DEPORTES › CENTRAL Y RIVER EMPATARON SIN GOLES EN EL GIGANTE DE ARROYITO, EN UN PARTIDO CHATO

El miedo le ganó en todo a la ambición

Ninguno aprovechó el empate que Instituto había sacado en Mendoza como para desprenderse. Los rosarinos, punteros de la B Nacional, festejaron la igualdad, ya que al menos se sacaron de encima a uno de sus rivales por el ascenso directo.

 Por Alejo Diz

Desde Rosario

River llegó a Rosario aún sin digerir el empate con Guillermo Brown, pero se encontró a primera hora de la tarde con la revancha en sus manos. Porque había empatado Instituto en Mendoza ante Independiente Rivadavia y tenía como rival al puntero Rosario Central. Con un triunfo el equipo de Matías Almeyda se despojaba de muchos de sus traumas. Había tanto por ganar que al final el desafío quedó grande. Hubo más miedo a la derrota que ambición por la victoria. Los millonarios pueden decir que se volvieron con el equipo en zona de ascenso directo –debe jugar un desempate con Instituto para definir la instancia–, pero dejaron atrás otra ocasión para calmar su angustia, que se refleja en la tabla, pero más aún en su juego. Y como a los canallas la igualdad los dejaba en la misma situación con que iniciaron la fecha, es decir líderes, en el Gigante salió un partido sin remates a los arcos, con más infracciones que pases bien dados, para aburrimiento de 40 mil hinchas y los arqueros Manuel García y Daniel Vega.

Era el partido del torneo. Por la dimensión de los clubes enfrentados, la posición de los mismos en la tabla y lo que había en juego: el ascenso directo, objetivo quizá más codiciado que un título en Primera. Encima, de un lado estaba Gonzalo Castillejos, el goleador del certamen, y del otro David Trezeguet, el tipo que conquistó el mundo jugando a la pelota y dejó las comodidades de Europa para vestir la banda en el pecho.

Pero resultó que el partido quedó atrapado en manos de los entrenadores, proponiendo una batalla táctica en la que no hubo vencedores ni vencidos. El tablero se dividió en el mediocampo: de un lado, cinco jugadores de Central, entre volantes y defensores; y del otro otros cinco de River, mezclados entre marcadores y hombres de marca. Se pasaban la pelota de un lado al otro, como simulación de una guerra de trincheras, sin avances ni retrocesos, quedando justo en el medio tierra de nadie. Porque no se impuso Jesús Méndez y tampoco Leonardo Ponzio.

El partido de tablero planteado por Almeyda y Pizzi no tuvo fallas. River se recostó en Domínguez, quien superó a Pérez cuantas veces quiso, hasta que Pizzi lo reemplazó. Rosario Central exigía a Ramiro Funes Mori, el hombre más vulnerable en el fondo millonario. Pero cada vez que ganó el que atacaba, la jugada no tenía buen final.

Una sola acción mereció el aplauso de los hinchas. Fue cuando Trezeguet recibió en mitad de cancha de Ponzio y sacó un pase cruzado al otro lateral para Domínguez, que descolocó a todo el fondo auriazul, pero en el centro atrás no llegó Cavena-ghi para empujar en la línea. Lo de Central se redujo a un cabezazo alto de Peppino tras ejecución de pelota parada.

El pánico al protagonismo se extendió en los segundos 45 minutos. Mucha fricción, todo meticulosamente pensado y nadie que se rebelara a las órdenes del banco. Pizzi atinó a reaccionar con el ingreso de Biglieri y sobre el final el local se mostró más agresivo. Pero ya era tarde. Los cambios no cambiaron nada porque los técnicos bajaron línea todo lo que había por cuidar: el punto, porque Instituto no había ganado y en el reparto el local sacó ventaja porque le sirve para seguir puntero.

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Un partido que tuvo a los técnicos como protagonistas y, por supuesto, aburrió.
Imagen: Alberto Gentilcore
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