EL MUNDO › CLINTON ES EL ARMA CLAVE DE LOS DEMOCRATAS DE CARA AL MARTES

Bill al rescate

El oficialismo enfrenta a una derecha energizada por el Tea Party y es probable que pierda el control de la Cámara baja. En el peor escenario, podría quedarse sin el Senado.

 Por Ernesto Semán

Desde Nueva York

El miércoles pasado, nueve horas más tarde de que Néstor Kirchner falleciera en la Argentina, Bill Clinton se apoyaba sobre al atril que tenía delante suyo sobre el escenario, con su cuádruple bypass y su stent y su fatiga. Levantaba la vista por encima de sus anteojos para reforzar lo que estaba diciendo. “Los republicanos insisten con ‘el Estado no sirve’, son los reyes del ‘Estado chico’, no han aprendido nada.” Y arranca una ola de aplausos entre las 1500 personas que llenan el gimnasio en Brooklyn. Medido luego en YouTube, pasan sólo 43 segundos hasta que el mismo Clinton arranca aplausos de igual intensidad cuando dice “viendo la historia, si quieren controlar el déficit fiscal y no aumentar el gasto público, tienen que votar a los demócratas”.

¿Es un síntoma de senilidad, una incoherencia que presagia un agravamiento de su condición cardíaca? Quizá le avisen de inmediato que acaba de decir una cosa y la contraria en un mismo párrafo. Quizás alguien corra y se haga espacio entre los nueve custodios que protegen el escenario y le acerque un papelito para que lo corrija. Nada de eso. Todo está armado al detalle, es el momento culminante de la estrategia demócrata para estas elecciones, martillarse una mano con toda la fuerza de la otra a intervalos regulares. Alguien ha deducido que así conquistarán a todos, a los que quieren un Estado chico y los que quieren un Estado grande. Y alguien se ha olvidado de aclararles que así corren con buenas chances de perder los dos.

Clinton, por lejos el político más popular de los Estados Unidos, es un arma clave del Partido Demócrata para las elecciones de este martes, que tienen toda la pinta de un retroceso respecto del 2008 y de la marea que llevó a Barack Obama a la presidencia. Hay buenas chances de que el gobierno pierda el control de la Cámara baja, y en el peor de los escenarios, puede quedarse sin el Senado, además de varias gobernaciones. La campaña transcurre en medio de una crisis económica que se estira y se expande políticamente en la desorientación demócrata no sólo para resolverla, sino sobre todo para explicarla. Enfrenta una derecha energizada por el Tea Party. En algunos distritos, el movimiento de extrema derecha lleva candidatos compitiendo con los republicanos, pero en todo el país les ha dado a los conservadores, republicanos o no, la tonicidad muscular de una agenda reaccionaria y clara, racista, antisecular y ultraliberal. Un programa, justo lo contrario al discurso de Clinton en la tarde de Brooklyn.

El acto es en apoyo a Andrew Cuomo, el mejor candidato a gobernador que pueden tener los demócratas, y aun así un político de lo menos interesante, un mal orador que articula frases generales de transparencia con victoria electoral cada 20 segundos, alguien que brilla más que nada en la luz ajena; la de su padre Mario, un legendario referente político; la de su ex mujer Kerry Kennedy, hija a su vez de Robert. El gimnasio de la escuela pública está repleto de gente de todas las edades, con una demografía de Brooklyn: mayoría negra, sólida minoría latina, y el resto detrás. Todos enarbolan el cartel con el nombre de Cuomo de un lado y del otro la frase “Limpiemos Albany: Hagámosla trabajar”. Albany es la capital del estado de Nueva York, donde probablemente Cuomo trabaje de gobernador después del martes. Bien podría ser un cartel del Tea Party portado por sus víctimas. La enorme mayoría de los presentes vive política o económicamente de la Albany que proponen limpiar o del municipio de Nueva York: los cientos de asesores que se arremolinan sobre los diputados en las primeras filas, los diputados mismos, los jóvenes de la propia escuela pública, del gimnasio que ocupan una decena de ONG con sus remeras identificatorias, todas con financiamiento público para prevenir la expansión del sida, combatir la falta de vivienda, promover la distribución de jeringas entre adictos.

Otros no. Manuel tenía 2 años cuando Clinton ganó las elecciones y la familia recuerda esa época como la “más próspera para todos nosotros. Mis padres regularizaron sus papeles después de años de estar ilegales, y en casa se vivía bien”. Dice que quiere hacer política acá o en la República Dominicana, de donde vienen sus padres. Dave, que está tomando de una botella de té helado, nació en el ’94 en Boston, el año en el que a Maradona le cortaron las piernas en esa misma ciudad. No tiene un recuerdo directo de Clinton, dice mientras espera al ex presidente.

“Es más como una reliquia, como ver a Roosevelt, ¿entendés?”

No, pero no importa. Los custodios se ubican, los diputados se sientan, los carteles se levantan, el volumen de la música va creciendo, Madonna, U2 y, para el momento culminante, el tema más escuchado en la ciudad desde hace un año, Jay Z y “Empire State of Mind”, por supuesto. Ese es justo el problema de los demócratas, todo es por supuesto. Siempre está el asesor que indica cuál es la canción más pegadiza en cada estado. Y siempre falta el otro que aclare que machacar con la referencia conspira contra la especifidad. El resto del acto va así, anodino, saltando de cita en cita, disolviendo en un océano de vaguedades las cualidades de uno de los mejores oradores de la política norteamericana.

Desde arriba del escenario, Clinton menciona sólo dos veces a Obama, impensable hace dos años. Dice que “hay que darle tiempo. El problema es lo que hay entre que uno resuelve los problemas y la gente siente el efecto. Obama ha hecho todo lo que había que hacer para terminar con la crisis, pero la gente todavía no lo siente”. Aplausos. Obama, como Clinton, obtuvo en Brooklyn arriba del 90 por ciento de los votos.

Cuando termina, alguien por fin se acerca a Clinton. Es una señora mayor, negra, ancha y arrugada que se arroja sobre los custodios para decirle algo. Clinton mueve las manos hacia arriba, la vista hacia abajo y se acerca con la cabeza para escucharla. De cerca, se le ven los surcos marcándole el cuello estirado. No son arrugas, son marcas bien definidas, hundidas en curvas regulares, trazadas con derrotas innombrables, bochornos televisados, miles de horas de golf.

“¿Qué le dijo?”

“Le dije que no dejara de venir, por Brooklyn. Con él pasamos los mejores años de nuestras vidas.”

Y el volumen de “Empire State of Mind” vuelve subir.

Cincuenta cuadras y dos días después aparece John Press, el representante del Tea Party en Brooklyn, repatingado junto a dos militantes en Johnny’s Pizzería, fundada en 1968 en pleno Sunset Park, el barrio latino más poblado de aquí. John Press no es el mejor orador, ni mucho menos el político más popular de los Estados Unidos. No lo conoce nadie. En veinte cuadras de caminata recibe menos saludos que los que recoge este cronista en su trote matinal. Su presencia, de todos modos, llama la atención, como la de cualquiera que no sea latino. Y además, ¿quién es el único en todo Sunset Park con barba candado? ¿quién es el único que no habla castellano? ¿quién es el único con corbata en todo el radio que puede alcanzar la mirada de un águila? John Press, John Press y John Press.

El acto es en apoyo del candidato a diputado Henry Lallave. Los volantes llevan su cara, pero no dicen “Tea Party” en ningún lado. “Obvio que no vamos a ganar acá, ése no es el punto”, dice Press. “Pero queremos dar a conocer nuestra plataforma, y la gente reacciona de formas muy diversas.”

“¿La plataforma del Tea Party?”

“Sí. El Tea Party de Brooklyn tiene un juramente basado en tres temas: congelamiento del gasto público y de las contrataciones del Estado; apoyo irrestricto a la ley antiinmigración de Arizona; y repudio a la construcción de una mezquita cerca del sitio de las Torres Gemelas.” Más del 60 por ciento de la población de Sunset Park recibe algún tipo de subsidio o beneficio del Estado y el 59 por ciento son inmigrantes indocumentados. Lo de John Press es casi como ser el referente del Partido Nazi de Villa Crespo. Pero al menos ofrece un programa, una serie de certezas claras alrededor de las cuales organizar el odio contra Obama que energiza a la derecha religiosa y los sectores más conservadores de Estados Unidos. El Tea Party no va a contar con la simpatía de Brooklyn, pero con su jerga ha logrado quedarse con centenares de candidaturas en todo el país y mover al Partido Republicano hacia una organicidad ideológica que pareció perderse con el retiro de Bush en el 2008.

Mientras dos militantes reparten volantes a su lado, John Press reflexiona: “La presidencia de Obama nos ayudó, sin duda, porque representa todo aquello que está mal en Estados Unidos. Pero lo interesante es que somos un movimiento de base, que nadie nos paga para esto”. Lo del movimiento de base y voluntario energiza a la base de la ultraderecha, cuyo peso oscila entre el 12 y el 30 por ciento de la población según de qué encuesta se trate. El Tea Party Movement arrancó hace un año con protestas contra el gobierno federal y su expansión se aceita en apoyos multimillonarios de empresas, consultores de Washington y referentes televisivos. Es cualquier cosa menos pobre, pero la afirmación de John Press no es tanto una mentira como un estado de ánimo. Los miembros del Tea Party se sienten al frente de una revolución. Como bien dice el politólogo Corey Robin en un artículo reciente, el movimiento conservador nunca propone la restauración, se presenta más bien con programas antielites, una respuesta revulsiva al estado de cosas, cuya concreción, en todo caso, podría reforzar las desigualdades y las jerarquías existentes. Pero su cara revolucionaria no es una mentira, es una aspiración genuina por constituir nuevos y más amplios consensos para programas más definidamente reaccionarios.

Quizá por eso la caminata sea mucho menos absurda de lo que parece. John Press celebra como un nene cuando una pareja de jóvenes con la camiseta de la selección de Honduras acepta uno de los volantes de los que uno supone como sus victimarios. “¿Ves? Alguna gente empieza a escucharnos”, dice. Más que alguna gente, podría agregarse. Una masa que aún no ha llegado a Brooklyn, pero que amenaza con sacudir el país entero dentro de dos días.

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El ex presidente Bill Clinton es, por lejos, el político más popular de Estados Unidos.
 
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