EL MUNDO › FRANCESCO LOTORO, RECOPILADOR DE PARTITURAS ESCRITAS EN SITIOS DE EXTERMINIO MASIVO

La música de los campos de concentración

Reúne música escrita en centros de exterminio de Europa, Africa septentrional y colonial y Asia, entre 1933 y 1945, en plena dominación del nazismo en Europa y de sus aliados japoneses en Asia y fascistas en Africa.

 Por Elena Llorente

Desde Roma

Francesco Lotoro se define a sí mismo como un pianista. Así dice su tarjeta de presentación. Pero en realidad se ha transformado en un personaje especial, un historiador musical, un recopilador de partituras escritas nada menos que en los campos de concentración, civiles y militares, que existieron en Europa, Africa septentrional y colonial y Asia, entre 1933 y 1945, en plena dominación del nazismo en Europa y de sus aliados japoneses en Asia y fascistas en Africa. Se trata de miles de partituras que ha ido recopilando desde 1989. Cuando comenzó, dado que es judío, pensó en concentrarse en la música hebrea solamente. Pero después se dio cuenta de que la producción era tal que no podía limitarse sólo a ella. Según contó en una entrevista con Página/12, entre las partituras recopiladas en efecto hay varios tangos.

La Jornada de la Memoria, que se celebró el 27 de enero en Europa y recuerda la apertura por los aliados del campo de concentración de Auschwitz en Polonia, fue la ocasión para que Lotoro y otros investigadores presentaran su trabajo referido a la música y los músicos de aquel período en una conferencia en el municipio de Roma. “Empecé todo esto por curiosidad. Recuerdo que una vez decidí ir 15 días a Praga para investigar sobre el campo de concentración de Terezin. Llevaba una valija. Pero me tuve que comprar otra para poder traer toda la música que descubrí. Entonces comprendí que tenía que dedicarle mucha más atención”, contó a Página/12. Con el material recuperado en casi 24 años de investigaciones, Lotoro ha publicado el primer volumen de una Enciclopedia de música de los campos de concentración (Thesaurus musicae concentrationariae, Ed. Rotas), interpretando él mismo y otros músicos las partituras que aparecen en los CD. Y ha fundado en Barletta, su ciudad natal al sur de Italia, un instituto dedicado a este tema.

La música en los campos de concentración fue usada con varios fines. En algunos se dice que para humillar a los prisioneros o cubrir los gritos de las cámaras de gas. En otros, en cambio, donde bandas u orquestas de prisioneros recibían a los trenes que traían a los deportados, era para controlarlos mejor, haciendo que con la música se sintieran más tranquilos y trabajaran más. Por último, algunas orquestas fueron creadas para deleitar los oídos de los carceleros nazis, muchos de los cuales eran amantes de la música clásica. El campo de Auschwitz y sus numerosos subcampos, por ejemplo, llegaron a tener seis orquestas, una de ellas sólo femenina. Pero los músicos no sólo reproducían partituras de autores famosos, sino que sentían la necesidad de escribir su propia música. “Yo razono como músico –dijo Lotoro–. Creo que gradualmente las fuerzas de ocupación se dieron cuenta de que el fenómeno musical no podía ser reprimido. Un músico tiende a crear música instintivamente. Se le puede quitar la libertad, se puede limitar su actividad física, pero no se le puede quitar el alma.” Contó además que pese a que en algunos campos se les daba espacio y horarios para practicar la música, los músicos debían igualmente cumplir con los trabajos forzados a los que estaban obligados todos los prisioneros.

¿De dónde sacaban los instrumentos? “En algunos casos los campos de concentración fueron abiertos en cuarteles militares abandonados, donde había tal vez un piano y algunos instrumentos de viento –explicó–. Los campos de concentración civiles no fueron dotados inmediatamente de instrumentos. Los instrumentos en otros casos fueron incautados en los negocios que los vendían. Muchos testigos hablan de un famoso tren que partió de Praga al campo de Terezin, uno de cuyos vagones estaba lleno de instrumentos. En otros campos, como en Dachau (Alemania), se sabe que a los prisioneros que eran carpinteros y artesanos se les pidió que construyeran instrumentos y así se logró hacer una orquesta con 14 de ellos.”

Las partituras son un capítulo aparte de esta historia. En algunos campos, sobre todo donde había prisioneros políticos como en Westerbork (Países Bajos), no se les permitía escribir. Entonces los detenidos, mientras estaban preparando los terrenos para cultivar papas, dibujaban los pentagramas y las melodías en la tierra y las memorizaban. Por la noche, las transcribían en pedacitos de papel higiénico y a veces las interpretaban cantando en las letrinas, que eran colectivas, como pequeños teatros, explicó el investigador.

¿Dónde fueron a parar esas partituras? “Mucho material se ha perdido –continuó–. En algunos campos les daban incluso papel o cuadernos de música para escribir. En Terezin, por ejemplo. Y las partituras eran entregadas al bibliotecario del campo. Así se salvó parte de la producción del maestro Viktor Ullman, músico y compositor austríaco-judío muerto en Auschwitz en 1944. En los campos donde estaban recluidos los militares, ellos podían mandar por correo militar las partituras a sus familiares y así se logró salvar gran parte de esa producción.” Otro ejemplo es el Ghetto de Varsovia, donde los nazis obligaron a los judíos a vivir desde 1940. “En el Ghetto había lugares secretos donde muchos escondieron su música”, añadió.

Entre las partituras hay salmos, sonatas, sinfonías, música religiosa, tanto judía como cristiana, óperas, canciones de cuna y hasta tangos. Es que el tango estaba muy de moda en Europa en los años del nazismo. Lotoro recordó en particular al compositor polaco-alemán Józef Kropinski, quien recluido en el campo de concentración de Buchenwald, en Alemania, y de Auschwitz, compuso numerosos tangos y muchísimas otras obras. También mencionó a otro polaco, Zygfryd Maciej Stryjecki, internado en dos campos diferentes, autor de “Tango argentynskie”, y un tango anónimo escrito en lengua idisch, el idioma que hablaban los judíos alemanes y del este de Europa, que algunos han atribuido a una muchachita de 13 años que lo habría escrito en Auschwitz. “Hay material que yo debería recuperar en Buenos Aires y en Santiago, Chile”, dijo, lamentando que su organización no cuente con los fondos suficientes para continuar su tarea investigativa como corresponde y criticando a Italia por esa falta de apoyo. “Me he asumido la tarea de recuperar toda la música escrita en los campos, también aquella de sacerdotes y monjes que fueron obligados a trabajos forzados y que murieron allí. Quién sabe si el argentino más famoso del mundo, el papa Bergoglio, puede dar una mano a un judío desconocido como yo”, dijo. Pero su referencia a la Argentina no termina aquí. El cineasta franco-argentino residente en Francia, Alexandre Valenti, autor entre otros de Los 500 bebés robados por la dictadura, lo ha contactado para filmar un documental sobre él y sus investigaciones, que se comenzará a rodar en las próximas semanas en varias localidades de Francia.

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Francesco Lotoro, pianista y compilador de música.
 
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