CULTURA

Un tranquilo paseo por la tierra de los muertos

La belleza arquitectónica hace olvidar que la Recoleta es un cementerio. Las visitas guiadas recorren sus laberintos y la historia se revela a través de una mirada original y distinta.

 Por Oscar Ranzani

El cementerio de la Recoleta es, desde ya, un cementerio. Pero, a diferencia de otros lugares similares, el valor arquitectónico pone en sordina la propia presencia de la muerte. El ritual se independizó de su origen y es posible caminar por sus laberintos como si se tratara de un paseo más. Fundado en 1822 (fue el primer cementerio público de la ciudad), guarda los restos de algunos héroes de la Independencia, presidentes de la República, federales y unitarios, poetas, pioneros y mujeres ilustres; allí habitan historias, mitos y leyendas. Cada sábado y domingo (a las 16) la Junta de Estudios Históricos del Buen Ayre propone un recorrido en el que los visitantes pueden enterarse de fascinantes historias, públicas y privadas, encantadoras o macabras.
“Tratamos de recordar las figuras de algunos personajes que tienen que ver con nuestra historia, pero no tanto desde el bronce sino más bien desde una vida cotidiana más cercana a nosotros”, comenta el historiador Eduardo Lazzari, presidente de la Junta de Estudios y guía en los paseos. “Uno descubre que quienes hicieron la historia no son más que personajes iguales a nosotros”, agrega. Los visitantes se detienen en la tumba de Alfredo Gath, uno de los fundadores de la mítica tienda Gath & Chaves. Lazzari cuenta que él entró en pánico el día en que se descubrió que Rufina Cambaceres, hija del poeta Eugenio Cambaceres, a los 19 años, había sido sepultada viva, víctima de la catalepsia. “Entonces, este hombre contrató a un ingeniero para que diseñara un sistema que le garantizara que si él no estaba muerto pudiera salir”, comenta el historiador. “Le hicieron un ataúd triple, con un mecanismo hidráulico conectado a la puerta y al campanario que esta bóveda tenía arriba”, agrega. “Gath la probó 12 veces: se sepultaba, lo encerraban y probaba el mecanismo”, cuenta. Era un problema serio porque los ataúdes de las bóvedas son absolutamente herméticos debido a la necesidad de inodorización. “Las doce veces que Gath lo probó, se abría la puerta, se abría el ataúd y sonaba la campana. Pero la vez número 13, la que murió, nadie activó el mecanismo”, cuenta el historiador.
Una historia curiosa es la que Lazzari comenta al pie de la tumba de David Alleno, un cuidador del cementerio que trabajó durante treinta años. “Todo el dinero que fue ahorrando lo usó para comprar una bóveda. Viajó a Génova, se mandó a hacer una estatua de sí mismo con todos sus elementos de trabajo (regadera, escoba, plumero y demás)”, relata. “Y lo que les asombró a sus amigos es que cuando puso el monumento, ya tenía la fecha: ‘David Alleno, cuidador en este cementerio 1881-1910’. Entonces, sus amigos lo interrogaron, pero Alleno no dijo nada. Una vez que terminó el mausoleo, avisó en el cementerio que no iba a venir más. Volvió a su casa y se pegó un tiro para ser sepultado aquí.” Otra tumba donde se detiene la historia es la de Bernabé Sáenz Valiente, miembro de una familia tradicional de la República. Una vez abolida la esclavitud en el año 1813, “muchos esclavos, al quedarse libres, optaron por quedarse trabajando con las familias de los cuales habían sido esclavos”, rememora Lazzari. “Es el caso de Catalina Dogan, una esclava de esta familia que se quedó con ellos. Cuando murió, en 1863, los Sáenz Valiente tomaron la decisión casi heroica y revolucionaria en su momento de sepultarla en la tumba familiar. Una negra y, además, ex esclava. Pero, como era la sirvienta la sepultaron afuera”. Y así es como Dogan está en la tumba familiar, pero a un costado. Allí se ve una lápida que dice “Catalina Dogan, en su humilde clase de sirvienta, fue un modelo de honradez y fidelidad”.
A Don Salvador María del Carril, gobernador de San Juan en 1823, unitario y vicepresidente de Urquiza, lo recuerda un curioso mausoleo. Si bien fue un hombre de la historia política de la Argentina, el monumento representa, en cambio, una histórica pelea con su mujer, Doña Tiburcia Domínguez. “Ella lo había acompañado lealmente con sus hijos en el exilio durante la época de Rosas”, cuenta Lazzari. “Pero una vez en Buenos Aires, comenzaron a llevar una vida más acomodada de lo que le permitían sus ingresos y ella contrajo, sin pedir consejo a su marido, numerosas y abultadas deudas. Un día, don Salvador publicó una carta en la cual avisaba a los acreedores de su esposa que nunca más respondería por ella. La contestación de Doña Tiburcia fue no hablarle más hasta su muerte.” Los monumentos de uno y otra, en una tumba compartida, miran hacia lados opuestos.

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En el cementerio de la Recoleta habitan las historias.
 
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