EL MUNDO

Una procesión acompañó al diputado libanés asesinado

Ayer fueron los funerales del sunnita Walid Eido, el de su hijo y otras ocho víctimas de un atentado ocurrido el miércoles en el oeste de Beirut.

 Por Robert Fisk *

Desde Beirut

Todos estaban obsesionados por las cifras. Es verdad, el cortejo fúnebre se dirigía al cementerio de las mártires de Chatila, es verdad que Saad Hariri –hijo del ex premier asesinado cuyos asesinos serán juzgados ahora por la ONU– caminaba a la vanguardia. Pero eran los números los que importaban. Llegó un llamado a mi celular de un miembro del Parlamento libanés –los lectores pueden debatir su identidad– cuando el esqueleto carbonizado de Walid Eido estaba todavía caliente dentro de su automóvil bombardeado. “Robert, sólo necesitan matar a tres más y Siniora no tiene mayoría parlamentaria”.

Las primeras palabras de la editorial de L’Orient Le Jour de ayer eran: “70... 69... 68”. Si los miembros del Parlamento que apoyan al gobierno de Fouad Siniora llegan a 65, no hay más “mayoría” en el Parlamento. De manera que no era asombroso que ayer estuvieran reclamando que el presidente prosirio Emile Lahoud permita elecciones para cubrir las bancas de los miembros de la asamblea asesinados, que esas elecciones deber llevarse a cabo aun si Lahoud se niega a aprobarlas. Los miembros del Parlamento pueden ser perdonados por perder sus bancas por la insatisfacción popular en el Líbano, pero ¿por qué deben perder sus bancas por bombas o por la precisión –y aquí estamos hablando del ex ministro Pierre Gemayel– de un rifle AK-47?

El funeral de Eido, junto con el de su hijo Khaled (otros ocho murieron con ellos en la explosión del automóvil en el oeste de Beirut el miércoles), fue un asunto cansador, sombrío y penoso. “Omar, Omar”, gritaba la multitud, aferrándose a su califa, y “Fuera Hezbolá de los suburbios del sur”, una exigencia que floreció con una serie de referencias obscenas a Sayed Hassan Nasrala, el líder de Hezbolá. Este era un funeral sunnita y enterraban a sus muertos al lado del Gran Mufti de Jerusalén, el Jeque al Husseini que trató de mantener la existencia de Palestina (y jugueteó con Hitler, para disgusto de Israel y de Occidente). Saad Hariri –más noble a la vista de lo que tiende a ser en palabras– encabezaba la procesión.

Marchó frente a edificios con huellas de balas de la guerra civil –un recordatorio fantasmagórico de todo lo que esperamos evitar en los días por venir– y frente al cementerio de guerra francés de 1941. Los “libertadores” franceses libres enterrados ahí eran, muchos de ellos, musulmanes argelinos e indochinos (como se los llamaba entonces) y sus adversarios franceses partidarios del gobierno de Vichy volvieron a Francia bajo una tregua que les permitió luchar nuevamente contra los aliados.

Walid Eido era un juez respetado, un sunnita opositor a Siria, un hombre que había llamado al campo Hezbolá del centro de Beirut una “ocupación” y había sido asesinado, como les sucedió a muchos opositores a Siria en el Líbano. No, por supuesto que esto no es una prueba de que Siria cometió el hecho. Como no hay pruebas de que todos los otros opositores a Siria fueron asesinados por Damasco (¿Hariri? ¿Gibran? ¿Kassir? ¿Gemayel? ¿Ahora Eido?). Y como de costumbre, no hay nadie arrestado. Mártir, mártir, mártir; así es como la prensa llama siempre a los Caídos del Líbano. Supongo que es más fácil así.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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“Omar, Omar”, gritaba la multitud, aferrándose a su califa.
Imagen: AFP
 
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