EL MUNDO › OPINION

Venezuela, otra vuelta de tuerca

 Por José Pablo Feinmann

Escribir sobre Venezuela (como sobre cualquier país al que uno no pertenezca) significa correr ciertos riesgos. El más elemental, el primario es que a uno le digan que no entiende nada porque, sencillamente, es un extranjero, un ajeno, un ave de paso que jamás echará raíces y cuya mirada será inevitablemente superficial. Esta actitud se expresa con claro malhumor y hasta con violencia. La forma de expresarla siempre se inicia con el giro: “¿Cómo se atreve?”. Cómo se atreve a juzgarnos, a mirarnos, a decir algo sobre nosotros si usted no vive aquí, no sabe lo que nosotros sabemos, no ha padecido este país ni conoce sus infinitos recovecos, que ni una entera vida alcanza para descifrar. En suma, no se meta, extranjero. Mire un poco y váyase cuanto antes, este país es asunto nuestro y no necesitamos sus opiniones, sabemos qué nos pasa y lo vamos a resolver nosotros. El argumento (si uno lo acepta) es contundente: si hay algo que yo no puedo ser (entre muchas otras cosas: esquimal, por ejemplo, o palestino o iraquí) es ser venezolano. Si la condición para entender Venezuela o, sin más, poder emitir algún juicio sobre ella es ser eso, venezolano, sólo ellos pueden hablar sobre ellos... y sobre ella, Venezuela. Es desalentador que tantos crean esto, ya que se condenan a la soledad. La “mirada externa” ve cosas que la “mirada interna” no ve. El pez que está en la pecera no lo sabe. No sabe qué es una pecera. Tendría que salir de ella, mirarla “desde afuera” y entender lo que sólo así podría entender: yo vivo en ese lugar porque hay otro. Vivo “dentro” de la pecera porque existe un “afuera” de la pecera. La mayoría de los seres humanos, sin embargo, viven en peceras, no salen de las peceras y suelen transcurrir sus vidas sin averiguar que hay otra cosa, un lado de afuera, una mirada alternativa, una diferencia. Esta “mirada alternativa” la tiene –por definición– el que llega de afuera. Alguien tiene que ver a Venezuela con ojos no venezolanos. Y si uno quisiera ofrecer alguna fundamentación sobre este “punto de vista en exterioridad” diría cosas tan sencillas como “ustedes están ciegos por sus propias circunstancias, por la materialidad de la tragedia, por sus propias pasiones, esas pasiones los llevan a considerar verdadero meramente su propio punto de vista, las pasiones se han transformado en odios”. Se odia apasionadamente en Venezuela y el odio es la imposibilidad de ver en el Otro la mínima hendija de algo verdadero. La ley del odio, la ley elemental que alimenta la guerra es: no hay nada rescatable en mi enemigo, por eso lo es, porque no tiene razón, hay una sola razón y, por completo, yo soy su poseedor. Identificar esa “razón” con la “patria” me lleva a la necesariedad de asesinar al Otro: ¿qué puede valer un hombre obstinadamente equivocado al lado de la gran “verdad”, la verdad que la patria expresa? Este es uno de los tantos marcos conceptuales que ha llevado a los hombres a matarse sin cesar a lo largo de toda su historia. Hay otras también. La pulsión de muerte no es irracional: no acaba de inventar razones para expandirse, explayarse, para matar a los Otros. “Pulsión de muerte” y “razón” se llevan muy bien, se retroalimentan y no estoy diciendo nada nuevo. Siempre se mata desde un Absoluto. Y la construcción de ese absoluto implica constituir al Otro en tanto el error, la traición, la radical impureza.
Hace unos días publiqué un texto que llevaba por título “Las vacas afortunadas contra Chávez”. A la tarde lo comenté con mi amigo José Nun, con quien habíamos compartido la experiencia venezolana, y me dijo: “Está bien, pero te bandeaste un poco para el lado de Chávez”. Me preocupé pero admití que era difícil ser totalmente equilibrado y que, acaso, el encuentro con algunos representantes del “antichavismo” había influido en mi ánimo. Pese a ello, consideraba que había escrito cosas durísimas sobre el “loco Hugo”. A la noche di una conferencia y, al salir, un señor muy gentil me dice que al mediodía, en el programa de Eduardo Aliverti, el embajador de Venezuela se había manifestado “dolido” por mi texto. Pensé en Nun y en decirle vos me decís “chavista” (o más sutilmente: “al finalte volcaste un poco para ese lado”) y el embajador de Chávez está, sin embargo, “dolido”. Pensaba que las cosas no habrían de deslizarse más allá y todavía lo pensaba cuando, a la noche, abrí mi mail: el odio, la guerra de Venezuela estallaba en mi correo electrónico.
El primero era así: “Mira, atorrante, ¿tú por casualidad no has visto tu apellido? Aquí en Venezuela corre sangre mestiza, así que no me vengas con esa pendejada de decirme que ‘es la misma clase blanquita de siempre’. ¡Cómo se ve que nunca has convivido aquí! Aquí, decirle ‘negro’ a un moreno no era un problema, más bien fue siempre un cumplido hasta que el maldito ese que tú tanto alabas comenzó con su verborrea divisionista y clasista de resentido social. Primero tendrías que cambiarte ese apellido que llevas para venir a hablarme de esos tópicos, pendejo atorrante de mierda”. Rescatemos de aquí esa categorización de Chávez como “divisionista”, como “clasista” y “resentido social”. El resto es patético y pintoresco. Supongo (o debiera suponer) que hay algo de racismo o, pongamos, “antisemitismo” en lo que este señor manifiesta, pero eso es asunto suyo. Por otra parte, mientras el señor Sharon esté al frente del Estado de Israel (levantando murallas, creando guetos) me he prometido no hablar de antisemitismo, ya que hacerlo le facilita al señor Sharon seguir matando, torturando. Sigo. Hay otro mail (hago una selección, claro) de un señor con apellido literario, dado que se llama Borges, como nuestro ilustre Jorge Luis, que, puedo jurarlo, ni loco estaría con Chávez. El señor Borges es amable y se limita a decir que he visto lo que me quisieron enseñar y no “detrás del telón”. Sigo. Una señora me da una clase sobre el concepto de “raza”. Que ya no se usa, dice, posiblemente luego de alguna lectura políticamente correcta de un paper o acaso un libro elaborado por el multiculturalismo norteamericano. Señora, detesto el concepto de “raza” siempre que se use para señalar la “diferencia” de un grupo étnico y que esa diferencia se interprete como “inferioridad” o condena a lo que sea: a ser débil o avaro o alcohólico o –como suele ocurrir– a ser superior, cuando la “raza” es de “los señores”. Pero, aquí, en esta América latina de la que Venezuela y el autor de estas líneas (tenga el apellido que tenga) son parte, la “raza” se transformó en un concepto político, social, clasista y hasta genocida. En mi país, por ejemplo, no hay “negros” y casi no hay “indios”. Y le aseguro que no es porque se hayan muerto solitos o se hayan suicidado masivamente. Aquí, en 1944, a los migrantes del Interior les dijeron “cabecitas negras”, los ubicaron en la zoología y, hoy, cualquier tipo que corte una calle o cualquier hermano de Latinoamérica que busque un trabajo es, sencilla y brutalmente, un “negro de mierda”.
Una periodista de nombre “Norma” recurre a otra teoría habitual en estas melancolías: la del escribidor a sueldo. Dice: “En la triste hora en que mi bello y decente pueblo venezolano lucha por su libertad sale esta bestia hablando disparates y mentiras porque sencillamente recibe una enorme cantidad de dólares del gobierno chavista. El deslegitimado tirano le está pagando para que hable sus mentiras al mundo”. Dejo para el final un texto inesperado. Es de un escritor argentino que vive en Venezuela. He leído varios de sus libros y es un buen escritor. Goza de las bendiciones del establishment académico de nuestro país y hasta Beatriz Sarlo o Juan José Saer suelen nombrarlo (valorándolo considerablemente) con frecuencia. Es Sergio Chejfec. Es un texto larguísimo, busca demostrar que no sé nada de Venezuela, que mi texto es apenas una “impresión superficial” y él ofrece un punto de vista que expresa la terminante oposición de la élite cultural (o, sin más, de los intelectuales) a Chávez. En algún lado lo publicará, tal vez en este mismo diario. Es un poco árido y su prosa no se ve como en sus mejores momentos, pero tiene sus méritos. Sólo una cosa, Sergio Chejfec: yo no me llamo “Juan Pablo”. Soy, como vos, un escritor argentino, tengo veintidós libros publicados (ocho son novelas) y en todos ellos, muy clarito, se lee: “José Pablo”. Desde luego, se lee eso si uno lo lee. Si no, uno escribe “Juan Pablo”, ya que sabe más del Papa que de sus colegas de las letras argentinas. Puedo asegurarte que ni Andrés Rivera, ni Belgrano Rawson, ni Liliana Heker, ni Guillermo Saccomanno, ni Ricardo Piglia, ni Juan Forn, ni Alan Pauls, ni Rodrigo Fresán, ni Tomás Eloy Martínez –por ofrecer algunos nombres– escribirían “Juan Pablo”.
Vuelvo al embajador de Venezuela y al programa de Aliverti, que tuvo la gentileza de enviarme la grabación. Freddy Balzán, el embajador, señaló que Chávez está a punto de erradicar el analfabetismo (“hay un millón de recuperados”), que bajará el porcentaje de la pobreza, que los opositores son quienes “en el pasado disfrutaron las riquezas petroleras” y denunció la “guerra mediática” contra el gobierno bolivariano. Sí, toda la gran prensa y los canales de televisión vociferan monstruosidades incesantes sobre el caudillo venezolano. Aliverti (que, por lo que oí, tiene sobre Venezuela las cosas más claras que todos los iracundos del “lugar”) le pregunta: “¿Qué hizo concretamente Chávez para deteriorar el poder de los tradicionales dueños de Venezuela?” El embajador respondió: “La Constitución Bolivariana”. Que, dicen, es muy bella. Pero si una Constitución no se aplica (si no baja la pavorosa tasa de hambrientos) es papel, hojarasca. Como sea, el embajador se expresó como un caballero y hasta (cosa, hoy, impensable entre los venezolanos) como un hombre dispuesto a escuchar.
La situación es trágica. Todos dicen tener “razón” y todos creen que la “razón” está en un solo lado: el propio. ¿Quiénes están del lado de Chávez? Gran parte del ejército y los desheredados que esperan de él lo que no han tenido nunca, y tampoco ahora. Del otro lado: los intelectuales, la gran prensa (escrita y televisada) y los señores del petróleo, Estados Unidos. Y, en todas partes, la guerra, los asesinatos, el miedo.
Por último: ¿existe una simetría Perón-Chávez? Me arriesgo: sí, pero Chávez semeja hoy el Perón del ‘55 y no el del 17 de octubre. Despliega una pirotecnia verbal de alta agresividad pero no se ve –detrás de eso– una organizatividad popular para respaldarla. Perón decía “a la Marina la corro con los bomberos”, pero ni a los bomberos llamó cuando en Puerto Belgrano se le alzaron los hombres que llevaron luto por el almirante Nelson y habrían de derivar (por medio del más tenebroso túnel de nuestra historia) en la figura del almirante Massera. La simetría que sí existe, que es real y se exhibirá obscenamente si Chávez cae, es la de la oposición chavista y la marejada cultural, clasista y racista que se adueñó festivamente de Buenos Aires en septiembre de 1955: la oligarquía, los grupos económicos poderosos, las clases medias, los racistas que ven en “la negrada” la suciedad de la patria y, sobre todo, el mal gusto, los intelectuales de derecha e izquierda y el inefable, omnipresente, Fondo Monetario Internacional.

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