EL MUNDO › LOS ESTADOS UNIDOS QUE ESPERAN LA ASUNCION DE OBAMA EN LA CRISIS

Blues, economía en baja y nada de protesta social

Ya está instalado que será la peor Navidad en años, con 160.000 empleos menos en un mes, un claro bajón en los ingresos reales y hasta un cambio de imagen en que la publicidad disfraza a los modelos de obreros. Hay música, hay nuevas maneras de buscar trabajo y hay conciencia de que hay que ahorrar. Pero lo que no hay es el menor atisbo de protesta.

 Por Santiago O’Donnell

Desde Chicago

Las señales de la crisis económica están en todos lados.

Las radios no paran de transmitir avisos de abogados que, a cambio de una módica suma, prometen solucionar los problemas impositivos de los que deben más de diez mil dólares al fisco. Los expertos en la CNN aconsejan a los buscadores de trabajo que reactiven sus redes sociales en lugares como Linked in y Facebook en vez de perder tiempo en las bolsas de trabajo de Internet. Para vender celulares, jeans o cerveza, los avisos de la tele ahora tienen como protagonistas a la clase trabajadora, gente común martillando en una obra o mirando televisión. Hasta hace poco, esos mismos productos mostraban a exitosos emprendedores tomando sol en la pileta o pescando en un yate con la barra de amigos y las rubias en bikini. Los carteles de “en venta” en los jardines y las ventanas de las casas salpican la geografía de los suburbios de esta ciudad. A la hora de comer, las colas frente a las iglesias en los barrios pobres del sur serpentean alrededor de la cuadra.

Cada día una nueva empresa se suma a la larga lista de las que han tenido que reducir su planta laboral. Ayer fue el turno de los juguetes Mattel y de colchones Lazy Boy. El desempleo ya alcanza el 6,5 por ciento de la población, el pico más alto en 14 años y no hay señales de mejora. El mes pasado se perdieron más de 160.000 puestos en todo el país, dos millones en lo que va del año.

Las tiendas están semivacías y los comerciantes esperan resignados la peor Navidad en décadas. Un bar del centro colgó una pizarra ofreciendo happy hour de cerveza “para pasar la pálida de la recesión”.

El diario USA Today tiene una media página de noticias breves con letra chiquita como avisos fúnebres, con los nombres de los cincuenta estados alineados en orden alfabético como si fueran los muertos, a razón de una noticia por estado. Las noticias trasuntan un ánimo sombrío. Muchas se refieren a la crisis, empezando por la primera, que aparece bajo el encabezado de ALABAMA-Montgomery: “El gob. Riley anunció una suspensión de contrataciones de personal y un recorte de gastos en el gobierno estatal”. También hay malas noticias de Hawai, donde cayó la producción un doce por ciento en la isla de Maui y desde Michigan, donde el distrito electoral de Detroit enfrenta un déficit de 400 millones de dólares y acaba de nombrar a un interventor para afrontar el problema. En Oregon, un condado anuncia que cerrará oficinas y acortará la semana laboral de dos mil empleados para reducir costos.

Entre tanta malaria hay pastillas dedicadas a la vida silvestre y la educación, como la de Dakota del Norte, que anuncia que ayer tuvo lugar la apertura de la temporada de caza del ciervo. Según contó el diario, por esa razón varias escuelas no tuvieron clase. Así, los chicos pudieron acompañar a los 149.000 orgullosos propietarios de las licencias en ese día tan especial.

El resumen de noticias incluye además novedades vinculadas con las relaciones raciales. De repente, con la elección de Barack Obama, el tema ha pasado a ser motivo de orgullo en vez de preocupación. Bajo la letra C, Colorado anuncia que acaba de nombrar a su primer negro como presidente de la Legislatura. Bajo la M de Montana aparece la contracara: una pareja de negros cobró una indemnización de la policía del condado por la violación de sus derechos civiles durante un allanamiento ilegal.

Hay policiales, hay anuncios, hay escándalos de corrupción. Hay de todo en las breves de USA Today, menos conflicto social. Por eso mismo llama la atención la entrada de Illinois, fechada en el pueblo de Belvidere, donde Chrysler tiene una planta de ensamble. La noticia es que la empresa ha ofrecido un plan de retiro voluntario a los 2600 trabajadores de la planta de los cuales 2400 obreros son sindicalizados y 200 empleados administrativos. “Un vocero de la empresa declinó decir cuántos empleados de Chrysler espera que tomen la oferta”, concluye el texto.

Belvidere queda cerca de acá, a setenta kilómetros. Es un típico pueblo obrero industrial del mediooeste norteamericano, del llamado “cinturón de óxido”, el cordón metalúrgico alrededor de los Grandes Lagos. El pueblo tiene 25.000 habitantes que ganan un promedio de 42.000 dólares al año y que dependen de una sola industria, en este caso la automotriz, ya que además de la planta, cuatro o cinco negocios de autopartes se asientan en Belvidere. Los obreros de Belvidere están representados por el otrora poderoso sindicato de United Auto Workers (UAW), pero ni en la página web de los dos locales de Belvidere, ni en las salas de chateo, aparece mencionado el tema de la crisis ni algún intento de resistencia organizada. En el teléfono del sindicato, a las cinco de la tarde, atiende un contestador.

A nivel nacional pasa lo mismo. Nadie sabe quién es el sindicalista preferido de Obama y nadie tampoco parece demasiado interesado en saberlo. Los periodistas se preguntan por tal o cual general, o legislador, o economista o pastor, pero nada de líderes sociales. Aun cuando es evidente que el gobierno ha ordenado un salvataje archimultimillonario para las empresas más ricas, rescate que terminarán pagando los más pobres. Nada. No se percibe que alguna reacción pueda llegar por fuera del sistema representativo y jerárquico que termina en el Capitolio y la Casa Blanca.

Nadie se junta para quemar una goma en la ruta. Ningún representante de los desocupados aparece en la televisión, si es que existe alguien merecedor de ese título. Los que sí existen son los consumidores, y los representantes de los consumidores, y los congresistas que dicen representar los intereses de los consumidores. Consumidores sí, pero siempre tomados como individuos, nunca como miembros de una fuerza política con intereses de clase.

Y existe California, siempre acusada de superflua, mezquina y desconectada del mundo real, con Terminator gobernador, pero sin embargo protagonista de la única protesta gremial trascendente del año, el paro de los guionistas y escritores que paralizó a Hollywood y los estudios de televisión durante meses. Esta semana otra vez California, que fue el eje de las protestas, esta vez por la decisión de la ciudad de Los Angeles de suspender la entrega de licencias para matrimonios gay, después de que una consulta a nivel estatal para eliminar esos matrimonios ganara en las elecciones del martes. San Francisco, en cambio, anunció que seguirá entregando licencias a pesar de la nueva legislación. Ayer, anteayer y el miércoles hubo manifestaciones en los parques de San Francisco y cartelazos-bocinazos frente a la municipalidad, en Los Angeles. Participaron de varias figuras de Hollywood, entre ellas Steven Spielberg. El martes pasó lo mismo con varias consultas sobre el matrimonio gay en distintos estados del país. Parece que la sociedad norteamericana en general está cómoda con la idea de unión civil, pero todavía falta para lo del matrimonio.

En cambio se aprobaron nueve de diez iniciativas a favor del uso de marihuana. En cuatro estados se permitió el uso con receta médica y en otros cinco se descriminalizó la tenencia de pequeñas cantidades.

Así, la vieja maquinaria capitalista cruje y chilla pero sigue funcionando, empujada por el avance vertiginoso de la tecnología, que va renovando hábitos de consumo y abriendo nuevos mercados, partiendo las aguas entre el adentro y el afuera, entre los ganadores y los perdedores de la kermese global.

La Sprite lima-limón está en vías de extinción. Pepsico la está reemplazando con un producto llamado Sierra Mist, Rocío de la Sierra, que tiene menos gas y azúcar, y se adapta mejor a la onda saludable. Las empresas de bebidas no alcohólicas venden cada vez más jugos y menos gaseosas. Los cigarrillos cuestan nueve dólares y la ciudad de Chicago acaba de pasar una ley prohibiendo su consumo no ya en edificios públicos, sino a diez metros de los edificios públicos. Por ahora la policía no controla la distancia.

La televisión ha sido copada por el Triple Play. Las cinco cadenas principales reportaron esta semana pérdidas de audiencia por quinto año consecutivo como consecuencia de que cada vez más gente graba los shows, saca los avisos y los mira por Internet. El problema se agravó por la huelga de escritores, que redujo el número de estrenos. Resultado: pérdidas de casi el veinte por ciento de audiencia y sólo dos estrenos exitosos, ambos con audiencias promedio mayores a los 45 años, que todavía no se ha adaptado a los últimos avances del mercado. La televisión ya no se ve en familia y el dueño del control remoto se ha convertido en un dictador. Ya no sólo hace zapping, sino que interrumpe un partido transmitido en vivo para repetir una jugada, o interrumpe una película para ver otra vez la escena caliente, o graba su chiste preferido de Saturday Night Live y lo repite una y otra vez durante toda la semana.

El abono básico del cable ofrece poco más que un interminable listado de canales de noticias. Noticias políticas, noticias financieras, noticias internacionales, noticias de deportes y noticias de lo que hay que comprar. Todas con el mismo formato: presentador, video de diez segundos, entrevista breve con invitado, discusión rápida con el panel de expertos y vuelta a empezar con el presentador. Mezclados entre los canales de noticias asoman las cinco cadenas con sus viejas sitcoms y un par de canales de documentales. Nada más.

Para ver el resto hay que entrar en contacto con el vasto mundo de Internet, que sigue creciendo y ocupando espacios en la vida pública y privada de los norteamericanos. Un estudio de mercado publicado esta semana muestra que hoy el 85 por ciento de los estadounidenses compra su auto con la ayuda de Internet. Hace cinco años apenas el cinco por ciento lo hacía.

Ni hablar de la campaña presidencial. Con la ayuda de Internet, Obama quintuplicó en recaudación a su rival republicano, diferencia que fue crucial, ya que le permitió en la última semana saturar con avisos a varios estados que venían votando al republicano y que el martes se dieron vuelta. Internet también proveyó a Obama entre cinco y diez millones de nuevos votantes y un ejército de voluntarios motivados que usaron blogs, chatrooms y cadenas de mensajes de textos para mantener alta la motivación de los voluntarios y crear una sensación de cercanía entre el candidato y sus seguidores que había estado ausente las últimas campañas.

Obama había anunciado a su compañero de fórmula por mensaje de texto y no bien fue elegido, dejó claro que seguirá usando Internet como principal herramienta de comunicación. Claro, sin desatender a la prensa tradicional. Lo primero que hizo cuando fue anunciado como ganador, aun antes de salir a hablar en Grant Park, fue mandarles un e-mail a todos sus contribuyentes, titulado “Cómo lo hicimos”, en el que Obama compartió su victoria con sus voluntarios y simpatizantes. Dos días más tarde, en su primera conferencia de prensa como presidente electo, cuando le preguntaron por el perro que llevará a la Casa Blanca, Obama se tomó el tema muy en serio. “Es la pregunta que más me hacen en mi página web”, empezó, y después dio un detallado informe sobre cómo viene la búsqueda.

Expulsadas del espacio público por la dictadura modernista, las redes sociales crecen y se reproducen en el espacio virtual, generando nuevas formas de activismo social que a veces se transforma en masa crítica al unir individuos con intereses en común que se resisten a ser meros consumidores.

Pero como dicen los norteamericanos, los viejos hábitos tardan en morir. En el centro de Chicago, bajo los puentes de las vías que ambientaron tantas escenas de tantas películas de gangsters, todavía es posible refugiarse del frío y la lluvia en un barcito de sótano. Son esos bares apretados y oscuros, atendidos por sus dueños-músicos, que van desapareciendo a medida que los rascacielos avanzan sobre las casas antiguas del downtown. Lugares donde todavía es posible ver las caras de siempre, acomodarse en la barra y sorber cerveza mientras la banda de la casa toca un viejo blues.

Acá dicen que las grandes canciones deben mencionar, necesariamente, a los trenes y los corazones rotos. Anoche lloraba el saxo, golpeaba el piano, picaba la guitarra y embrujaba el bajo en el Underground Bar de la calle diecinueve, cuando la dueña del bar entonó melancólica aquella estrofa de Jerry García:

“Suena tu silbato tren de carga,

Llévame lejos por las vías,

me estoy mudando de aquí,

me estoy yendo hoy.

Me estoy yendo,

para nunca más volver”.

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