EL MUNDO

Bush o los 60 minutos que no conmovieron a nadie

El presidente de EE.UU. eligió un tono sobrio y pocas novedades en el mensaje en que aceptó su nominación para cuatro años más al frente de la Casa Blanca.

 Por Claudio Uriarte

El tono puede haber pretendido ser de tranquila y optimista presentación de lo que serán los cuatro años más que busca lograr en las elecciones de noviembre, pero gran parte del discurso de aceptación de la nominación republicana por el presidente George W. Bush transcurrió en un tono monocorde, lindante con lo soporífero, lo que no es típico de este orador. Hasta que se burló de John Kerry por autocalificarse de “candidato de valores conservadores”, su famoso sentido del humor y talento para la relación con la gente común estuvieron ausentes; y su oratoria recién empezó a levantar vuelo una buena media hora después del inicio de sus 60 minutos de su exposición, al resumir sus logros de seguridad nacional.
“Hace cuatro años, Afganistán era la base de Al Qaida; Pakistán, un punto de tránsito de terroristas; Arabia Saudita, una de sus principales fuentes de financiamiento; Irak, un país con proyectos peligrosos; Libia tenía programas de armas de destrucción masiva y Al Qaida no enfrentaba ningún desafío. Hoy, Afganistán es un país libre; Pakistán combate al terrorismo; Arabia Saudita organiza redadas contra él, hay un nuevo ejército de Irak para defender la libertad; Libia está desmantelando sus programas de armas y más de tres cuartos de los líderes y operativos de Al Qaida han sido muertos o capturados”, dijo el presidente desde un imponente podio redondo alfombrado con el sello del presidente de Estados Unidos. Previamente había hablado de sus experiencias del 11 de septiembre, de su “extraordinaria fortuna” de tener al lado un vicepresidente como Dick Cheney (quien devolvió la cortesía saludando y sonriendo desde su palco) y las típicas historias con bomberos, militares y niños que parecen inevitables en esta interminable campaña electoral ya en su último tramo.
Detrás del podio, había una enorme pantalla rectangular flanqueada por falsas columnas y en cuyo capitel se leían las palabras “The United States of America”. Carteles y banderas rojas y azules se agitaban en el atestado espacio del Madison Square Garden albergando la típica concurrencia de toda convención republicana, hecha de una mezcla de ricachones, pajueranos de Estados chicos, derechistas cristianos, ciudadanos jubilados o al borde de la jubilación y clase media baja blanca, salpicada de tanto en tanto por algunos toques de color (negro).
El presidente fue firme en la defensa de “los derechos de los miembros más débiles de la sociedad, como el niño no nacido” (es decir, en su oposición al aborto), y en su reivindicación de la “unión sagrada entre un hombre y una mujer” (es decir, contra el matrimonio gay). Fue incisivo y neothatcheriano en su promoción de “una sociedad de propietarios, de modo que cada norteamericano pueda abrir la puerta de su casa y recibir a sus amigos diciéndoles: ‘Bienvenidos a mi hogar’”, y en su propuesta de volver permanente el alivio impositivo al que reivindicó por haber desatado la fuerza de los obreros, empresarios, granjeros y rancheros norteamericanos, pero sin decir que había sido orientado a los más ricos y era el principal responsable del déficit sin precedentes de más de 500.000 millones de dólares. Habló mal de la industria del juicio y de la interferencia del Estado en las vidas de los ciudadanos, argumentos de rigor de los conservadores. Puso mucho énfasis en la necesidad de mejorar la educación, incurriendo en esto en la contradicción implícita en los presidentes que buscan un segundo mandato: que no sabe por qué no lo hicieron en el primero. Y proclamó en su español: “No deharemos a ningún ninio atrás”, a lo que un grupo de hispanos contestó coreando “Viva Bush”.
El momento emotivo vino cuando Bush aludió a las familias que habían despedido a sus hijos soldados por última vez y dijo que esas familias encarnaban la fortaleza de América. Muchos delegados tenían lágrimas en los ojos, y el presidente también. Bush entonces les habló directamente a esas familias, y les pidió: “Permanezcan conmigo”. Pero el discurso transcurrió en general sin mayor incidente, sugiriendo que el empatetécnico entre Bush y Kerry puede proseguir hasta el último momento de esta atípica campaña electoral.

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George W. Bush entre su gente, en el atestado espacio del Madison Square Garden.
 
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