CONTRATAPA

Se están juntando

 Por Juan Gelman

Iraq está hoy peor que bajo Hussein, declaró Hans Blix –ex jefe de la misión de inspectores de la ONU que buscó y no encontró armas de destrucción masiva en el país– al diario danés Jyllans Posten (6-4-04). Y –con perdón– bastante más peor desde el sábado 3 de abril, día en que las milicias chiítas de Muqtad al-Sadr pasaron de las manifestaciones callejeras de protesta a los ataques frontales contra las tropas de ocupación. Continuaron a lo largo de la semana última: el jueves 8 los sadristas todavía controlaban por completo las ciudades de Kut y Kufa, parcialmente Najaf y seguían combatiendo en varias otras del sur y aun en Ciudad Sadr, el barrio más pobre de Bagdad. Los sunnitas, por su parte, respondían al fuego norteamericano que los sitiaba en Faluja. Esta guerra, por lo visto, ha entrado en una nueva etapa.
En el plano militar, la estrategia de recuperación de territorio que aplican los madhíes –siempre vestidos de negro– que responden a al-Sadr entraña un cambio cualitativo en relación con las emboscadas de la resistencia sunnita y los atentados suicidas de Al Qaida y de otros terroristas, en su mayoría extranjeros. El joven clérigo chiíta parece empeñado en una verdadera guerra contra los ocupantes, bien diferente de la que libró el desvaído ejército de Hussein cuando se produjo hace exactamente un año la invasión. En el plano político, las torpezas del procónsul norteamericano Paul Bremer –cierre injustificado de un diario sadrista, detención de un alto jerarca madhí– están logrando lo que muchas décadas de enfrentamientos tribales y religiosos impidieron hasta ahora: sunnitas y chiítas están uniendo fuerzas bajo la bandera compartida del Islam para echar al invasor. El martes 6, los sunnitas del barrio Adhamiya de Bagdad se sumaron a seguidores de al-Sadr en un ataque con lanzagranadas y ametralladoras contra tanques estadounidenses (The Washington Post, 7-4-04). El teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas ocupantes, admitió el jueves 8 que al parecer hay vínculos “a nivel de base” entre ambas fracciones insurgentes.
El alzamiento de al-Sadr tiene consecuencias también dentro de la mayoría chiíta –60 a 65 por ciento de la población iraquí– que Saddam Hussein oprimió sin piedad. Socava la posición dominante, más moderada, del líder espiritual de los chiítas, el gran ayatola Ali Sistani, que negocia con EE.UU. una transición más democrática, y analistas con larga experiencia en cuestiones iraquíes estiman que una buena mitad de los chiítas simpatiza ahora con al-Sadr. En esto se equivocaron nuevamente las autoridades de ocupación, que confiaban en las notorias diferencias que enfrentaban a los dos dirigentes religiosos. Insisten en su error cuando aseveran que los insurgentes iraquíes son “una banda de forajidos” sin apoyo popular. No han de aislarlos, ciertamente, los tres misilazos de un helicóptero estadounidense que el miércoles 7 provocó la muerte de 40 iraquíes que se aprestaban a rezar en la mezquita Abdul Aziz al-Samarrani de Faluja (The Guardian, 7-4-04).
Las tropas norteamericanas han vuelto a utilizar artillería pesada y a lanzar asaltos en gran escala a los que tal vez pensaban no verse obligados a recurrir ya. A mediados de la semana que pasó el número de bajas de ambas partes alcanzó niveles inusuales desde que Bush hijo declaró el 1° de mayo del 2003 oficialmente terminada la guerra con Iraq: 36 efectivos norteamericanos y al menos 459 iraquíes, en su mayoría civiles, muertos en cuatro días. Heridos, incontables. Entre ellos, el prestigio de W.: una encuesta que el Pew Research Center for the People & the Press llevó a cabo antes del actual agravamiento de la situación iraquí y que la agencia AP dio a conocer el lunes 5, reveló que el 53 por ciento de los interrogados desaprueba el desempeño del gobierno en el país invadido; el 40 lo aprueba, pero a mediados de enero de este año esa proporción se elevaba al 60 por ciento. Si bien el 57 estuvo de acuerdo con la decisión de atacar a Iraq, el porcentaje de quienes opinan que las tropas yanquis deben permanecer hasta que se instale allí un gobierno estable descendió del 65 por ciento a mediados de enero al 50 hoy, y el 44 sostiene que hay que retirarlas sin dilación. La popularidad de Bush toca su punto más bajo en esta encuesta: 43 por ciento, luego de registrar el 56 a mediados de enero, 70 en el 2002 y casi el 90 inmediatamente después de los atentados del 11/9.
El Pentágono se propone golpear a la resistencia iraquí hasta terminar con ella y así consigue que ésta aumente con organicidad mayor. La Casa Blanca enfrente el dilema de toda potencia colonial cuando la población rechaza su dominio. La represión militar no acaba con el nacionalismo anticolonialista, que en el caso de Iraq –como suele ocurrir– tiene fuertes componentes culturales y religiosos. La historia es testigo de que las potencias coloniales llegaron siempre a un punto en que los costos de quedarse eran muy superiores a los de retirarse. El general De Gaulle lo comprendió cuando sacó a Francia de Argelia. Quién sabe si los “halcones gallina” de Washington entienden que EE.UU. está pisando ese umbral.

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