EL MUNDO › CON UN METODO CASI MILITAR, MILLONES DE DOLARES EN EFECTIVO Y MUCHO TRABAJO

Empezó la reconstrucción de Beirut

Cada persona que perdió su domicilio recibe 12.000 dólares. Son 16.000 las inutilizables y 200 millones de dólares es la cifra que se está gastando para financiar las primeras urgencias. Los asistentes sociales de Hezbolá sacan fajos de billetes de cajas de zapatos y se los entregan a las víctimas. Sobre las ruinas renace la esperanza.

 Por Eduardo Febbro
Desde Beirut

Beirut apenas se despierta de la pesadilla de las bombas. En el gran suburbio chiíta del sur, Chiah, bastión social del Hezbolá, pocas cosas han quedado en pie. Lo único que se mantiene firme es la disciplina. Cada hombre y mujer parecen tener un orden asignado, una función casi militar que respetan con la puntualidad de un rito. Las topadoras extraen los escombros, la gente barre los vidrios, en el local del movimiento chiíta libanés los encargados de la comunicación reciben a la prensa mientras que, en las calles derruidas del suburbio, un guía del Hezbolá, con un megáfono en la mano, conduce a los curiosos y visitantes explicándoles lo que existía antes de esa montaña de piedras que los extranjeros miran extasiados. El espectáculo es a la vez desolador y sobrenatural, una mezcla de fin del mundo con un montón de gente dando vueltas por una calle de cráteres, pilas de cemento y hierros retorcidos. Sin embargo, en ese caos provocado por la violencia hay un orden intrínseco, un método feroz para reparar los daños. El Hezbolá trabaja con una regla inquebrantable, quizá la misma que, al cabo de 34 días de bombardeos, privó a Israel de la victoria militar. Sus hombres y mujeres se juegan en la reconstrucción una carta política esencial.

La calle Ragheb Harb conserva cinco o seis edificios en pie de las decenas que alguna vez existieron. A la escena de la destrucción, el Hezbolá le superpuso un telón casi teatral. Delante de cada edificio derrumbado, el partido chiíta plantó enormes carteles rojos rectangulares que dicen: “Made un USA”, “Este es el nuevo Medio Oriente”. El contraste de los argumentos basta para convencer a los más escépticos. Hasta las protestas pintadas en los muros fueron modificadas. Donde antes decía en árabe Damar –destrucción–, ahora se lee otra cosa. La “D” fue borrada de un trazo. Entonces se lee Amar, es decir, construcción. En Chiah nada es como en otras partes. Este es el reino de una corriente confesional compuesta por dos tercios de la sociedad libanesa y todo está en función de ella, de su historia y de sus mártires. Una de las principales avenidas lleva el nombre del hijo del jefe del Hezbolá, Hassan Nasrallah, muerto durante un combate con el ejército israelí en el sur del Líbano. La sede del Hezbolá quedó hecha polvo, pero el partido funciona a pleno. El doctor Bilan Naim, miembro del ejecutivo del Hezbolá, mira con orgullo sincero los avances de la reconstrucción. Aquí, los medios no faltan y el partido ha hecho todo para que nadie pierda la oportunidad de filmar o fotografiar esas acciones. El doctor Naim desgrana las cifras sin emoción. “Hay 16 mil viviendas destruidas en todo el Líbano, más de 500 en este barrio. Nosotros nos hemos definido una política de ayuda concreta para que la población pueda suplir las carencias que heredó de la guerra. A cada persona que perdió su domicilio le entregamos 12.000 dólares para que salga del paso.” 12.000 dólares por familia, 16.000 habitaciones inutilizables, la cifra es rápidamente clara: hacen falta más de 200 millones de dólares para financiar las primeras urgencias de la reconstrucción.

Nada de lo que se dice es metáfora. En otro sector del suburbio, el Hezbolá instaló su oficina central de ayuda inmediata. Un edificio medio moderno donde funciona una escuela. En la puerta de cada aula hay un cartel con el nombre del barrio correspondiente. Adentro, media docena de hombres extraen fajos de dólares de una caja de cartón. Cuentan y entregan la suma, el beneficiario firma después. Dólares frescos, salidos, según Naim, de las contribuciones religiosas obligatorias y de las donaciones diversas. La aviación israelí parece haber herrado también aquí su blanco. Aplastó calles abarrotadas de civiles porque eran la cuna del Hezbolá, pero, además de no matar a ningún jefe de peso, olvidó las cajas fuertes de donde hoy mana ese dinero. Salim Kenaan también está satisfecho. Apenasse instauró el alto el fuego el pasado 14 de agosto, este miembro del Hezbolá visitó cada casa de Haret Hrik, otro de los barrios del sur, para evaluar los daños. “Todas las personas damnificadas han sido tomadas en cuenta. No hay nadie olvidado, ni durmiendo en la calle o en una situación desesperada”, dice Kenaan. La gente que vivía en las inmediaciones de la sede de la televisión del movimiento, Al Manar, pagó el tributo más alto en vidas y en destrucciones. El panorama hiela la sangre. Hay que imaginar un kilómetro de la calle Florida sin un edificio en pie para darse cuenta del desastre que desencadenaron las bombas. Y sin embargo, nadie se lamenta ni lanza diatribas contra los judíos. Hassan el Milejj, un habitante de Haret Hrik, no expresa remordimientos ni deseos de venganza. Su departamento –al igual que el edificio– es un recuerdo. “Nuestro problema no son los judíos sino Israel y su política de ocupación.” El Milejj, Achrabi, Al Hassan, nadie quiere pensar en el pasado, ni tampoco ver el abismo presente: “Hay que borrar todo esto y pensar en el futuro. De nada vale derramar lágrimas sobre un montón de piedras, de ollas y juguetes rotos. Es irrecuperable. Nos han expoliado el presente a fuerza de bombas, pero no dejaremos que nos roben el futuro. Eso es la reconstrucción”, dice Hassan el Milejj.

En dos semanas, el drama atravesó la frontera de la vida. En Chiah y Haret Hrik se respira un clima doble, la tristeza inevitable ante un barco hundido y la energía del mar que traerá otros navíos. La acción del Hezbolá no es ajena a esa confianza. Su organización es de un metodismo alucinante: nadie dice más de lo que debe decir; los interlocutores autorizados a dar datos se consagran a ello y cuando se trata de evocar temas políticos son otros jefes los que se presentan con una sonrisa bondadosa. Y sin embargo, como ocurrió durante los combates en el sur, no están en ningún lado, son una suerte de magma invisible que lo supervisa todo. Es el milagro de la eficacia basada en la disciplina y la invisibilidad. Pero en sus locales, en sus centros de ayuda, se siente latir el corazón del organismo. Mucho de lo que será el Líbano mañana se juega en esas ruinas.

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Una voluntaria malaya de un equipo de rescate internacional observa la destrucción en un barrio del sur de Beirut.
Imagen: AFP
 
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