ECONOMíA › PANORAMA ECONOMICO

Ley de Irene

 Por Alfredo Zaiat

Primero, una definición: “Estadística es un grupo de técnicas o metodologías que se desarrollaron para la recopilación, presentación y análisis de los datos” (John Nater y William Wasserman, Fundamentos de Estadística).

Segundo, el objetivo: Proporcionar a los organismos públicos y privados la información cuantitativa básica de interés general, necesaria para la investigación, la formulación de políticas y programas y la toma de decisiones relativas al desarrollo social, económico, medio ambiental, científico y tecnológico del país.

Tercero, la política: Los gobiernos están convencidos de que los índices estadísticos son exámenes implacables sobre su gestión, cuando la realidad es un poco más piadosa.

Cuarto, dos chistes: 1. Las estadísticas son como la bikini, ocultan lo más importante.

2. Es una ciencia que sirve para demostrar que dos personas han comido medio pollo cada una, cuando en realidad una ha comido uno y la otra ninguno.

Quinto, una descripción: Las estadísticas son a un político lo que una farola a un borracho; lo importante no es que iluminen, sino que sirven de apoyo.

Sexto, una sentencia: “Hay tres clases de falsedades: las mentiras, las mentiras detestables y las estadísticas” (Benjamin Disraeli, primer ministro de Gran Bretaña a mediados del siglo XIX).

La estadística en la economía es, ante todo, una herramienta útil que permite obtener información para realizar una mejor administración. Desde los comienzos de la civilización han existido formas sencillas de estadísticas. Hacia el años 3000 a.C. los babilonios usaban ya pequeñas tablitas de arcilla para recopilar datos tabulados sobre la producción agrícola. Los egipcios analizaban los datos de la población y la renta del país mucho antes de construir las pirámides. En China existen registros numéricos similares con anterioridad al año 2000 a.C. Los griegos realizaban censos cuya información se utilizaba para cobrar impuestos hacia el 594 a.C. A través de la historia ha quedado registrada la utilización de la estadística por diferentes civilizaciones hasta que en 1662 apareció el primer estudio estadístico notable de población: Observations on the London Bills of Mortality (Comentarios sobre las partidas de defunción en Londres). Pero el desarrollo de la Estadística se fundamenta científicamente desde 1930 a partir de los problemas planteados en la sociedad industrial y por el desarrollo de las matemáticas.

Este extenso contexto colabora para destacar la profusa historia que tiene la estadística en la humanidad pero, a la vez, para relativizar su importancia. Los imperios no surgieron ni cayeron por ella.

El bochorno de la intervención del Gobierno en el Indec, con alteraciones vergonzosas en la metodología de registración en un par de rubros (turismo y prepagas), ha provocado un zafarrancho de proporciones. El papelón con el índice de la Canasta Básica Alimentaria de marzo, que pasó de un aumento de 3,6 por ciento a una deflación de 0,2 por ciento, revela que se cumple una de las leyes de Murphy: “No existe un modo acertado de hacer algo equivocado” (Ley de Irene). El secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, ha conseguido cerrar el debate sobre la inflación respecto de la sensación térmica de los bolsillos de la población y el indicador oficial de los precios. El índice de los últimos tres meses dejó de ser representativo de la variación de una canasta determinada de un hogar promedio en base a una encuesta nacional de gastos, como lo era hasta el año pasado.

Resulta llamativa la torpeza, a nivel político, de los cambios introducidos en el Indec. Los funcionarios responsables no explican públicamente nada de ese desembarco ni de las alteraciones de los porcentajes de índices relevantes, como el de la Canasta Básica que fija el umbral de la indigencia. Ellos piensan que la encuesta de precios que se realizaba en el sector turismo era deficiente; que la ponderación de las prepagas en el índice era excesiva porque es un servicio para una minoría de la población; que algunos directores del Instituto estaban más preocupados por sus vínculos con consultoras de la city que con su labor diaria; que un grupo de trabajadores está en una posición de boicot. Varias más son las desventuras que exteriorizan en diálogos informales al referirse al Indec. Puede ser que tengan razón, pero quedan en una posición incómoda cuando no cuestionan nada del resto de las estadísticas que elabora el Indec, informes que reúnen resultados favorables a la actual gestión.

Más allá de esta crisis de descrédito de un índice y de credibilidad del organismo encargado de elaborar estadísticas, el Gobierno ha llevado al extremo la perversa política de endiosar los “números”. El record de reservas, la desocupación de un dígito, la reducción de la pobreza y la indigencia a los niveles promedio de los ’90, el crecimiento del PIB por arriba del 8 por ciento para ubicarse por encima del máximo de la convertibilidad, el superávit fiscal en 3,0 por ciento del Producto como meta innegociable son festejados en una sucesión de numeritos ciertamente exitosos. Así la estadística pura queda por encima de la política económica, trastocamiento del orden de prioridades que la ortodoxia de los noventa ha logrado imponer. Las metas cuantitativas del FMI, que eran aceptadas como recetas para ingresar al paraíso, han definido una manera de analizar la economía que distorsiona la visión del proceso de una determinada política económica.

Nadie puede pensar que un hogar deja de ser pobre porque tiene ingresos por encima de los 915 pesos, nuevo piso que surge de la Canasta Básica Total. Ni que si el excedente fiscal fuese de 2,9 por ciento del PIB en lugar de 3,1 podría generar el derrape de la economía. Ni que una inflación anual de 9,9 por ciento muestra un gobierno más fuerte que un índice de 11,2. Las estadísticas fueron depositadas en el altar de “la verdad” de una realidad que es mucho más compleja que la de un simple indicador. Esa distancia entre la tecnocracia de los números y la orientación de una política económica genera esa percepción de engaño. Y otras veces construye una historia falsa. El gobierno de Arturo Illia, por ejemplo, quedó caracterizado como lento e ineficiente, pero las estadísticas de crecimiento del PIB revelan un período de bonanza (1964, suba de 10,3 por ciento; 1965, 9,1; y 1966, ya débil a nivel político, un alza del 0,6 por ciento). Otro caso similar fue el segundo gobierno de Juan Domingo Perón, que desde el punto de vista de los agregados macroeconómicos más importantes estuvo lejos de constituir un caos económico, como habitualmente se cree (en 1953, el Producto creció 5,4 por ciento; en 1954, 4,4; y en 1955, 4,2 por ciento).

La obsesión por las estadísticas concluye en confusión. Debería ser más importante qué estrategia económica se está desarrollando que el saldo que surge de un relevamiento realizado por encuestadores según una metodología determinada. Sobredimensionar la tarea y los informes del Indec lleva a transitar el estrecho desfiladero de caer en el abismo del ridículo cuando un numerito resulta desagradable.

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