EL PAíS › OPINION

Panorama desde el puente

Macri, asediado por sus decisiones y su entorno policial-servicial. El Congreso, los debates que quedan y las disputas que se vienen. La virtualidad del centroizquierda en Diputados. La agenda del oficialismo desde junio, la opositora para después de diciembre. Disquisiciones sobre profecías erradas y augurios sobre el porvenir.

 Por Mario Wainfeld

Mala la semana, mala la temporada de primavera para Mauricio Macri. Habría que revisar anales del Guinness para encontrar una repartición pública que empardara el record de la Policía Metropolitana: generar tamaños delitos y papelones antes de empezar a funcionar. En el pecado estaba el germen de la penitencia: el jefe de Gobierno eligió represores, servicios y encubridores para el staff de su agencia-vedette. Jorge Palacios, Osvaldo Chamorro y Ciro James (en el orden de sello escalera) no se descarriaron; por el contrario, fueron fieles a su idiosincrasia. Las esquirlas del escándalo hirieron al macrismo desde diversos ángulos: pésimo su casting, paquidérmicos sus reflejos para desprenderse de sus policías favoritos, internas feroces que recién empiezan, un alboroto familiar que va in crescendo. Todo el espectro político se le vino encima, hasta Ricardo López Murphy volvió del exilio para darle duro.

Los problemas recién empiezan, la inexorable purga ministerial aviva las intrigas y rencores en Palacio. El silencio de la habitualmente locuaz y mediática Gabriela Michetti es una referencia ineludible: algo se resquebrajó en el PRO. Guillermo Montenegro se hizo cargo de la responsabilidad que lo excede hacia arriba, puso el cuerpo, no convenció a nadie. Su encono con el inminente tercer jefe de la Metropolitana, Eugenio Burzaco, es previo a la conformación del Gabinete. La convivencia, en medio de un tembladeral, tiene pocas chances para sobrevivir.

Macri fue tapa de los diarios que lo bancan con tenacidad, con títulos negativos. Se mostró irresoluto, rezongón, mandó al frente a subordinados sin cintura ni eminencia... hasta su asesor de imagen, el dicharachero Jaime Durán Barba, engrosó el coro de cuestionamientos. Un potencial líder de derecha en democracia debe, es de manual, interpelar a dos auditorios: la opinión pública y el establishment económico y mediático. En ambos, su desempeño cayó fatal, según miden las encuestas y conversaciones informales de popes corporativos con dirigentes que aspiran a ser la Gran esperanza blanca. Es buen momento para serrucharle el piso a Mauricio en la competencia interna. “Felipe” y “Francisco” no han roto un cuarto de lanza por él, todo un detalle.

Un solo alivio tuvo Macri en medio de la goleada que le propinaba Resto del Mundo, provino del lugar más inesperado. Aníbal Fernández prorrumpió en declaraciones innecesarias e ineficaces llegando a pedir su renuncia. Desmesurada la diatriba, inocua como suele serlo la palabra del oficialismo desde hace meses. La intervención no acabó con los males de Macri pero le facilitó mezclar al gobierno nacional en el brete, fue funcional a su discurso. Muchos protagonistas más legitimados –Sergio Burstein, los legisladores espiados de varias bancadas, el juez Oyarbide y el fiscal Nisman, la parentela– hacen cola para denunciar a Macri. El kirchnerismo no les suma nada y facilita el discurso autovictimizante de “Mauricio”. Claro que el paliativo es mucho menor al daño, pero quizá revele una tendencia que el oficialismo debería revisar: hasta que pase un buen tiempo debe hablar a través de su agenda de gobierno y mitigar su afición a la polémica política, de la que no saca tajada en la coyuntura.

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A todo vapor: El Senado aprobó, sin despeinarse, la ley ganzúa que permite reabrir el canje de deuda. En Diputados, con mucho esfuerzo, se dio vía libre al proyecto de reforma política que pasó a la Cámara alta. El jueves, Miguel Pichetto y José Pampuro recibieron directivas presidenciales para aprobarla antes del 10 de diciembre. Si es necesario, se prorrogarían las sesiones con ese objeto. La Reforma es menos controvertida que lo que parece, pero cada cual atiende su juego en un Congreso polarizado. Los oficialistas y opositores ven la propuesta con curioso paralelismo. Los legisladores del Frente para la Victoria la instan, sin estar muy de acuerdo ni entusiasmados ni comprender las razones del apuro de Olivos. Los opositores de centroderecha la enfrentan y despotrican, sin estar tan enardecidos como en otras ocasiones, ni del todo en desacuerdo y sin comprender cuál es la urgencia presidencial. Es periodísticamente incorrecto confesar esto, pero el cronista comparte la perplejidad de ambos sectores. Más comprensibles son las prevenciones del centroizquierda que husmea un tufillo pro bipartidista en la propuesta, aunque sus propuestas alternativas no son especialmente precisas.

En cualquier caso, los Diputados siguen aprobando las propuestas del Ejecutivo, explotando al mango la actual integración del Parlamento. Las autoridades de las Cámaras se designarán con la nueva conformación, saltarán chispas. La conjunción opositora viene desistiendo de su infausto afán de quedarse con la presidencia de Diputados que, todo lo indica, seguirá en manos de Eduardo Fellner. Muchas inexactitudes, hijas de la ligereza o la mala fe, se consignan en la crónica cotidiana. Entre otras, está la de omitir que jamás se desbancó al oficialismo de ese sitial si era, al mismo tiempo, primera minoría, como actualmente. La alquimia propuesta por radicales, gentes de PRO y peronistas disidentes (jamás ensayada antes) era sumar segundas y terceras minorías con bloques mucho más chicos que el del FPV, o sea generar una artificial unidad que no existe en su ideario, en su praxis ni en sus ofertas electorales por venir. Demasiado abuso de las instituciones. Afortunadamente primaron la ley del número y un ramalazo de tino colectivo.

La vicepresidencia primera es prioritaria para el radicalismo pues fue prenda de acuerdo en el debate interno por las autoridades de bloque. Ricardo Alfonsín y el sector boina blanca que lo acompaña encontrarían ahí una reparación parcial a la derrota que les inflingió el cobismo. Los operadores del FPV, en teléfono rojo con Néstor Kirchner, defienden ese sitial. Nadie resigna nada en los aprontes de una negociación, pero quizás ese sillón pueda incluirse en las tratativas por las comisiones.

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Agendas: Al filo del período ordinario de sesiones y a tres meses del comicio es patente que el oficialismo recuperó la iniciativa e impuso la agenda ulterior a su dura derrota. La dispersión opositora, los traspiés de Carlos Reutemann (que se cayó solo, sin asedio exterior alguno) y de Macri (que no zafa de su ineptitud para la gestión) lo favorecieron. Su voluntad política, la disciplina interna que supo conservar y la elección de una interesante agenda hicieron la parte del león. Sus principales medidas, esto no suele resaltarse, no son clásicos de la gestión K. La ley de Servicios de comunicación audiovisual (LdSCA) y la asignación universal son incorporaciones tardías, resistidas durante años, que le vienen del centroizquierda. La derogación transitoria de la ley cerrojo, la oferta a los holdouts y los guiños al Fondo Monetario, tributan a la ortodoxia económica, tantas veces denostada desde el kirchnerismo. La alquimia obra cambios institucionales y en políticas sociales y trata de aliviar la falta de financiamiento externo, volviendo al endeudamiento. Podría decirse que esa caja de herramientas es heterodoxa respecto del kirchnerismo, que se ingenió para armar ententes parlamentarias diferentes según la coloración ideológica de las acciones.

La oposición más votada bronca de lo lindo, aunque levantó las manos a favor de la ley ganzúa y de la de obtención de muestras de ADN. Apurados tantos malos tragos, prepara sus huestes para las ordinarias de 2010. Su agenda común es, hasta hora, llamativamente escueta y, tal vez, poco seductora para sectores masivos de la ciudadanía: Consejo de la Magistratura, Superpoderes, retenciones y otros reclamos de las corporaciones agropecuarias, poco más.

Cómo se conformarán las mayorías en el nuevo escenario es algo difícil de predecir, máxime para quienes (como el cronista, entre tantos otros) no previeron bien lo que pasaría de julio en adelante. Acaso pueda anticiparse que, en Diputados, será crucial el rol de los centroizquierdas, incluyendo al socialismo. Si se emblocan el FPV frente a los partidos opositores más taquilleros, el tercer sector podrá ser el fiel de la balanza, si opera con astucia y con cierto espíritu de cuerpo. El mayor equilibrio alienta esa perspectiva aunque es interesante señalar que el centroizquierda ya fue decisivo en tres cruciales precedentes de enfrentamiento frontal. El primero fue el debate de las retenciones móviles, cuando se alió con el centroderecha: los senadores del socialismo santafesino y del ex ARI fueguino fueron decisivos. En las otras dos, se plegaron al oficialismo y le garantizaron la vuelta al sistema estatal jubilatorio de reparto y la LdSCA.

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La economía, por su lado: El oficialismo hizo mucho por conservar su primacía y la gobernabilidad de estos meses. No es claro que haya cimentado para el futuro, da la sensación que poco ha construido en ese sentido.

Un gobierno derrotado en el medio término, conflictos sindicales y sociales con ocupación de calles, una oposición embravecida, medios de difusión dominantes que dejan chiquito al personaje de Capusotto... la ecuación de estos meses, en otros tiempos, hubiera hecho tremolar la economía. Esas variables solían derivar en disparadas del dólar, fugas de divisas, merma de reservas, forzada baja del gasto social, ajustes. Nada de eso sucedió desde julio, pareciera que la economía gira con un grado alto de autonomía respecto de las tormentas políticas. El porvenir inmediato, concuerdan economistas afines o críticos del Gobierno, será de recuperación (o rebote, o como usted quiera llamar a la mejora), crecimiento del PBI y del empleo en menor medida, alza de la recaudación impositiva y, los dioses sean loados, buena cosecha de soja. Esa base, más las repercusiones de la asignación universal entre los argentinos más desfavorecidos y en la economía real, deberían ser la mayor apuesta de un oficialismo que no resigna el poder ni el timón pero que dista de haber repechado el rechazo que se hizo carne en las urnas.

Imaginar el escenario de 2010 es una misión imposible, con tanta sorpresa que cunde por ahí. La reseña precedente, aventura el cronista, algunas pistas arroja.

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Imagen: Leandro Teysseire
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