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Cajade

Hace apenas unos 30 años habíamos ido juntos con Mario Ramírez y Carlitos Cajade a los funerales del padre Carlos Mugica. En ese momento pensé... “Cuando muere un sacerdote en serio, cómo revienta el amor en el aire, en la gente, todo se hace paisaje... Pareciera que todo el dolor se hace amor más rápidamente”. ¿Quién de nosotros estaría más maduro para partir e indicarnos un camino en el cielo, en la tierra y en la entrega?... Se hace tan evidente constatar que él era un signo y sacramento visible del amor de Dios... Lo comprendí tanto en el dolor profundo del gobernador de la provincia como de todos los chicos del hogar, amigos, conocidos; hasta lo vi en el dolor del último linyera de la estación de trenes; de Hugo Adam, recientemente premiado como director de cine en Cuba. Quien pasaba una Navidad en su hogar quería ayudar, no sólo por tener con qué, sino también para poder compartir la sonrisa del padre Cajade. Recuerdo la única vez que me enojé con él... fue una vez que me dijo en el seminario –después de aprobar un examen difícil– que me presentara al día siguiente en otra materia, que la cosa venía muy liviana. El empezó a ver que en el examen el profesor me preguntaba de más... y se fue sin presentarse en el subsiguiente llamado; yo, indignado después del bochazo, lo fui a buscar y le dije: “...Me mandaste al frente y vos te borraste”. El me respondió: “Y vos, para qué necesitás ver a tanta gente mártir en este seminario...”. Me río y me reí muchísimo toda la vida de esa anécdota y superé mi enfado comprendiendo que el Dios de Cajade no estaba peleado con el disfrute. Se imaginaba en el cielo pescando con sus hermanos en Entre Ríos, gritando un gol de Estudiantes o de Gimnasia, como siempre agregó, porque en su hogar hay chicos pobres que aman a ese club y él los amaba entrañablemente a ellos. Hasta el más antiperonista no podía dudar del peronismo de Cajade. Es que en realidad lo suyo era cristianismo. Nada cambiaba por un buen asado con sus amigos, en pocas cosas trasuntaba tanta dicha como cuando hablaba del Hogar Los Pibes –como él decía–, su vínculo con Olguita y, sobre todo, cuando hablaba de sus bienamados Martina, Candela, Juan Cruz y la Negri. Ahí, en su mirada, era imposible no ver un tratado de cómo nos ama Dios. Cuando teníamos 18 años le cantábamos al Che Guevara una canción que decía: “aprendimos a quererte”... Se fue acrisolando a lo largo de estos cuarenta años otra canción que algún día se cantará en la ciudad de La Plata que nos vio nacer, crecer y ahora morir: “...y a vos Carlitos fue imposible no quererte, por vos la vida nos besa en la boca y se nos hace luna de miel...”.

Padre Leonardo Belderrain
D.N.I. Nº 11.264.645

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