EL MUNDO › LA OBRA PLANETA MIGRANTE SE EXHIBE EN VARIOS COLEGIOS DE ROMA Y DE LA PERIFERIA

Cómo ponerse en la piel de los migrantes

En la puesta en escena, los actores hacen de traficantes que les vendan los ojos a los alumnos y éstos entran en una habitación en donde hay una lancha inflable. Todos tienen que arrodillarse y agarrarse de los bordes de la lancha.

 Por Elena Llorente

Desde Roma

Al principio los chicos se ríen. Pero a medida que la obra teatral interactiva de la que ellos son los protagonistas progresa, la actitud cambia. Algunos siguen riendo, otros tienen cara de preocupados y alguno hasta se larga a llorar o pide salir de la habitación. Es que no es fácil ponerse en el lugar del otro. Sobre todo si se trata de un ser humano que escapa de la pobreza o de la persecución, que cae en manos de los traficantes de seres humanos, que cruza el Mediterráneo en una lancha arriesgando su vida, y que en Italia es atrapado por las mafias para trabajos pagados miserablemente. La obra interactiva Planeta migrante, puesta en escena en varias escuelas de Roma gracias al trabajo de Cies (Centro de Información y Educación para el Desarrollo), es parte del proyecto Same World (El mismo mundo, un proyecto ecologista de 13 organizaciones no gubernamentales europeas) y cuenta con la cofinanciación de la Unión Europea.

La idea de poner a los chicos en el lugar de los migrantes parece estar dando en la tecla en lo que se refiere a la sensibilización de las jóvenes generaciones sobre el gigantesco proceso migratorio que está viviendo Europa. Según La Organización Internacional para las Migraciones (IOM), en efecto, durante 2015 llegaron al Viejo Continente poco más de un millón de migrantes y en los primeros cuatro meses y medio de 2016, lo hicieron 193.600, principalmente a Grecia e Italia. Ser inmigrante nunca fue fácil. Y eso lo podrían contar muy bien los miles de italianos y españoles que llegaron a la Argentina desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX. Pero hoy, dadas las condiciones políticas y sociales en ciertos países del mundo, a lo que se agregan desastres naturales como desertificación, contaminación o inundaciones, provocados por el largo accionar irresponsable de ciertos países poderosos, la situación se presenta mucho más complicada.

El espectáculo, de una hora y 20 de duración, fue montado esta vez en aulas de la Escuela Media “Catullo Caio Valerio” de Roma, en las afueras de la capital italiana. Allí cursan chicos de 11 a 13 años -de distintas nacionalidades- que luego ingresarán al Liceo, es decir al secundario que en Italia termina a los 19 años. La experiencia duró cinco días. “En estos días asistieron a la obra unos 400 chicos de esta escuela -dijo a Página/12 Giuseppe Giordani, responsable de las relaciones con la prensa del CIES-. Pero en días pasados lo llevamos también a otra escuela. En total participaron unos mil alumnos”. Giordani explicó asimismo que hacer el espectáculo tiene sus costos. Hay que montar la escenografía y pagar a los actores. Por eso han presentado el proyecto al ministerio del Interior italiano para conseguir más financiación. Si lo aprueban podrán hacerlo en otras escuelas próximamente.

El proyecto usa las técnicas del “Teatro del oprimido”, una escuela teatral del dramaturgo brasileño Augusto Boal. Y en este caso se estructura en varias etapas. En un primer momento los chicos son divididos en tres grupos. Cada grupo representa a un migrante. Un periodista de Somalia, (Rachid), que escapa porque es perseguido, un pequeño agricultor (Mohamed) de Bangladesh que escapa de su país porque no puede trabajar más la tierra a causa del cambio climático, y una muchacha que escapa de la trata de mujeres de Nigeria. A cada grupo se le explica quien es el personaje que representan y por que escapa de su país. También les dan una falsa cédula de identidad con el nombre del personaje que representan.

La segunda etapa es la más impresionante. Porque que llegan los traficantes que los harán cruzar el Mediterráneo. Los traficantes-actores les vendan los ojos y en fila entran en una habitación en donde hay una lancha inflable. Todos son obligados a arrodillarse y agarrarse de los bordes de la lancha colocada en una habitación oscuras. Y con un fondo musical de un agitado mar, los traficantes, vestidos de negro y con la cara semicubierta, empiezan a asustarlos: “Son diez horas de viaje. ¡No se muevan, quédense quietos porque de lo contrario nos hundimos!”. “¡Nunca hablen de nosotros a la policía porque si no la pagarán sus familias!”, les dicen, imitando las amenazas de los verdaderos traficantes que por supuesto son mucho más intimidatorias. Cuando llegan a tierra, un grupo es interceptado por la policía y llevado a los centros de identificación. Otro grupo cae en manos de una prostituta que les saca los documentos, como realmente ocurre con las mujeres que llegan de Nigeria, el tercer grupo termina vendiendo flores y carteras de marca falsas (“Vendan las carteras a 10 euros, pero ocho son para mí”, les dice el explotador) o haciendo trabajos peligrosos, como sacar el amianto, en una obra en reconstrucción.

En el momento final, los chicos y un coordinador se reúnen para expresar sus sentimientos y comentarios. La coordinadora lanza preguntas como “¿Sabían que los migrantes trabajan por tan poco dinero? ¿Sabían que hay territorios en el mundo superexplotados y contaminados? ¿Es justo sacrificar a una población en favor de otra?”. Es el momento más importante para todos y los chicos lanzan comentarios como éstos. “Aunque vengan de dos lugares distintos, no hay diferencias entre Rachid y Mohamed porque los dos arriesgaban morir por una u otra razón”, dice uno de los chicos. “Ahora, cuando vea un hombre vendiendo flores en el restaurant, pobre, creo que entenderé mejor su situación”, dijo otro. “Los usan para los trabajos más sucios porque son pobres”, agregó un tercero.”El teatro es fabuloso para hacer salir sentimientos y sensaciones y hacer comprender nuevas realidades poniéndose en el lugar del otro”, dijo Giordani.

De empatía y otras cosas

“La cosa más bella es la empatía que ha aumentado en relación al discurso general sobre los migrantes y los refugiados. Los más pequeños no comprendían el fondo de la tragedia. Uno del primer año me dijo el otro día: “Profe, yo creía que los que vendían rosas lo hacían para divertirse”, comentó por su parte Cinzia Carbonara, profesora de literatura en esa escuela. E Isabella Mursilli, profesora de francés, agregó: “Esta experiencia ha aumentado la consciencia de lo que está ocurriendo. Porque aunque la televisión muestre imágenes, a veces demasiado crudas, ellos las sienten lejanas. En cambio así entran en el rol, al menos sienten emocionalmente algo de lo que significa”. Alessandro Natalini, que enseña italiano, historia y geografía, citó en cambio al papa Francisco. “Cada día hay que construir puentes y no construir muros. Esta actividad va en esa dirección, tratando de permitir una mayor comprensión de lo que dicen las personas que llegan de lejos sobre las condiciones dramáticas de las que son víctimas. Por eso, más allá de que se sea católico o cristiano, son válidas las palabras del pontífice, sobre todo para nosotros y para aquellos que creen en la educación como vehículo para una sociedad distinta en la que cada uno encuentre el propio lugar”.

Al menos dos de los actores-colaboradores del CIES que participan de la puesta en escena son ellos mismos migrantes. Ambos hacen el rol de policías de la Jefatura. Diana Agami es nacida en Cartagena, Colombia, donde era maestra de primaria. Colabora con el CIES desde hace ocho años. “Esta es una experiencia muy interesante. Es un modo diferente de contar la realidad, tratando de vivirla por un tiempo limitado. Creo que deja muchas cosas positivas en los estudiantes, sobre todo a nivel de sensibilidad”. Aman Abdul Hamid es etíope y enseña también en otra escuela. Llegó a Roma cuando era muy pequeño, con su familia, y nunca más volvió a Etiopía. Pero no se olvidó. Y como él dice, “el color de mi piel, mi pelo, la comida que hace mi madre en casa...todo me recuerda mis orígenes. Pero al mismo tiempo estoy aquí”. Y sobre la experiencia teatral comentó: “Tratamos de jugar mucho sobre la ironía de modo de dejarles algo sobre lo cual deben reflexionar. No queremos decirles: las cosas son así o de este otro modo. Queremos darles elementos para pensar”.

“Planeta migrante”, como experiencia interactiva, tuvo sus orígenes en Bélgica. Fue ideada por el Consejo Belga para los Refugiados. El Cies la adaptó y la puso en escena por primera vez en 1997. Desde entonces ha sido presentada en numerosas ciudades de la península y escuelas de Roma.

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El espectáculo fue montado en aulas de la Escuela Media Catullo Caio Valerio, de Roma.
 
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