CONTRATAPA

Dualidades

 Por Juan Gelman

“Esto no es personal” dicen los gangsters de película antes de acribillar a sus víctimas. “No es algo personal contra ti”, dijo Stalin a Nikolai Bujarin antes del juicio sumario que condujo a su ejecución en 1938. La apertura de ciertos archivos –no todos– del ex partido comunista soviético y de la que fuera policía secreta de la URSS ha permitido a historiadores de Occidente, en colaboración con colegas rusos, investigar y dar a conocer aspectos ignorados o brumosos del terror stalinista. Por ejemplo, la carta que Bujarin –tal vez la figura más trágica de los llamados juicios de Moscú– enviara al dictador desde su celda en vísperas del proceso que legitimó su fusilamiento. El texto puede leerse en Interpreting the Russian Revolution (Interpretación de la Revolución Rusa), obra de los especialistas Orlando Figes y Boris Kolonitski.
Es un documento extraordinario. El teórico “más brillante del partido”, el “hijo preferido de la revolución”, según Lenin, pide por su vida, aprueba las purgas que provocaron centenares de miles de ejecuciones y destierros a puntos remotos de la URSS, insiste en que no sólo deben abarcar a los culpables y a los sospechosos sino también a aquéllos que podrían llegar a ser sospechosos. Esto suena irónico: Bujarin perteneció a esta última categoría y en todo el país los funcionarios del partido aceptaban cualquier denuncia y actuaban en consecuencia para no ser tomados por “sospechosos potenciales”. Acusado de la comisión de gravísimos delitos antisoviéticos, el dirigente en desgracia escribe a Koba (apodo de Stalin): “Mi corazón hierve cuando pienso que en el fondo de tu corazón crees que soy realmente culpable de todos esos horrores... ¡Si hubiera algún artefacto que te permitiera ver mi alma herida y desgarrada! ¡Si sólo pudieras ver qué unido estoy a ti, en cuerpo y alma!”.
En 1936 Pravda anunciaba así la realización del primero de los juicios de Moscú: “Ayer comenzó el proceso a la banda de asesinos trotscozinovievistas. ¡Aplasten a esa canalla! ¡Fusílenlos!”. Bujarin, que con frecuencia se había alineado con Trotski y Zinoviev contra las posiciones políticas de Stalin, no ignoraba la suerte que iba a correr. Poco antes de ser detenido dictada a su mujer un testamento político de 600 palabras que Anna Larina aprendió de memoria y conservó inédito en su mente durante medio siglo. En ese texto presagia “me estoy yendo de la vida... indefenso ante una máquina infernal que usa métodos medievales, pero tiene un poder enorme, inventa calumnias, actúa con descaro e impunidad”, subraya “las sospechas patológicas de Stalin” y se declara “culpable de nada”. No repite esta afirmación en el alegato final que formuló el 12-3-1938, luego de estar preso más de un año.
Esa defensa ante un tribunal que había ya acordado su ejecución
es también extraordinaria. Bujarin acepta que es culpable de traicionar a “la patria socialista... el más odioso de los crímenes posibles”, organizar levantamientos de campesinos afectados por la compulsiva colectivización de la tierra, preparar atentados terroristas, pertenecer a una organización antisoviética clandestina y planear un golpe de Estado. A la vez destruye con aguda lucidez determinados argumentos e inculpaciones del fiscal –el siniestro Vishinski–, denuncia que testigos que declararon en su contra están relacionados con la policía secreta, rechaza que estuviera conectado con servicios de inteligencia extranjeros y que obedeciera órdenes de regímenes fascistas, niega toda participación en el asesinato de Gorki y en el atentado contra Lenin, que hasta de eso fue acusado. Contrapone a cada una de esas demostraciones el reconocimiento reiterado de “la extrema gravedad” de sus crímenes que –dice– justificaría que lo fusilaran “diez veces”. Pero la dialéctica de su discurso cuestiona por reflejo la realidad de los delitos que admite haber cometido.
El alegato acarrea no pocas de las ideas y expresiones estereotipadas de la retórica “revolucionaria” al uso, ésa que plagaba no sólo las manifestaciones públicas sino también las cartas privadas de los funcionarios del partido, la misma que movió a Nabokov a predecir la caída ineluctable del régimen soviético porque el idioma ruso no soporta que lo torturen. Bujarin ni siquiera se desprende de ese manto de plomo cuando explica la razón de su presunto arrepentimiento: lo atribuye a que en prisión había descubierto que todos los procesados, también él, padecían “una conciencia dual” nacida de la contradicción entre su poca fe en las actividades contrarrevolucionarias y el “progreso floreciente de la URSS y su importancia internacional”.
Conciencia dual sin duda, pero tal vez obediente a otra clase de contradicción: la impotencia de Bujarin en modificar el curso de la revolución, que juzgaba erróneo, en especial en el terreno de la economía, y su imposibilidad de abandonar –¿traicionar?– una causa que había asumido con arrojo y devoción desde muy joven. Es en el juego entre esos dos apremios que Bujarin redactó textos tan disímiles como su testamento político, la misiva a Stalin y un alegato peculiar. Dijo en la carta a Koba: “Sé demasiado bien que los grandes planes, las grandes ideas y los grandes intereses tienen precedencia y sé que sería mezquino de mi parte equiparar mi caso personal con las tareas universales-históricas que, ante todo y sobre todo, pesan en tus hombros. Pero es en esto que siento mi agonía más honda y que enfrento mi paradoja angustiante y central”. Claro.

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