EL PAIS › OPINION

El sol del 29 viene asomando

El efecto Atocha, difícil de repetir. De cómo los protagonistas se preparan para el 29 de junio. Planes B a la orden del día, talonarios de facturas abiertos. La lógica de las disputas en el oficialismo, en Unión PRO, en el panradicalismo. El álbum de Cobos, siempre motivo para la tertulia.

 Por Mario Wainfeld

Herminio Iglesias quemó un cajón cerca del Obelisco, un mito urbano relata que la piromanía fue determinante en el resultado de las presidenciales de 1983. La relectura de los hechos y de las encuestas refuta la leyenda: la suerte estaba echada a favor de Raúl Alfonsín desde mucho antes, por sobrados motivos. La brutalidad policial que desató la masacre de Ramallo hizo fantasear a los dirigentes de la Alianza: suponían que ese fracaso de la mano dura se llevaría puesto a su apóstol, Carlos Ru-ckauf, en la compulsa para elegir gobernador bonaerense. No fue así, el profeta de “meter bala” se alzó con una victoria inesperada y contra la corriente que circulaba allá por el ’99. No es sencillo que un hecho, por tonante que resulte, revierta el resultado amasado en meses de campaña y de debate político. El atentado de Atocha, que posibilitó el triunfo del PSOE sobre el gobernante Partido Popular, fue una excepción. Por su dimensión y su cercanía con los comicios, es un ejemplo difícil de empardar. La regla es otra.

Así que es bien factible que la sociedad ya haya construido a los ganadores y perdedores del 28 de junio. El punto, nada menor, es que es difícil saberlo con certeza y poco serio darlo por hecho. Para redondear, las encuestadoras (al menos, algunas de ellas) matizan varios favoritismos que coincidían en los pronósticos de hace dos meses. Néstor Kirchner, Carlos Reutemann y el cobismo mendocino no cuentan con todos los pronósticos a favor. Suele pasar; en vísperas de votación, los encuestadores matizan sus datos, se curan en salud. Los protagonistas ponen las barbas en remojo, revisan sus movidas, releen con ansias las encuestas que envejecen con más velocidad que los diarios.

Como en la tragedia, puede que todo esté dicho pero que los personajes lo ignoren. La narrativa de campaña, supone el cronista añoso, sobrevalora las peripecias, como el famoso ataúd. Las tendencias, quizá, son más sólidas, menos mudables. De ahí a que sean legibles en medio del fragor, hay un campo de distancia. En las últimas semanas, la recta final, los candidatos ensayan sus últimos esfuerzos, envueltos en un microclima que les hace creer que todos están pendientes de sus mínimos movimientos. Acaso en unos años se calibre cabalmente cuánto pesaron los ingeniosos spots de Unión Pro, cuánto impactaron en la ciudadanía el “efecto Alfonsín” o las denuncias sobre las candidaturas testimoniales o el “Gran Cuñado”.

Entre tanto, todos los competidores están pendientes del domingo 28, sin privarse de irse posicionando para variados tinglados en el lunes 29. Ganar o perder es el primer escalón, luego viene posicionarse internamente, ajustar cuentas internas cuando llegue la ocasión.

A ver.

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Compañeros, pero federales: En la coalición oficialista, las reglas de juego se definieron rápido, lo que ahorró chisporroteos en campaña. Los gobernadores que acompañan al kirchnerismo lo hacen bajo una condición clara, aunque tácita: cada cual es el dueño de su territorio, el jefe de la campaña y gradúa a su guisa las visitas de la pareja presidencial. En muchas provincias los gobernadores tienen más aceptación que la Presidenta. Además el diagrama político doméstico es sencillo, habitualmente binario, de formato pre siglo XXI. No abundan allí las novedades ajenas al bipartidismo, las siglas nacidas tras la crisis de 2001. El peronismo es una identidad fuerte, ganadora. Además, las querellas de porteños y bonaerenses son remotas, exóticas para la “gente”. Así que “los gobernas” amurallaron sus provincias, van por porcentajes seguramente más altos que los que lograrán quienes ganen en Capital, Buenos Aires o Santa Fe. Con ese caudal, esperan una reconfiguración de fuerzas en el Pejota, un nuevo gabinete con presencia federal, una ley de cheque con mejor porcentual para las provincias. La coparticipación federal está en el relato pero no en la vocación política. Avezados negociadores, los gobernadores saben que es casi imposible ponerse de acuerdo para modificar la arcaica ley actual. Para colmo, si Néstor Kirchner llega fortalecido representando a la provincia de Buenos Aires habrá un jugador importante que hará lo suyo contra el mainstream de las provincias “chicas” que ganaron terreno a costillas del duhaldismo, años ha.

El escenario deseado por los aliados que ganen de local es un pacto de gobernabilidad, que tenga como contrapartida más juego político, en el partido, en el Estado nacional y en la asignación de recursos. Y un voto en la mesa que comience a discutir las candidaturas del 2011. A por eso van José Alperovich, José Luis Gioja, Jorge Capitanich, Mario Das Neves. La vicepresidencia en 2011 es el sueño de más de uno. Si de ilusiones se trata, algunos se ven con la banda presidencial. Todos los presidentes elegidos desde 1989 fueron antes gobernadores. Los dos presidentes interinos, también.

Carlos Reutemann es un mundo aparte, va por su carril. Pero confía en que, si triunfa, el Confederal de gobernadores lo tratará a cuerpo de rey. O, por lo menos, como primus inter presidenciables. El ex gobernador no razona mal, por una vez.

Kirchner conoce esos anhelos, sabe que juega su destino en “la provincia”, valora la gobernabilidad cimentada en el PJ y el movimiento obrero, tanto que desde hace tres años pagó altos costos a cambio de ella. El ex presidente piensa que ganará y que mientras Cristina Fernández mantenga firmes las variables económico-sociales, nadie lo privará de un lugar en esa mesa, de la iniciativa y de la posibilidad de desbloquear alianzas internas antipáticas.

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Los de afuera se devoran: Desde el conflicto con “el campo” y hasta principios de este año, la oposición le restaba al oficialismo y sumaba para un asombroso pozo común. Sus cuitas intestinas se disimulaban, escondidas tras el discurso agrarista y los tópicos republicanos compartidos: el diálogo, la batida contra la crispación. Lanzada que fue la competencia electoral, ese juego de suma positiva se complejizó. El 2009 y el 2011 están en disputa, las estocadas “horizontales” se hicieron frecuentes, necesarias. “No hay enemigos sino adversarios”, dicen todos, aunque omiten agregar que a menudo el adversario está adentro, en el propio colectivo, en la misma lista. De Narváez relegó a Felipe Solá con estruendo, depreciando su imagen: a un peronista no le vale ser segundón, menos ser ninguneado. “Felipe”, como todos, celebrará el triunfo de su líder si cabe. Si media un traspié, cuenta con un plan B, que ha venido murmurando en público: cuestionará la desperonización de la campaña, su tufillo porteño, el desplazamiento de varios candidatos de su sector, las tartajeantes respuestas del Colorado a las acusaciones referidas a la efedrina, su vinculación con Mariano Cúneo Libarona.

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Quemá esas fotos: La tertulia entre Julio Cobos y De Narváez, inmortalizada en la condigna fotografía, también alude a una interna que repercutirá el lunes después. El vicepresidente, despechado por el maltrato de Elisa Carrió en Capital y Buenos Aires, husmea que sus correligionarios no tendrán grandes éxitos en esos distritos. O, como poco, tiene un plan B por si acontece tamaña desdicha. Cobos está seguro de que sus pollos ganarán con holgura en Mendoza. Es una hipótesis lógica, aunque en Olivos ha brotado el optimismo gracias a un par de encuestas que dan una repentina paridad. Como fuera, la interna por la candidatura panradical registrará cómo le fue a Cobos y cómo a Carrió. La diferente reacción de la líder de la Coalición Cívica y de Ricardo Alfonsín ante la (convengamos, provocativa) reunión entre el vice y De Narváez tienen que ver con sus itinerarios futuros. Lilita ansía desbancar a Cobos, Alfonsín (como casi toda la dirigencia radical) prefiere a Cobos, a quien considera más del palo. Por eso se le perdona una nueva infidelidad, que no mancha tanto al tigre.

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Eppur non si muove: El sabó tiene las cartas determinadas, los apostadores no conocen la serie. En tanto, el Gobierno controla los datos duros de la economía. La oferta de adelantamiento del pago de los Boden 2012 no tuvo casi aceptantes, es que “los mercados” están convencidos de que no habrá default. Hace tres meses esa catástrofe era una fija. Los gurúes vaticinaban un dólar estratosférico, descontrolado. Hubo devaluación gradual, llevada a pulso firme. No hay Apocalipsis, o por lo menos no lo hay Now.

¿Favorecen al oficialismo la relativa calma, la ausencia de descontrol o de pánico? Chi lo sa. Los contrincantes parecen creerlo así, por eso la oposición sigue augurando hecatombes y Kirchner ordena que “nada se mueva”. Pero el saber electoral es empiria pura, las decisiones sólo serán juzgadas correctas a la luz del resultado.

Las querellas internas que reseñamos serán solapadas si hay buen final, tal como ocurre en los planteles de fútbol. Si se muerde el polvo, los aliados entrarán en asamblea revocatoria.

El kirchnerismo repolitizó el ágora, reconstituyó el poder presidencial, lo revalorizó. Pero en el primer año del mandato de Cristina Fernández la politización se le dio vuelta como una taba: existió pero disgregó a su fuerza, generó corrientes alternativas en el peronismo, resucitó a la UCR. En esos meses, la politización parece ceder paso a una agenda trivial, destinada al olvido. Muchos temas de esta semana, las denuncias de manipulación de encuestas, la foto en el despacho de Cobos son intrínsecamente efímeros. El menú cotidiano de campaña es insípido, en proporción inversa a la exasperación de los discursos.

Faltan dos semanas hasta que se descifre el sabó. Ya vendrá la polémica por el sentido del voto, seguramente será más entretenida que la actual.

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