EL MUNDO › MORIR EN MADRID
LA LUCHA DE LOS ESPAÑOLES POR DERRIBAR EL MURO DE EVASIVAS DE AZNAR

El día que la verdad ganó las calles

Comenzó como una cadena telefónica y pronto se convirtió en una movilización popular sin precedentes en España. En esta crónica, el enviado especial de Página/12 cuenta cómo el pueblo español se desplegó en todas partes en busca de saber de qué se trataba.

 Por Raúl Kollmann

Página/12, en España
Desde Madrid

Fue la manifestación de los celulares. A media mañana empezaron a circular los mensajes de texto de aparato en aparato: “A las 6, al PP, por la verdad”. En pocas horas, la consigna fue pasando de amigo a amigo, de conocido a conocido. Traducido: vayamos a las seis de la tarde a la sede del partido oficialista, el Partido Popular (PP), a reclamar por la manipulación electoral que se está haciendo con los atentados. En la jornada de hoy hay elecciones en España y se eligen los diputados que, a su vez, eligen al nuevo presidente del gobierno. Y la denuncia de los manifestantes es que el gobierno sabe que la masacre de los trenes no fue perpetrada por ETA, pero trata de esconder que el ataque fue de origen islámico porque no le conviene electoralmente. Sucede que en ese caso los ataques serían una respuesta a la alianza del presidente español, José María Aznar, con George W. Bush en la invasión a Irak, una alianza que repudiaron en su momento la mayoría de los españoles.
A las seis, frente a la sede del PP, ya se habían congregado unas 1500 personas con una consigna central: “Queremos la verdad, antes de votar”. Con los minutos, fueron llegando miles y miles más, al punto que se hablaba de 20.000 personas. Pero los celulares volvieron a sonar: “Las manifestaciones se están haciendo también en muchas ciudades españolas”. Y luego: “A las diez, cacerolazo”. Y también a través de los celulares, la gente se enteró que el gobierno había anunciado la detención de un grupo supuestamente ligado a una organización marroquí. “Les ganamos con la presión”, era el texto que circulaba en la noche de Madrid. Al cierre de esta edición, la movilización desbordaba cualquier pronóstico: la Puerta del Sol estaba repleta y seguía llegando gente, mientras se escuchaban cacerolas en toda la ciudad. No era un mal final, después de un día en que el candidato oficialista Mariano Rajoy había llegado a calificar de “ilegales” las manifestaciones en pos de la verdad.
A las 10 de la mañana, este cronista estaba sentado en un bar con un amigo. El celular suena brevemente. Es un mensaje de texto: “A las 6 en el PP, por la verdad”. No pasaron dos minutos que el celular volvió a sonar. “A las 6 en el PP, son unos mentirosos”. En verdad, el amigo no lo tomaba muy en serio: “Es una cadena, pero no creo que pase nada”, razonó. Con el correr de las horas, los mensajes se fueron sucediendo: “Hasta Bush dice que es Al-Qaida”, “La BBC dice que es Al-Qaida”, “La CNI –Comisión Nacional de Inteligencia– dice que ETA no fue” y así sucesivamente. A las cuatro de la tarde, el amigo confesó: “Aunque sea voy a ir a ver qué pasa. Tengo la duda”.
Desde el punto de vista legal, las manifestaciones estaban ayer prohibidas ya que se trataba del día de reflexión, o sea la víspera de la elección general de hoy. Se suponía que el país debía mantenerse en silencio e incluso sin pronunciamientos de los dos principales candidatos, el oficialista Mariano Rajoy y el postulante del Partido Socialista Obrero Español, Rodríguez Zapatero. Pero la jornada se convirtió en una avalancha de gente y gritos.
A partir de las seis, centenares de personas se plantaron frente a la sede del PP con carteles que decían simplemente “Paz” y con consignas simples y contundentes: “Se siente, se siente, el gobierno miente”. Pocos minutos después prendió otra: “Las bombas de Irak, estallan en Madrid”. Y enseguida otras: “En todo el mundo lo saben, Aznar es el culpable”, “Nosotros lo dijimos, no a la guerra” o la multitud levantando las manos con las palmas hacia adelante, al grito de “Nosotros no matamos”. –Es que son unos mentirosos, no se aguanta –le decía una señora de 60 a otra que tenía todavía más edad.
–Todo el día en la tele diciendo que fue ETA, fue ETA, y ni ellos se lo creen. Piensan que somos estúpidos –se metía alguien desde atrás.
Alguien en el gobierno debió presentir la oleada que se venía porque casi de inmediato aparecieron diez carros de asalto de la policía y en instantes pusieron un vallado para que la gente no se pueda acercar demasiado a la sede central del PP. Fueron momentos de tensión y polémicas entre manifestantes y policías. Las cosas no llegaron a mayores.
Ya a las seis y media, aparecieron varios canales de televisión, la mayoría extranjeros, pero sobre todo la CNN española y la cadena SER empezaron a transmitir en directo. Los medios oficiales, ni palabra. La televisión actuó como otro revulsivo: en menos de una hora, se había armado una fila de camiones de exteriores y la gente se sentía cada vez más protagonista.
Cerca de las ocho de la noche, mirando hacia atrás se veía un mar de gente llegando hacia la calle Génova. Eran varias cuadras de manifestantes que, a propósito, cada tanto se sentaban en el suelo para que los canales pudieran enfocar la dimensión de lo que se estaba produciendo. A esa hora, en medio de los gritos, ya algunos atendían los celulares y otros desde otras ciudades les contaban que el movimiento se expandía con la velocidad del rayo: en Barcelona ya se juntaban miles, lo mismo que en Valencia; había movilizaciones en cuatro ciudades de Galicia, en el País Vasco y en Sevilla. Por supuesto que no había equipos de sonido ni megáfonos, de manera que las noticias corrían de una persona a otra y a los gritos a todos los que estaban cerca.
A las ocho y veinte centenares de celulares volvieron a sonar: el gobierno anunció la detención de siete personas, tres marroquíes, dos hindúes y dos españoles de origen hindú. “Empieza a salir la verdad”, era la conclusión de casi todos. Es decir que la administración Aznar empezaba a reconocer que ETA no puso las bombas sino que el ataque a los trenes tuvo que ver con la guerra de Irak. Se empezaba a desdibujar lo que la mayoría consideraba una enorme manipulación electoral.
La realidad es que el gobierno logró instalar en la sociedad española que el ataque del jueves fue perpetrado por ETA. Eso encajaba perfectamente con su campaña electoral ya que el oficialismo se concentró en el argumento de que el PSOE negocia y no es lo suficientemente duro con ETA y, más aún, el PP se presentó como el campeón de la lucha por una supuesta España unida, o sea planteando que deben limitarse las autonomías de las nacionalidades que existen en este país, como la vasca, catalana, gallega, asturiana o andaluza. En cambio, la cada vez más verificable hipótesis de que el atentado fue de origen islámico ponía las cosas más difíciles para el oficialismo que, contra la opinión del 90 por ciento de los españoles, embarcó al país en la guerra de Irak.
Hasta anoche, Aznar y el PP se habían salido con al suya. El español medio, el ciudadano común, poco politizado, tenía un razonamiento simple: en este país las bombas siempre las puso ETA y éstas del jueves en los trenes, también. Este cronista presenció varias discusiones en bares en que la mayoría exhibía esa explicación elemental: es ETA porque siempre fue ETA. Esos ciudadanos conocen poco de Al-Qaida y hasta ahora pensaban que la guerra de Irak se desarrolla allá lejos, no aquí.
Por supuesto que la movida de anoche puede no reflejarse en una derrota del PP en las elecciones de hoy. Rajoy, el candidato oficialista, era favorito hasta hace unos días y la mayoría de los analistas creen que lo sigue siendo. Pero la enorme movilización espontánea al menos frustró la manipulación informativa y puso en el centro de la escena el hecho de que los atentados de Madrid están relacionados con la guerra de Irak. Hasta ayer a la mañana, la lógica indicaba que el PP podía ganar e inclusolograr la mayoría absoluta gracias a su caudal electoral y a las maniobras con la información sobre los atentados. Hoy el diagnóstico es que igual puede ganar e incluso conseguir la mayoría absoluta, pero las cosas se le pusieron más difíciles.
Al cierre de esta edición, la gente decidió que la calle Génova le quedaba chica y decidió moverse hasta el centro político de Madrid, la Puerta del Sol. Fue una marea que a medianoche ya desbordaba todos los rincones de ese punto neurálgico de Madrid. Y mirando para cada una de las calles se veía gente llegando y llegando. Los celulares seguían reportando la convulsión en las demás ciudades y los cacerolazos en los barrios. Más allá de los resultados de hoy, anoche la gente sintió que había ganado la partida.

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Manifestantes madrileños protestan frente a la sede central del Partido Popular de Aznar.
 
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