DEPORTES › LA HISTORIA DEL RUGBIER ASESINADO POR LA TRIPLE A

Silencio de familia

 Por Gustavo Veiga

Un jugador de rugby asesinado por la Triple A, su hermana y un libro sólo pueden conectarse cuando hay sensibilidad y una buena propuesta narrativa. Araceli Rocca demuestra ambas condiciones y las pone en juego en Silencio de familia, editado por Malisia Editorial. A lo largo de 129 páginas dialoga con su hermano Hernán, medio scrum del club La Plata acribillado de 21 balazos el Viernes Santo de 1975. Le cuenta, necesita contarle, detalles de su propia muerte, recuerdos imborrables compartidos en la infancia y la trágica historia que sobrevino después, con la dictadura cívico-militar que también intentó borrar la identidad de sus compañeros de equipo. Lo hace, además, porque –como ella misma dice y le dice a su hermano– “tenías que volver desde la palabra”. Más de veinte años, le cuenta, “no nombrarte, ése era el tácito pacto familiar para que no nos dolieras”.

Silencio de familia, en el medio de la tragedia que describe, tiene un mérito adicional y es que sugiere, por primera vez, indicios de que a Hernán y a varios de los veinte deportistas desaparecidos que integraron planteles del club La Plata los pudo haber delatado algún compañero de equipo. Para probarlo, Araceli describe un encuentro cuando iba caminando por la calle 50 en dirección a la avenida 7. La abordó un rugbier que había jugado con otro de sus hermanos, Bernardo: “Me dijo que él trabajaba en un lugar donde registraban la actividad militante y que por la amistad de tantos años, el recuerdo de tantas cosas compartidas en el deporte, se creía en el deber de avisarle que había tenido que tirar varios informes sobre su participación en el grupo, pero que no era el único que los recibía”.

Bernardo sobrevivió. Se exilió en España y un legajo suyo apareció en los archivos de la Dipba (Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires). Hernán, su hermano menor, no estaba tan fichado. Araceli y su familia sabían de sus contactos con la JUP, pero durante muchos años se preguntaron por qué le tocó a él. “Dos personas que habían jugado para el mismo equipo, ahora estaban en distintos bandos”, escribe la autora del libro.

Araceli le cuenta a Hernán su percepción de que él no estaba comprometido: “A mí me preocupaba Bernardo, ¿sabés? No pensábamos en que alguien te estaba marcando, tampoco creo que vos lo supieras”. Pero esa idea se desvaneció cuando desde un Torino lo filmaron durante un entrenamiento en las despobladas canchas de rugby que el club tiene en Gonnet. El plantel superior se había ido de gira por Europa. Sólo Rocca y un puñadito decidieron no viajar. Los grupos de tareas le seguían los pasos al medio scrum. Hacían inteligencia previa antes de coserlo a balazos.

El clima de época, el contexto que ayuda a comprender los hechos, está también en el libro. Los militantes-jugadores de La Plata Rugby decidían sobre los temas importantes en asambleas. Así lo hicieron cuando el club designó a un entrenador que no les agradaba. Votaron. Y repitieron el mismo procedimiento para ir el 20 de junio de 1973 a recibir a Perón en Ezeiza, el día de la masacre. Araceli le cuenta a Hernán, que estudiaba Medicina, cómo el 1 de julio de 1974 también se decidió en la facultad si irían al sepelio de Perón.

La Plata empezaba a cocinarse a fuego rápido en una ordalía de asesinatos y desapariciones que se profundizaría después del 24 de marzo del 76. La autora escribe sobre el crimen de Hernán: “Era un blanco fácil. Fue un operativo con intención desestabilizadora, ‘ejemplarizante’ para el movimiento, para los del club que estaban militando en distintos grupos. Algunos decían que el club era un nido de guerrilleros”.

El diálogo entre los hermanos transcurre entre momentos desgarradores y confesiones tardías. Avanza con la potencia de los hechos que se describen. También se matiza con imágenes de una niñez compartida (“Vivíamos de sol a sol gastando la libertad de la infancia y llenando de risas la sierra cordobesa”) que oxigenan a una historia demoledora.

Araceli Rocca –como se explica en la solapa de su libro– “ya culminando su carrera laboral decide emprender un nuevo proyecto, la escritura, una deuda pendiente”. Licenciada en Letras de la Universidad de La Plata, no había podido hacerlo antes. Porque ejerció la docencia sin parar cuarenta años, o porque le costó reencontrarse con su hermano desde un costado más íntimo y cercano, que hace justicia desde otro lugar con el rugbier asesinado. Silencio de familia es su primera novela.

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