DEPORTES › UNA VIEJA COMEDIA DE ENREDOS

La Selección vs. Los Invictos

 Por Daniel Guiñazú

Desde la llegada al cargo de César Luis Menotti en octubre de 1974, la relación entre los directores técnicos de los seleccionados argentinos y el periodismo deportivo siempre ha estado en el ojo del huracán. Sólo un leve esfuerzo de memoria bastará para recordar desplantes, peleas a cielo abierto, pedidos de despidos, lonas que tapaban los alambrados para no dejar ver las prácticas, conferencias de prensa súbitamente interrumpidas y cruces de altísimo voltaje mediático. Eso sí: Meno-tti, Carlos Bilardo, Alfio Basile, Daniel Passarella, Marcelo Bielsa y José Pekerman jamás pasaron las cotas de mal gusto y vulgaridad que Diego Maradona atravesó en Montevideo al lograr la clasificación para el Mundial.

Menotti tuvo tres años de calma a partir del apoyo irrestricto que contó de los medios más poderosos de entonces: Clarín, El Gráfico y Radio Rivadavia con José María Muñoz a la cabeza. Pero en 1977 y en simultáneo con la serie internacional que se disputó en la cancha de Boca, los diarios La Razón, Crónica y La Prensa (cuya sección Deportes por entonces dirigía Dante Panzeri) y la revista Goles comenzaron a plantear duras críticas al estilo de juego de la Selección y sus dudas respecto de las chances reales en 1978.

La ausencia en el seleccionado de jugadores del Boca de Juan Carlos Lorenzo, bicampeón de 1976 y campeón de América de 1977, les dio a los opositores un argumento más para hostigar a Menotti. Fue en ese contexto que, a un mes del comienzo de la Copa del Mundo, la dictadura militar emitió a aquel tristemente célebre bando sin membrete que ordenaba no criticar al equipo. La consagración en el Mundial sólo fue una tregua. Y el Mundialito de Uruguay reabrió las hostilidades.

A tal extremo Menotti perdió los estribos ante la virulencia de las críticas que se le formulaban que una vez impidió la participación de un periodista en una conferencia de prensa levantándole el grabador de la mesa. Otra vez estuvo a punto de tomarse a golpes de puño con un cronista y, en 1981, movió influencias militares y logró que se levantara del aire de Canal 9 una imitación que el actor cómico Mario Sapag le hacía en el programa Operación Ja-Ja. Cuando la Selección viajó a jugar el Mundial de España en 1982, la guerra estaba declarada. Menotti sólo hablaba para los medios que le eran afines. La revista El Gráfico aguardó la eliminación del equipo a manos de Brasil para dar un giro en el aire y criticar una semana después lo que habían elogiado una semana antes. Los medios opositores lo hicieron polvo a la hora del fracaso.

Que Carlos Bilardo haya solicitado, luego de ganar el Mundial de México, el despido masivo de los integrantes de la sección Deportes de Clarín que lo habían acosado hasta allí, da la pauta de la dureza de su enfrentamiento con ese medio. Para Bilardo no hubo armisticio. Siempre estuvo en la mira por las bajísimas actuaciones de sus equipos y la incoherencia de sus decisiones y sus declaraciones, a pesar del apoyo irrestricto que recibió de muchos de los periodistas (Víctor Hugo Morales, Fernando Niembro, Marcelo Araujo, Adrián Paenza) que le habían hecho la vida imposible a Meno-tti. En una gira por Europa en 1984, los jugadores, fogoneados por Maradona y Oscar Ruggeri, llegaron a declarar persona no grata al enviado especial de El Gráfico, molestos por el tenor crítico de sus comentarios.

La angustiosa clasificación al Mundial de México y los pobres resultados logrados en la etapa previa avivaron las críticas y empujaron el intento de destitución de Bilardo impulsado por el entonces secretario de Deportes de la Nación Rodolfo O’Reilly y su segundo, Osvaldo Otero. Era tal la desconfianza que los canales de TV, por entonces en mano del Estado, no enviaron periodistas a México y varias radios y medios escritos redujeron sus coberturas al mínimo ante la inminencia del papelón. El título conseguido y la extraordinaria actuación de Maradona otra vez forzaron a muchos a darse vuelta en el aire para sumarse a la onda patriotera y triunfadora.

El periodismo quedó entonces dividido en una lucha fratricida entre aquellos que, pese a todo, siguieron apuntándole sus cañones a Bilardo y los que creyeron que el técnico era rubio y de ojos celestes. Así, en medio de recias críticas y elogios desmedidos, pasaron otros cuatro años y se llegó al Mundial de Italia, donde ni siquiera el subcampeonato alcanzó para cerrar heridas que subsisten hasta hoy.

Alfio Basile gozó de tres años de gracia en su primer ciclo al frente de la Selección. Hasta las Eliminatorias para el Mundial de los Estados Unidos, estaba blindado por las dos copas Américas obtenidas en 1991 y 1993 y el invicto acumulado de 33 partidos oficiales. Pero el 0-5 ante Colombia el 5 de septiembre de 1994 hizo estallar un vendaval que la opaca clasificación en el repechaje ante Australia no alcanzó a detener. En el proceso previo se le criticó su pasividad ante la guerra de exclusividades por los jugadores desatadas entre Torneos y Competencias y el grupo Clarín, por un lado, y Telefe y Editorial Atlántida, por el otro. Después, el doping positivo de Maradona y la eliminación en octavos de final ante Rumania terminaron fulminándolo.

Para Daniel Passarella, tampoco hubo tregua. Apenas si contó con unos meses de calma cuando, en 1995, su hijo Sebastián falleció en un accidente automovilístico. Luego, la prensa siempre lo maltrató. Y Passarella (que apostrofaba al periodismo como “los invictos, porque nunca pierden”) respondió con creciente desconfianza. Sus conferencias de prensa fueron tensas, hoscas, llenas de contestaciones a desgano. Se sentía acosado y no hacía ningún esfuerzo por disimularlo. Alguna vez, en Brasil, interrumpió una de ellas porque le había disgustado una pregunta. Fue en el Mundial de Francia donde estallaron todos los enfrentamientos. Aquella lona verde que tapaba todo el perímetro del campo de entrenamiento en L’Etrat, en Francia, y las conferencias de prensa de todo el plantel para evitar declaraciones exclusivas quedaron como testimonio de una relación que empeoró a cada paso y que nunca tuvo retorno.

A Marcelo Bielsa también se lo criticó mucho y no siempre con las mejores intenciones. Su decisión de tratar a toda la prensa por igual sin dar notas individuales y de no permitir que se vieran los entrenamientos le generó la posición adversa de los periodistas de TyC. Y su juego vertical y acelerado no les cayó del todo bien a los defensores de la tradición futbolera. Una vez, en una conferencia de prensa televisada en vivo a todo el país, tuvo un ríspido intercambio de opiniones con un periodista del diario Olé. El gran nivel de la Selección en las Eliminatorias para el Mundial de Corea-Japón le sirvió de parapeto durante tres años. Cuando en 2002 la Selección se marchó en primera ronda, el país le cayó sin piedad. Sin embargo, pudo remontar la cuesta. Y se fue luego de haber ganado la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004, otra vez en lo más alto de la consideración popular.

José Pekerman reemplazó a Bielsa en octubre de 2004, justo cuando comenzaba la segunda rueda de las Eliminatorias para el Mundial de Alemania. Llegó avalado por sus tres títulos mundiales en juveniles y los medios lo distinguían como “el argentino que todos queremos ser”. Cordial, simpático, de bajo perfil, más abierto que Bielsa con la prensa y de resultados comprobados, sin embargo, no pudo resistir la picadora de carne. Después de que Alemania eliminara por penales a Argentina en los cuartos de final con Messi y Riquelme en el banco, no esperó ni cinco minutos: en la conferencia de prensa posterior al partido, presentó la renuncia y nunca más dirigió en el país. Después, vino el segundo tiempo de Basile y la llegada estelar de Maradona. Pero esa historia está demasiado fresca. Es la misma que se viene viviendo en los últimos 35 años. Sólo que ahora parece haberse roto el último de los códigos.

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