EL MUNDO › LA HISTORIA DE UN YEMENI PRESO POR 16 MESES SIN ACUSACIONES

Pasajero de una pesadilla americana

 Por Pere Rusiñol*

Mohamed Abdalá Saleh al Asad cree conocer bien los vuelos secretos de la CIA. Ha sido pasajero en cuatro y suma más de 25 horas de vuelo, aunque todavía desconoce qué río, montaña o mar ha sobrevolado. También ha sido huésped de esas cárceles cuya ubicación nadie conoce: ha dormido y malvivido durante 16 meses en cuatro celdas, todas vacías, sin ventanas y sin pistas que permitieran adivinar si se encontraba al norte o al sur, en Europa, Africa o América. Y siempre ha estado solo.
La pesadilla de Al Asad empezó el 26 de diciembre de 2003 en Tanzania, donde este pequeño empresario vivía con su familia desde hacía 25 años. Agentes de inmigración lo arrestaron y su familia no supo nada más de él hasta el 5 de mayo de 2005, cuando EE.UU. lo entregó a las autoridades de Yemen. Dieciséis meses desaparecido, aún no sabe dónde, pero en varios lugares: algunos fríos, otros calurosos; separados en ocasiones por más de 10 horas en avión.
Según el relato que ha hecho a Amnistía, el primer vuelo fue relativamente corto: unas tres horas en un avión aparentemente pequeño. La mecánica fue siempre la misma: atado y con los ojos vendados, sus preguntas nunca fueron respondidas. Tampoco en su segundo vuelo, dos semanas después, más largo; ni en el tercero, al cabo de cuatro meses: seis horas de vuelo y posterior traslado en helicóptero. Tampoco en el último, que un año después lo llevó a su país natal probablemente junto a otros presos.
Las hilachas recogidas son tan finas que a Al Asad apenas le sirven para esbozar suposiciones: todo el entramado de vuelos y celdas secretas está pensado para que sea imposible saber dónde estuvo. Las celdas, siempre pequeñas (1,5 por 2 metros) e individuales, sin ventanas y vacías. Muchos guardias iban cubiertos con capuchas negras y en algunos lugares se dirigían a él por signos para que su acento no los delatara. Durante 16 meses casi sólo pudo hablar con interrogadores blancos y con acento estadounidense. En un año, ni siquiera con ellos: enseguida se olvidaron de él.
Aun así, Al Asad se agarra a pequeños detalles para reconstruir su ruta. Un guardia que le habló en árabe con acento somalí o etíope y un pan típico le sirven para deducir que primero estuvo en el este de Africa. Después de un largo viaje, la temperatura cambió: de repente, pasó del calor al frío. Y poco más: en la celda desnuda siempre había luz artificial; al principio salía tres veces al día para ir al baño; luego lo trasladaron a un lugar con recipiente para las heces y salía una vez a la semana para ducharse.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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