EL PAíS › OPINIóN

Grandes temas, buenos modales y trampas del poder

 Por Ernesto López *

El señor vicepresidente acaba de declarar que “en los grandes temas hace falta diálogo y consensuar políticas de Estado”. No debe extrañar, ya que ese repetido reclamo es su solitario caballito de batalla: hace ya un tiempo que se esfuerza por presentarse como el campeón de las buenas maneras. Como se sabe, hasta ahora su único aporte se limitó a un desleal voto no positivo. Es cortito lo suyo: meramente fungir como un gestor de buenos modales, como un facilitador del diálogo y del consenso sobre problemáticas sustanciales... que colocan otros. Apenas un pequeño Hermes, si cupiera. O un sujeto empeñado en hacer cortesías con sombrero ajeno.

Por lo que se lleva visto, los únicos que han presentado, defendido y gestionado “grandes temas” son Néstor y Cristina Kirchner. Permítaseme recordar en apretada síntesis. Néstor Kirchner: renegociación exitosa de la deuda externa y superación de la cesación de pagos; énfasis en la recuperación productiva (toda su gestión con tasas anuales de crecimiento de PBI del orden del 8%); recuperación de la industria; recuperación del empleo; recuperación de los niveles de ingreso de los sectores menos favorecidos; no sólo equilibrio de las cuentas públicas sino superávit fiscal de aquéllas; mantenimiento de iniciativas destinadas a afectar la renta extraordinaria del sector agrícola, con el objeto de: a) enfrentar la “enfermedad holandesa”; y b) favorecer políticas sociales y de inversión en otros rubros; fuerte compromiso con los derechos humanos, la verdad, la justicia y la memoria; fuerte compromiso con los pobres y, en particular, con los abuelos, maltratados ad nauseam por los gobiernos anteriores; política internacional autónoma en la mayor medida posible, con fuerte compromiso con el Mercosur y con el multilateralismo (¿recordará el señor vicepresidente la Cumbre de Mar del Plata? ¡Allí sí que se jugó un partido no menor!). Cristina Kirchner: mantenimiento sin discontinuidades de la política instalada por Néstor Kirchner, más una batería de atinadas y estimables medidas anticíclicas con el objeto de defender, ante la crisis mundial, el empleo de la gente y el nivel de actividad económica del país, con todo lo que esto derrama en términos sociales.

Del otro lado se ha instalado una desconfiable ausencia. La oposición carece de “grandes temas”, como no sea una vacía exaltación de un republicanismo de la forma. Qué se le coloca adentro de ese republicanismo vacío no parecería ser tarea que le incumba, como se ha demostrado a lo largo de este año, que ha sido pródigo en iniciativas. Cabe preguntarse entonces: ¿qué está ocurriendo? Los afanes del señor vicepresidente, tanto como los de la variada oposición recalcitrante y vociferante que enfrenta al Gobierno –en la que se destacan claramente las destempladas intervenciones de la señora que procura medrar a la sombra de Hannah Arendt–, ¿son acaso meras inocentadas, pruritos democráticos desentendidos de los contenidos? Francamente no lo creo; me parece que eligen posicionarse de esa manera en procura de empalmar aviesamente con el fondo, con el ejercicio del poder y sus efectos, no con sus modulaciones formales. Prefieren disimular, encubrir, transmutar sus discrepancias de sustancia, probablemente porque les resulta difícil combatir de buena fe –es decir, discutiendo sobre los problemas y no solamente sobre modales– contra los evidentes logros del oficialismo gobernante. Lo reconozcan o no, lo admitan o no, lo digan o no, actúan vicariamente. Se empeñan en un juego de desgaste, desacreditación y deslegitimización –es decir, destituyente– cuyo propósito final es terminar con la política iniciada en 2003.

Están en danza versiones distintas y probablemente alternativas –y por lo tanto excluyentes– del país que se quiere y hacia el cual se procura avanzar. Una claramente definida; la otra, ex profeso oscurecida, pero no por eso inexistente. Es un clásico de la Argentina (no el oscurecimiento sino la alternatividad). Basta visitar el trabajo lamentablemente poco frecuentado hoy del historiador Juan Alvarez, Las guerras civiles argentinas, para hacerlo presente. Y recordar tanto el encono antiyrigoyenista como la saña antiperonista y antipopular en general que caracterizó al período 1955-1982/83. Conviene refrescar, además, que los ejemplos de “abridores de puertas” para restauraciones nefastas abundan también en nuestra historia. El último caso fue el del general Eduardo Lonardi, que protagonizó un fiasco trágicamente memorable.

Nadie puede llamarse a engaño. Al republicanismo de la forma tendrán que ponerle algo adentro. Que lo hagan sus campeones y voceros actuales o en su defecto los poderes fácticos del mundo de la economía y los negocios no cambiará demasiado el resultado.

Las trampas del poder que ansía otra versión de la Argentina están hoy, como antaño, a la vista. Conviene desconfiar de los presuntos ingenuos que las sirven con aire distraído. Porque al fin y al cabo lo que está en juego no es la dilucidación de intenciones personales sino los resultados a los que se puede arribar.

* Sociólogo y diplomático.

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