan (mal) entre los 18 y 33 años y que, se supone, serían la fuerza de trabajo y consumo a sostener la economía planetaria. Pero que, como Frances y amigos, están endeudados e hipotecados hasta las cejas por lo que les prestaron para estudiar, no tienen mucho dinero y adoran y admiran las marcas, aunque se dedican a consumir o piratear lo que Internet ofrece más o menos gratuitamente. Los millennials tampoco tienen prisa por dejar el hogar paterno, casarse o tener hijos, y su fantasía más fantástica ya no pasa por Wall Street sino por Silicon Valley. Pero eso sí: todo sin salir de casa/ salvo para quedar con amigos y, como Frances, cruzar las calles bailando, bailando mal.

TRES Define “bailar bien”, piensa Rodríguez, quien, en su más breve adolescencia, vio bailar tan mal como Frances a su adorada prima Mirta Rodríguez, en un sótano underground de Buenos Aires. Y se convenció de que era una “genia”; porque el amor es más poderoso y más I Like que Facebook. No es grave bailar muy bien mal. Lo que sí es muy grave, tiembla Rodríguez, son los nuevos despachos del interminable informe PISA, que pone a los jóvenes españoles a la cola de Europa en lo que hace a “la resolución de problemas cotidianos”. Es decir: los millennials ibéricos tienen problemas a la hora de comprar un billete de metro, programar cualquier electrodoméstico que no tenga pantalla o distribuir los muebles de una manera lógica y funcional en una habitación. Como su hija, ahora. Llegan ruidos desde su habitación. El ruido de cosas cayéndose de manos que ya no acostumbran agarrar y sostener cosas con sus pulgares deformes de tanto teclear, piensa Rodríguez. Pero no. Esos ruidos enseguida se ordenan en una especie de melodía desarticulada, en una canción que le recuerda a las canciones de Blur, en su juventud. Canciones no para correr/bailotear por las calles sino para caminar por emancipados pisos pequeños pero propios o, al menos, alquilados con el propio trabajo. Canciones como “The Universal” y “This Is a Low” y –estaba en lo cierto, su oído no ha perdido la memoria– lo que oye/mira su hija en su iPad es un canción del nuevo disco del ahora solista Damon Albarn. La canción es una emborronada canción triste, se titula “Everyday Robots”, y le canta a la melancolía de ser un autómata cotidiano, siempre al teléfono, en control pero controlados, chocando pulgares y con labios fríos, volviendo a casa, medio dormidos, envejeciendo, hasta que alguien presione restart mientras una voz, otra vez que no es la de Albarn, denuncia que “No sabían hacia dónde iba pero sí sabían lo que era, ¿verdad?”. Y se oyen risas. Mientras tanto, el videoclip muestra cómo, lentamente, se va ensamblando, como si se tratase de un rompecabezas, un cráneo humano. Sus diferentes partes con los colores de países de mapamundi, desafiando a alguien ahí fuera a que, sin la ayuda de Google, nombre todos y cada uno de los milenarios huesos y músculos que acaban conformando el rostro de Albarn.

Ahí dentro donde, se sabe, vive la memoria, ¿te acuerdas?

No.

¿No?

No te preocupes.

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