CONTRATAPA

Homo Secreto

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO En un libro que alguien dejó en el hueco del tronco de un árbol (pasó la moda del book-crossing, que volverá, seguro, en cuanto los árboles sean enchufables y no tengan más de 140 hojas y una Apple por rama), Rodríguez lee algo acerca de la naturaleza del secreto. Lee que, según la Enciclopedia de objetos inasibles, recopilada por Lord Lionel Fineshape, un secreto “tiene una forma cilíndrica, y es grácil y ligero como una pluma, y rara vez vive demasiado”. Y que en el tratado Sobre todas las cosas invisibles de nuestro Mundo, Xu Dim, contemporáneo de Siddartha Gautama, se refiere al secreto como a “un perfume delicado o un pestilente gas de los pantanos, según las intenciones de su portador”. Y que en sus apuntes privados, el arqueólogo Heinrich Schlieman concibe la posibilidad de una antigua cultura prehelénica que basaba su economía en el comercio de secretos: “Eran gente de piel pálida que consideraban secreta hasta la existencia de dioses siempre curiosos por descubrir lo que ellos ocultaban”.

Pero no son los grandes secretos tan bien guardados los que a Rodríguez le intrigan, sino los efímeros secretos de todos los días. Secretos como esos en las elegantes, pero impiadosas, páginas de James Salter (RIP), quien entendía que “el secreto del arte es sencillo: descarta todo lo que sea apenas muy bueno”. Las palabras a media luz que provocan un ligero aunque perceptible aumento en la temperatura corporal de quien las recibe; el inédito giro dilatado en las pupilas de quien las confía. Y el, de pronto, comprender que uno está siendo utilizado por el secreto como un muñeco por su ventrílocuo. Y que esas palabras constituyen no la propia voz, sino la voz de un secreto que ya no lo es tanto para –contaminando a otro con su existencia, no existe el secreto a solas– poder existir como secreto.

DOS Las últimas investigaciones psicológicas determinan que guardar secretos –ser fiel secretario del tiránico secreto– conduce a la depresión, a la pérdida de amistades, al stress, a la mentira y a un propio y privado Waterloo. Y, sí, es una época propicia para la siembra y germinación y cosecha de secretos. Cadenas y candados y barrer bajo la alfombra y borrar discos duros y tweets duraderos y triturar papeles silbando aquello cincuentón pero atemporal de “I believe in yesterday...”, gran canción sobre lo que nunca se llegó a contar pero...

En un hipotético Al oído, gritando: secretos de una época rara, de Rodríguez, podrían registrarse todos los rumores de estos días y noches extrañas donde muchos quieren ver un cambio absoluto y otros, apenas, un cambio de frecuencia en lo mismo de siempre. Se sabe que la izquierda o la derecha muta según el lado de la calle en que uno se pare; pero que una y otra juegan ese ambidiestro as en la manga de “la herencia recibida” a la hora del recambio. Y se aúlla en las tertulias políticas televisivas sobre lo que vendrá o acerca de lo que jamás llegará. Nadie sabe nada; porque los que deberían saber sólo conocen la historia hasta esa radiante mañana en la que les toca sostener por primera vez el bastoncito de mando. Por el momento, promesas luminosas y profecías sombrías. Después, quién sabe... Porque el secreto –su amorfa forma de ser– pasa por la práctica del saber que no se sabe algo.

Y así se teoriza –y se lo alaba como gran gesto de estadista genial, como “golpe de regeneración y autoridad”– sobre si el rey Felipe y su hermana Cristina están muy peleados después de eso de haberle quitado el título de duquesa o si es todo una cosmética puesta en escena para la plebe en las butacas más económicas del circo. O si la próxima novela de Vargas Llosa –en un país donde todas las mujeres son tías y es tan fácil acabar haciendo el primo– se titulará La socialité Isabel y el escribidor (a Rodríguez le da un poco de pena que aquel que tanto predicó contra los decadentes peligros de “la civilización del espectáculo” ahora sea perseguido por los sabuesos del periodismo rosa). O si alguna vez alguien podrá develar los misterios insondables en la nueva factura de la electricidad (España es el cuarto país con el vatio más caro y más aumentante de Europa y, ah, se musita acerca de que la tarifa variará según la hora para que uno pueda “administrarse mejor” y, oh, parece que lo ideal será poner el lavarropas más o menos a las cuatro de la mañana). O dilucidar los cambios del plomífero Rajoy en su gobierno fundido y fósil. O si finalmente se hallaron o no los huesos de Cervantes (sí se ha hecho sitio para su tumba, inaugurada rapidito por alcaldesa saliente). O el que haya emoticones que significan secreto a teclear al final de un mensaje donde, por supuesto, se lo cuenta todo. Son, sí, todos especímenes un tanto vulgares y exhibicionistas. Secretos que quieren que los miren y los consideren secretos y que todos sepan que son secretos con voz de secreto a voces.

Rodríguez prefiere los secretos elegantes, clasificados. Mejor escuchar “Like a Rolling Stone” (medio siglo rodando y casi terminando con ese “Ahora eres invisible, no tienes secretos que ocultar”). Mejor releer al muerto centenario Saul Bellow (quien postuló que “toda vida humana tiene una esencia secreta, algo que es secreto hasta para su dueño, que no sabe bien qué hacer con ella”). Mejor reírse con las palabras del nonagenario recién fallecido y polimorfo y perverso Cristopher Lee (quien, cuando el director de cine Peter Jackson le instruyó con un “Ahora imagínate cómo sonaría una espada clavándose en una espalda”, respondió con un inquietante “¿Qué te hace pensar que necesito imaginar cómo suena eso?”). Se sabe que Lee –pero muy poco, top-secret al día de hoy–, además de draculear y sarumanear y grabar a sus ochenta y ocho años discos de flamenco psicotrónico y de heavy metal gótico, también participó en misiones secretas contra los nazis durante la Segunda Guerra. Fue miembro selecto y muy condecorado del Special Operations Executive de Winston Churchill, apodado “Ministerio de la Guerra Poco Caballerosa”. Una vez, un periodista particularmente obsesionado con el asunto, insistió e insistió hasta que Lee, agotado, le dijo: “¿Puede guardar un secreto?”. El periodista le aseguró que sí. Y Lee se acercó al oído del hombre (sí, transferir un secreto tiene algo de mordiente y extractora gestualidad vampírica) y –mostrando los colmillos y enarcando las cejas y con esa voz de Lee que helaba la sangre– susurró un “Yo también”.

TRES Pero, en realidad, todo lo anterior no es más que bzzz-bzzz de comic con el que Rodríguez busca ocultar lo más importante. Su secreto. Que es éste. Su pequeño hijo, siempre, solía acercarse a él y preguntarle, conspirador: “¿Quieres que te cuente un secreto?” Y se lo contaba. Y, claro, no eran cosas muy perturbadoras o intrigantes. Poco y nada que Rodríguez no supiese, pero ante lo que fingía asombrarse, ojos muy abiertos y boca redonda. De un tiempo a esta parte, sin embargo, su hijo ya no le hace esa pregunta. Y (sí, los chicos crecen y, con ellos, el silencio en el que se envuelven y que suena, sí, como una atronadora espada clavándose en su tronada espalda) no es que los secretos se hayan agotado.

Es que ahora son secretos de verdad.

Son secretos que no se pueden contar.

Son los incontables secretos que cuentan.

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