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El mundo en estado de excepción

 Por Paola Bianco *

La intervención norteamericana en Siria no es un asunto de seguridad nacional para Estados Unidos, tampoco otra guerra más dentro de la tragedia bélica –y colonial– que asoló Medio Oriente desde el siglo XX. Por el contrario, si se concreta el ataque contra el Estado sirio, éste terminará de configurar un orden mundial unipolar basado en el estado de excepción legal y el uso de la fuerza, con todo lo que esto significa. Esta crisis del orden mundial, nacido luego de la Segunda Guerra Mundial, caracterizada hoy por la falta de equilibrio de poder y de instituciones que lo representen, plantea enormes desafíos a la paz y la seguridad mundiales.

La decisión que tomó el presidente Barack Obama de atacar Siria la semana pasada y que envió al Congreso con el objetivo de legitimarla internamente deja al descubierto la retracción al predominio absoluto de la fuerza en las relaciones globales. El pueblo norteamericano, según los sondeos, está mayoritariamente en contra de otra guerra y el Congreso se manifiesta reacio a otra intervención en Medio Oriente –aunque la medida fue aprobada por la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado y es probable que la ratifiquen ambas cámaras, por la posición en que el presidente puso al Capitolio con su anuncio y por lo que implicaría para el Estado norteamericano dar marcha atrás en esta decisión–.

Es la primera vez que Estados Unidos se encamina a la guerra prácticamente sin aliados –Francia es el único país occidental que quiere la intervención–, y la primera vez que Inglaterra, el aliado “natural”, se abstiene de acompañar a su socio histórico en una empresa bélica, como consecuencia del inesperado consenso logrado entre laboristas y conservadores en el Parlamento inglés para desaprobar la medida impulsada por el primer ministro británico.

La guerra en cierne no sólo se está gestando en el aislamiento, sino en un estado de excepción del derecho que amenaza con ser permanente. La postura del gobierno norteamericano deja ipso facto en estado de obsolescencia toda la organización internacional, ya que ni siquiera las decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU, la instancia más antidemocrática de esta organización mundial por la capacidad de veto que tienen sólo cinco de sus 193 miembros, son respetadas. Que la renuencia de Rusia y de China a la intervención en Siria sea ignorado por el gobierno de Obama, que alega que “el Consejo de Seguridad está paralizado por el veto” de estos dos países, es en este sentido un hecho inédito. En lo que respecta al uso de armas químicas contra la población siria por parte del régimen de Al Assad, si bien el gobierno norteamericano esgrime este argumento para ir a la guerra, que implica una violación al derecho internacional, todavía no mostró ninguna prueba de su imputación, aunque ya desacreditó también cualquier conclusión a la que puedan llegar las inspecciones de la ONU.

El aislamiento, la ilegalidad y la ilegitimidad delimitan la lógica de un orden mundial cuya fuente de poder se basa en el predominio militar y tecnológico. La ausencia de un contrapeso a este poder casi absoluto luego de la caída del Muro de Berlín, que puso fin al orden bipolar de la Guerra Fría, genera un desafío cada vez más urgente para la paz y la seguridad globales.

Los riesgos de una guerra contra Siria son enormes. El primero es el riesgo humanitario. Hay que pensar lo que significa un ataque con misiles –ésta es fundamentalmente la estrategia que se proyecta–, en el cual la población civil no puede quedar nunca exenta, por el poder de destrucción que caracteriza este armamento. En este sentido, la cancillería de Rusia advirtió a Estados Unidos que no ataque ningún depósito de armas químicas en Siria, porque esto podría liberar tóxicos y permitir que grupos extremistas islámicos que combaten a Al Assad se hagan con esas armas. Las represalias del régimen alauita a la intervención, que no tiene nada que perder ante el derrocamiento inminente, se pueden predecir. A la vez, un ataque contra Siria puede movilizar a Irán, amenazado por su proximidad geopolítica, y de hecho “contener” a Irán es el objetivo central de Estados Unidos e Israel, principal aliado de éste en la región. Tanto el régimen persa como el régimen sirio son un obstáculo para el control norteamericano de Medio Oriente, una región estratégica para asegurar la reproducción de este orden mundial.

En este contexto, que la política exterior de países como Argentina, y más generalmente de todos los países considerados otrora como No Alineados, muestre una clara tendencia hacia el multilateralismo, no quiere decir que ignoren la política hobbesiana del predominio de la fuerza propio de un estado de naturaleza, sino que se oponen a éste, desde una clara conciencia acerca de la necesidad de un orden multilateral en el cual se respete la no intervención estatal y se asegure la seguridad global. La contracara de la violencia sólo puede ser la cultura, una solución política a esta crisis y a la del orden global, que requiere de la organización de nuevos contrapesos institucionales que reflejen un mundo más democrático.

* Lic. en Relaciones Internacionales. Analista de Política Internacional. Maestranda en Ciencia Política –Flacso–.

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