EL PAíS › OPINION

Un gran amigo del pueblo argentino

 Por Rodolfo Mattarollo

Venía del Partido Comunista Francés, del que tenía la entrega y la combatividad, no el espíritu sectario ni dogmático. No buscaba nada para sí, salvo esa justificación de la vida que se persigue entregándose sin reciprocidad a la causa de todos. Estoy hablando del abogado francés Nuri Albala, que murió el pasado fin de semana en París y que había sido condecorado por el gobierno argentino en marzo del 2006 en una ceremonia inolvidable en la Alcaldía de París, junto a otras personalidades francesas descollantes en la lucha por los derechos humanos en la Argentina durante la última dictadura militar.

Su amplitud de criterio le permitió ser prenda de unidad para activistas argentinos de derechos humanos, en particular abogados, que se habían exiliado en una Francia que entonces hacía honor al lema “Francia tierra de asilo”. Amigo personal de Sean McBride –único Premio Nobel y Premio Lenin de la Paz al mismo tiempo–, era su réplica discreta por su amplitud y generosidad.

El conocido “Coloquio de París” –tal vez la asamblea internacional más importante que se realizó a la vez para condenar los crímenes de la dictadura y sentar las bases de una ingeniería jurídico-política para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas– hubiera sido imposible sin su compromiso activo.

No sólo porque todas las reuniones se hacían en su casa, que era al mismo tiempo la sede de su estudio, sino porque era capaz de contribuir a conciliar las posiciones que parecían al principio inconciliables. Tolerante con quienes en función de la vida vivida tenían autoridad para hablar y quienes se la atribuían. Una vez me tocó escribir que “el exilio como la muerte es un gran igualador”.

Qué lo enojaba realmente. Por supuesto el fascismo, pero también las blanduras de la socialdemocracia. En los últimos tiempos, ya muy debilitado por la enfermedad, contra la que luchó heroicamente como contra todo enemigo de la vida, tuvo la enorme satisfacción de comprobar que los argentinos, que habíamos despertado tantas expectativas con nuestra primera comisión de la verdad y el juicio a las juntas, teníamos una segunda oportunidad sobre esta tierra con la anulación de las leyes de impunidad y la apertura y reapertura de los juicios por crímenes de lesa humanidad. Se fue con esa satisfacción histórica el querido amigo, el entrañable y paciente huésped que nos recibía en su casa y nos abría las puertas de su corazón generoso, de su biblioteca, de su alacena y de su inteligencia siempre alerta.

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