EL PAíS › OPINIóN

Certezas dudosas

 Por Eduardo Aliverti

Como todo el mundo sabe (y en millones de casos sufre, unos más y otros menos), Dios atiende en Buenos Aires.

Eso significa, entre varios aspectos, que la agenda pública se fija desde aquí, si se entiende por tal cosa la temática informativa pautada por los medios de alcance nacional; que, a su vez, funcionan de acuerdo con, y estimulando a, el humor de la clase media. A ningún medio de comunicación poderoso, en la acepción convencional del término “política”, le importa lo que piensen o actúen los sectores populares. El Señor estaría indicando, entonces, que el país se halla al borde de algo parecido a un colapso de algún tipo. Y responder a la pregunta de cuán importante resulta o puede resultar eso, en vez de indagar prioritariamente si es cierto o no, es, casi, la madre y el padre de todas las respuestas. Porque en la era mediático-tecnológica lo importante no es que algo sea cierto, sino los alcances de que pueda parecerlo.

Si no se vive en un cubito, cualquiera protagoniza o percibe, en Buenos Aires, la vivencia de un clima que, de inquietud y disconformismo a exasperación, atraviesa todos los estadios del malestar. El humo de hace unos días vino a coronar un ánimo encrespado que, esta vez, no pasa en su significante por piqueteros que cortan alguna calle, ni por los llamados a las radios de esa gente que encuentra en quejarse de lo que sea el único sentido de su vida, ni por los discursos perpetuamente fascistoides de los taxistas, ni tampoco por lo imperecedero de las lenguas fáciles que encuentran en dirigentes políticos y sindicales la corrupción que jamás endosan a empresarios, organizaciones profesionales, medios y periodistas. Esta vez, el “dónde vamos a parar” se posa en si la economía se va al diablo, si se viene una devaluación, si “esta mina” que gobierna está en condiciones de gobernar, si acaso no es por eso que ahora sale “él” a recuperar tribuna, si esto del campo no termina en violencia, si quién se viene si no paran la inflación. Y a eso se suma que, en la lógica estilística con que el oficialismo intenta sostener su liderazgo, no hay lugar para díscolos siquiera modestos (como pudo haber sido Lousteau). Y mucho menos en una etapa en la que está claro que el Gobierno apuesta a profundizar una construcción de sentidos que divida a buenos y malos.

La actualidad política que reflejan los grandes medios es ésa, básicamente. Y hablar de grandes medios es hacerlo sobre la totalidad del mapa nacional: la concepción político-cultural del país, gracias a la penetración satelital entre otros factores, se estipula más que nunca en las oficinas de Dios. Desde allí sale la mostranza de un gobierno que vive enojado e indispuesto con el diálogo. Pero lo que en verdad importa a los medios, detrás de las observaciones de estilo que anclan en la “impresentabilidad” del trío D’Elía-Moreno-Moyano, es posicionarse a favor de los intereses económicos que representan, por sí o por terceros, y que en algunos aspectos coinciden y en otros no con el modelo gubernamental de apropiación de la renta. Ellos, los medios, son sujetos activos de la creación de ese espejo de temperatura densa que, por supuesto, tiene un componente de realidad significativo. De lo contrario, no podrían activar nada de nada. Manipulan, pero no pueden inventar o sostener inventos absolutos. Sí puede estarse esencialmente seguro de la inexistencia de inocentes. Si la forma que se escoge para titular la ida de Lousteau es a toda página, y en tipografía de catástrofe, no hay mucha vuelta que darle. Los medios no son ni funcionan como un partido político. O no, al menos, como una estructura de decisiones verticales. Pero sí operan como un factor ideológico de presión –cada vez más autonómico– para la conquista de negocios que, inevitablemente, quedan sujetos a la necesidad de que el Estado sea un actor pasivo o cómplice, que para este caso son términos homónimos. Y es en este punto donde debe recordarse que lo comprobadamente existente es la puja por el reparto entre el bloque dominante, en un momento de ingreso de divisas y perspectivas excepcionales. Momento favorecido, paradojas al margen, por la crisis alimentaria mundial. Por lo general, la historia enseña que no hay nada más difícil que administrar conflictos en tiempos de vacas gordas. Aunque debería ser insólito que haga falta recordarlo, cabe hacerlo: ningún peso pesado de los que están en juego está discutiendo sobre pérdidas, sino sobre montos de ganancias.

En lo que aparece como lo más visible de esta etapa política, la pregunta continúa siendo cuál es la disposición y capacidad de este Gobierno a fin de afrontar la dinámica de enfrentamiento que eligió para su experimento reformista (si se acepta entender por “reformismo” un rol más regulador del Estado en el manejo de las riendas económicas, porque está claro que el modelo de concentración productivo no sufrió alteraciones). Lo ayuda el escenario latinoamericano, en el paisaje político, y los precios de granos y alimentos, en el horizonte económico internacional. Y detrás de quienes dicen que todo se derrumba no hay ni partido militar ni oposición creíble. Lo que sí hay es una inflación que empieza a comerse lo que recuperaron las clases baja y media, generándoles sensación de inestabilidad. La clase baja no cuenta porque no tiene poder de penetración periodística, pero la media sí porque su aspiración de escalar, a costa de casi lo que sea, cuenta con el inestimable aporte de la sociedad multimediática. Hay así la posibilidad de un desgaste, capaz de crear las condiciones para que a mediano plazo se vuelva a simpatizar con los valores ideológicos de la derecha más explícita. A la vuelta de la esquina está Macri, con su 60 por ciento de votos.

Menos ostensiblemente, en ese tira y afloje del que saldrá el imaginario social triunfante en cuanto a si se vuelve a los ‘90 o se persiste en intentar alguna osadía populista integradora, están los enormes jugadores mediáticos. A “la gente” le importa un pito en manos de quiénes están los medios de comunicación. Le importa a cuánto está la carne y la leche, qué va a pasar con la inflación, si van a devaluar y qué dificultades pueden venirse para guarecerse cómo. El tema es que respecto de qué dificultades pueden venirse, si van a devaluar, qué va a pasar con la inflación, y a cuánto está la carne y la leche, los medios no solamente reflejan. Actúan, operan, pautan, presionan, como brazo estratégico del mundo de los grandes negocios.

Si no hay conciencia de semejante cosa, ningún análisis puede aspirar a ser completo.

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