CULTURA › ADELANTO DEL NUEVO Y NOTABLE LIBRO DE RUDY

Para pintar tu aldea

“La circuncisión de Berta y otras crónicas de Tsúremberg”, que el humorista y escritor presenta esta semana, es una muy especial reelaboración de los cuentos de la abuela (o de la bove), del pasado mítico y la vida en la aldea. Pero Tsúremberg es una aldea más que especial, como demuestra este fragmento de “La Torá para quien la trabaja”, una historia de rabinos politizados.

Por Rudy

Dicen, y no son pocos quienes esto afirman, que fue la tradición lo que les permitió a los judíos sobrevivir casi dos milenios sin patria, nación ni gobierno propios, y conservando su identidad como pueblo, etnia, religión, cultura. Otros se oponen a esta postura, y dicen que fue la habilidad de cambiar y adaptarse a tantas culturas diferentes lo que permitió que los judíos sobreviviéramos. Ambos grupos sostuvieron a lo largo de la historia, y siguen sosteniendo, durísimas polémicas. Polemizar fue, es y será –qué duda cabe– una de las más importantes tradiciones judías.
Algunos sostienen que la Tradición se mantenía viva a través de los valores religiosos, que la creencia en un solo Dios al que no se podía nombrar en vano fue lo que mantuvo viva la identidad judía. Probablemente al menos en parte esto sea cierto, ya que, como suele ocurrir con los límites, marcan lo que está prohibido y lo que no; si “solo” estaba prohibido nombrar o criticar a Dios, entonces estaba permitido nombrar y criticar al resto de los seres vivos, actividad a la que muchos judíos y judías se lanzaron con total y apasionada dedicación. Desde el patriarca Abraham, que criticaba el politeísmo de sus coterráneos e inauguró un nuevo camino religioso para la Humanidad; José, que inauguró el psicoanálisis interpretándole al faraón lo de las vacas gordas y las quienes no tuvieran, la transmisión de los conocimientos... y otras horribles e involuntarias, como los pogroms, la exclusión social, la quita de derechos. Otras con significado bello, pero dolorosas, como la circuncisión. Lo importante de una tradición, como decía Reb Piterkíjel, “es que es una tradición, y entonces hay que cumplirla, como lo hicieran padres, abuelos y bisabuelos; si uno deja de cumplirla, deja de ser una tradición, porque ¿qué sentido tiene una tradición que no se cumpla? Sólo Dios lo sabe; y si no podemos ni nombrarlo en vano, mucho menos lo vamos a molestar con tontas preguntas”.
Así transcurrían las generaciones. Reb Jaim Abrúmelson Piterkíjel era rabino, como lo habían sido su padre, su abuelo, su bisabuelo. Cuando una mujer de esa familia quedaba embarazada, se preguntaban las vecinas “¿Será niña o será rabino?”.
En Tsúremberg se podía discutir de todo, como en cualquier otro shtetl, menos... lo que decía el rabino. Quiero decir, la palabra del rabino era sagrada. Había quien la seguía al pie de la letra, quien la exageraba, quien la ridiculizaba, quien no la tomaba en cuenta, pero nadie la discutía.
Sin embargo, en el siglo XIX corrían nuevos tiempos, nuevas ideas. Darwin sostenía que el Hombre descendía del mono, y no de Dios. Por supuesto que este es un concepto inaceptable para los judíos. ¿Se imaginan lo que diría Reb Piterkíjel?:
–¿De un mono? ¿Me van a decir ustedes que fue un mono quien le dictó a Moisés los Diez Mandamientos, que fue un mono quien nos determinó como Pueblo Elegido, que fue un mono quien echó a Adán y Eva del Paraíso, que era la banana el fruto prohibido? ¿Acaso estamos hechos a imagen y semejanza de los monos? ¡No, cualquiera que haya visto un mono puede notar que no nos parecemos a los monos! ¡Nos parecemos a Dios, cuya imagen desconocemos, pero si El, que sí nos conoce a nosotros, dice que nos le parecemos, entonces es cierto!
A decir verdad, ninguno de los judíos de Tsúremberg había visto un mono. ¿Monos, en Europa oriental? ¿Monos comiendo papas? Para los tsúrelej, la imagen de los monos era tan abstracta como la divina. La existencia misma de los monos podía haber sido puesta en duda, pero si la Torá decía que Noé había incluido una pareja de monos en el Arca, entonces era cierto.
También las ideas de Sigmund Freud irrumpían en Europa. Lo inconsciente como determinante, el narcisismo, la sexualidad infantil, Edipo... En Tsúremberg no había psicoanalistas: no eran necesarios. ¿Acaso Dios había establecido en los Diez Mandamientos “Te analizarás seis días y descansarás el séptimo”? ¡No! Los hombres estudiaban la Torá y rezaban, las mujeres trabajaban y criaban a sus hijos, ¿quién tenía tiempo para angustiarse?
Karl Marx anunciaba en el Manifiesto que el fantasma del comunismo sobrevolaba Europa. Aunque no toda Europa, porque en Tsúremberg, por ejemplo, el fantasma del pogrom era mucho más temido que el del comunismo. No por los terratenientes ni por la burguesía, que no existían, sino por los tsúrelej, que eran tan pobres que ni clase social tenían. La única clase que conocían era la del jeider. El único poderoso que conocían era el Zar, y si el pueblo de Tsúremberg se hubiera levantado contra él, el Zar ni se habría enterado, tan lejos estaban. Y así querían seguir estando, lejos del Zar, porque si no tenían conciencia de clase, sí sabían que el Zar no era de la clase de personas que a los judíos les convenía tener cerca.
Albert Einstein sostenía la Teoría de la Relatividad. Para los judíos de Tsúremberg también esa teoría era relativa. ¿Por qué? ¡Porque la sostenía Einstein! En cambio, lo que decía el rabino era absoluto. ¿Por qué? ¡Porque lo decía el rabino! Ellos no desautorizaban a nadie: si Einstein creía en lo relativo, allá él, y si el rabino hablaba de lo absoluto, acá El, con ellos.
Un día, llegó a Tsúremberg Reb Meir Tsuzamen. Era un joven rabino progresista sobre el que no se conocían muchos datos, pero sí circulaban varios rumores, que a los fines de Tsúremberg tenían la misma credibilidad. Algunos decían que había conocido a Freud, a Marx. Otros, que se había formado con Reb Leiber Mitntzíbele, a quien sus seguidores señalaban como uno de los ilustres estudiosos del Talmud de la época, mientras que los demás no lo señalaban, ya que para ellos era un ilustre desconocido.
Las leyendas sobre Reb Meir se acrecentaban con cada relato:
–¡Parece que Reb Meir intentó convencer a Freud de que hasta que todos no tuvieran al menos una sesión de psicoanálisis por semana, nadie debería tener dos! –comentó Reb Reubén Tsurelsky.
–¿Nu? ¿Y Freud qué le contestó? –le respondió, con otra pregunta, Reb Simjastoire Nusslgrois.
–¿Y a usted qué le parece? –se escapó por la tangente Tsurelsky.
–¡Se cuenta que fue perseguido por la policía zarista por su condición de comunista!
–¡No, lo perseguían los polacos por su condición judía!

Recordemos que en esa época en Polonia sólo uno de cada diez rabinos podía ser judío, por decreto oficial; y que en la Rusia zarista ninguno de cada diez rabinos podía ser comunista, también por decreto oficial.
En realidad no se sabe del todo bien cómo ni por qué Reb Meir Tsuzamen llegó a establecerse en Tsúremberg. Se dice que un erudito como él podría haberse establecido en Varsovia, Vilna o Lemberg y que de hecho se dirigía hacia alguna de esas importantes ciudades, cuando de pronto se perdió, y fue a dar a Tsúremberg. El dato puede o no ser cierto, pero tiene algo de veraz: la forma normal de llegar a Tsúremberg era, todos lo sabían, intentar llegar a otra ciudad y perderse. Cuando Reb Meir lo supo, se sintió a salvo: se imaginaba a la policía zarista intentando encontrarlo, y que cuando el sargento le preguntara a cualquier judío la ruta a Tsúremberg, este le contestaría: “Es muy fácil, sargento, intenta usted llegar a Varsovia o a Vilna, se pierde en el camino, y entonces llega usted a Tsúremberg”. El sargento jamás haría caso a esas señas, porque no entendería el ídish en el que le hablarían. Solo cabe preguntarse entonces por qué los pogroms sí lograban llegar a Tsúremberg. Pero la respuesta es obvia: ¿quién dijo que efectivamente trataban de llegar allí y no a otro pueblo?
Reb Meir era judío desde que nació. También era darwinista; cualquier judío que sobreviviera a la miseria, los pogroms y el clima, cumplía con los postulados de Darwin sobre la supervivencia, los conociese o no.
Reb Meir Tsuzamen consideraba a Noé como un pequeño-burgués bien intencionado, ya que incluyó en el Arca a todos los animales sin distinción, pero limitado por sus contradicciones de clase, ya que le ordenó a la paloma que saliera a ver si había terminado el Diluvio en una decisión no votada en asamblea.
No entendía Reb Meir cómo era posible que Jacob hubiera podido trabajar siete años sin más paga que una esposa (que ni siquiera era la esposa que él había solicitado), y sin siquiera exigir el pago de la plusvalía correspondiente. Asimismo, interpretaba que Sansón había sido derrotado por su individualismo, y que los filisteos habían aprovechado el sexo como arma política al hacer que Dalila lo enamorara primero y le cortara el pelo después. Era sin duda un estudioso, pero no veía a la Torá como un dogma, sino casi como un texto teórico, interpretable.
Los tan poco ortodoxos razonamientos de Reb Meir Tsuzamen chocaban con los más tradicionales de Reb Jaim Piterkíjel, quien jamás hubiera aceptado las razones de su –por decirlo de alguna manera– competidor. El opinaba, luego de agradecerle a Dios por permitirle opinar, que fue Dios, en su infinita sabiduría, quien decidió que fuese la paloma, y no el elefante por ejemplo, quien saliera volando del Arca de Noé a ver si había terminado el Diluvio. También decía que Jacob había sido un soberbio al haber intentado elegir a su propia esposa: es Dios quien elige la mujer con quien nos casamos, y a nosotros nos toca amarla con resignación; y que el problema de Sansón fue que se había enamorado de una no judía, o más aún: que había perdido tiempo en enamorarse, en lugar de dedicarse plenamente al estudio de la Torá y dejar que su mujer luchara contra los filisteos.
Respecto del miedo a los pogroms, decía Reb Meir:
–¡Sus verdaderos enemigos no son los cosacos! ¡Son el Zar y los aristócratas, que mantienen a los cosacos en la pobreza, bajo su yugo! ¡En lugar de darles tierra y trabajo, los impulsan a luchar equivocadamente contra los judíos!
“¡Como dijo August Bebel –decía Reb Meir–, el antisemitismo es el socialismo de los imbéciles!”
Los tsúrelej mucho no entendían las frases de Reb Meir, no tenían la menor idea de quién era Bebel, pero sí conocían de antisemitismo.
–Reb Meir, una pregunta –dijo un día Reb Tsurelesky–. Si son ciertas sus teorías, y ¡quisiera Dios que lo fuesen!, ¿no sería mejor, en lugar de convencernos a los judíos de que los cosacos, lituanos y kalmucos no son nuestros verdaderos enemigos, que trate usted de convencer a los cosacos, lituanos y kalmucos de que los judíos no son los culpables de sus desgracias?, ¡así, en lugar de hacer pogroms, se hubieran dedicado a atacar al Zar, y hubieran terminado con dos problemas de un solo golpe! Además, dice usted que los cosacos luchan “equivocadamente” contra nosotros. Si así es como luchan cuando se equivocan, ¡Dios no quiera que algún día los veamos cuando luchan sin equivocarse!

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