EL MUNDO › OPINION

La delgada línea verde

 Por Robert Fisk *

Los edificios de la antigua “línea verde” llevan bien sus heridas. Olviden los nuevos hoteles de Jerusalén cruzando el camino, el tranvía que brilla en la autopista; sólo miren los agujeros de las balas en los muros de la izquierda, las roturas de los proyectiles en la fachada preservada de lo que una vez fue un bunker del ejército israelí y ahora es la pequeña galería de arte de Raphie Etgar.

Todavía se puede espiar a través de las oxidadas persianas de hierro, del otro lado de la calle. A unos cien metros de ahí estaba la Legión Arabe. A sólo 90 metros estaba la frontera con Jordania. Porque ésta es la “frontera” de la que Mahmud Abbas insiste en que se deben retirar los israelíes, la “frontera” que Bibi Netanyahu considera demasiado “vulnerable” como para volver a ella en cualquier tratado de paz. Si se le permite a un ejército árabe que aterrice sobre la ruta, Jerusalén está nuevamente dividida, no más la “capital unida y eterna” de Israel. Si se les permite a los israelíes mantener su anexación ilegal de esta misma tierra, Jerusalén oriental nunca podrá ser la “capital” de Palestina. Las comillas son esenciales: como en “paz”.

El arte dentro del “Museo del Seam” (“seam” es una palabra sustituta por la “frontera” que Israel no quiere reconocer, así como “asentamiento” es un sustituto necesario de “colonia”) es sobre la guerra y la paz, sobre Bagdad y el 11 de septiembre, sobre terroristas suicidas, un extraño y altamente efectivo collage de brazos y piernas, prolijamente recortado, hasta un rifle AK-47 y una fábrica Charlie Chaplin de ruedas dentadas de caligrafía islámica.

Y de alguna manera no es sorprendente encontrar a su director de arte y jefe curador trepado al techo, un hombre bajo y regordete con pequeños anteojos de grueso armazón que respira agitadamente y habla sin parar sobre los temas más cercanos a su corazón: arte, las oportunidades perdidas, la esperanza y la potencial desesperación, mezclada con algo de terquedad. Raphie Etgar era un ex comandante de tanques, luchó en dos guerras –en 1967 en Sinai, en 1973 en Golan– y en la sangrienta batalla de Karamech (de la cual cuanto menos se diga, mejor) y “vi la muerte muy de cerca y perdí a unos cuantos amigos”.

Pero escuchen sus pensamientos sobre la guerra y la paz. “El hecho de que nuestro museo está ubicado en la ‘línea verde del seam’ es significativo, sin duda, pero es más un ‘seam’ conceptual. No es por accidente que estamos ubicados aquí, pero queremos pasar algún mensaje. Preferimos mantener el “seam” en un contexto más amplio. En la exhibición, tratamos con el choque de civilizaciones, yo espero que los visitantes lo vean en el contexto de Oriente y Occidente”.

No estoy seguro de que la frontera de 1967, justo afuera de la ventana detrás de Raphie Etgar, contenga lecciones sobre el mundo. Europa no está reclamando todo Londres o París para ella. Israel está reclamando a Jerusalén para él. Pero resulta que el ex comandante de tanques cree que nosotros los europeos compartimos estas ciudades con nuestros inmigrantes musulmanes sin entregarles nuestras capitales.

Es difícil de colocar a este hombre. Definitivamente de izquierda. Absolutamente moral. Lector del Haaretz, sospecho. Por cierto no le tiene ningún amor a su primer ministro después de los discursos de la semana pasada en la ONU sobre la categoría de Estado de Palestina. “Estaba sentado frente al televisor y traté de escuchar a dos líderes hablar un poco menos ‘desde arriba’. Netanyahu era el mejor actor. Sabe cómo hacer su show, y si no fuera porque uno sabe que siempre está jugando este juego, uno estaría tentado a creer en lo que dice. Es el mejor acróbata en Medio Oriente.”

“Luego vino el presidente palestino, que no me dio ni un atisbo de esperanza de que abriría la puerta y no repetiría sus acusaciones. Acá teníamos la oportunidad en que la gente podría sentarse junta y tratar de encontrar algo nuevo. Pero sólo era una repetición del antiguo juego. Netanyahu con sus trucos y su voz pícara. Yo creería más en una obra de Shakespeare que lo que puedo creer en estas conferencias.”

Me pregunto qué personaje haría Netanyahu. El cree que Bruto. Yo sugiero el Rey Lear, pero me abstengo de sugerir que muchos del liderazgo del Likud tratan a los palestinos como Caliban (personaje de la Tempestad de Shakespeare). “Parece que hay un gran cansancio que causó que mucha gente en esta región abandonara la esperanza”, dice Etgar. “Así que la fuerza llega en lugar de la esperanza.” Su parecer, hasta donde yo lo puedo proyectar, es que Israel debería prepararse para compartir su tierra cuando es más fuerte, no esperar hasta que tenga menos “fuerza”. Hay “reglas de negociación”, la otra gente debería tratarse con respeto.

¿Les permitiría Etgar a los palestinos tener una capital en Jerusalén en oriente, e Israel en el occidente de la ciudad? No duda ahora. “Si yo estuviera a cargo –dice de pronto– no compartiría Jerusalén, de ninguna manera. Creo que los palestinos están tocando un punto muy sensible ahí. Deberían tener Palestina como país, como un lugar para vivir. Denles Cisjordania, pero recuerde una cosa que también son muy sensibles y básicas y significativas para la nación judía. Deberían reconocer la identidad judía de esta tierra de Israel. No creo que les vaya peor si manejan todo el asunto desde Ramalá.”

Estoy consciente de que en algún momento de nuestra conversación patinamos sobre un precipicio. Etgar habla de compartir “una clase de derechos humanos”, pero Jerusalén tiene demasiadas “piedras sangrantes”. Los palestinos y los árabes pueden tener que aceptar “barrio” árabe musulmán en Jerusalén oriental. “Hay muchas ciudades con ‘barrios’. Pero salir con una declaración de que ‘esta va a ser la capital de Palestina’... La historia de mi propia familia exige esto. No se va a poder quitar de los huesos de todos aquellos enterrados en este lugar.”

Me trepo a la torre de vigilancia desde donde puedo ver el Monte Scopus y el Monte de los Olivos. Una vez pudo ser una buena idea volver a la “línea verde”. Raphie Etgar había dicho antes de que yo me fuera: “Pero las cosas cambiaron con el tiempo”.

Ah, la historia, siempre tiene la culpa, siempre como una alfombra sobre Jerusalén. Traté de cerrar las viejas persianas de hierro del hueco de la escalera. Pero se habían solidificado en la pared durante los años desde 1967.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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