EL MUNDO

El norte argentino

 Por Pablo Ortiz

En 2001, Argentina le compraba a Bolivia 50 millones de dólares anuales de hoja de coca, lo que equivale a 1200 toneladas de la hoja sagrada de los incas. Así lo revela el estudio realizado por la socióloga paceña Silvia Rivera, que descubrió que en Salta, Tucumán y Jujuy el gusto por el acullico había pasado de ser una necesidad de los emigrantes bolivianos para convertirse en una moda de clase media. Desde 1989, la legislación argentina permite la tenencia y consumo de hoja de coca pero no la comercialización y es por eso que Evo Morales le ha pedido al presidente Néstor Kirchner que revise esa norma para despenalizar este comercio que ya se da en todo el norte. Por el momento, según la investigación de Rivera, la coca boliviana llega con todos los certificados legales hasta la frontera con Argentina, pero de ahí en adelante se convierte en clandestina y sortea retenes policiales a fuerza de coimas y habilidad de los dueños de la carga, en su mayoría argentinos. Rivera describe la paradoja que se vive en Salta y en Jujuy. Mientras la legislación argentina prohíbe la producción y la importación del arbusto, hay muchos boliches que subsisten gracias a su comercialización e incluso lo anuncian con letreros de neón. Además, el consumo en Argentina está lejos de la tipificación de que la coca es una compañera del sufrimiento, del trabajo pesado y del aguantar el hambre, sino que es utilizado para el disfrute en un proceso que Rivera describe como “un uso descolonizado”.

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