EL PAíS › OPINION

El experimento Macri

 Por Sebastián Mauro y
Tomás Bril Mascarenhas *

El año que comienza presenta un escenario particular para Mauricio Macri y su fuerza política. Mientras que en el espacio opositor al gobierno nacional se vislumbra una serie de disputas y reacomodamientos de cara al ciclo electoral de 2011, al macrismo se le presenta el agregado de contener y revertir los escollos de una gestión deslucida en el gobierno de la ciudad que, atravesando la mitad de su mandato, ha llegado a un punto de desgaste.

Como hemos señalado en otra oportunidad, el fenómeno macrista constituye un “experimento” para analizar ciertas tendencias recientes de la política porteña. El caso de Macri es el primero, en Argentina, de un completo outsider de la política que accede al poder en un distrito subnacional sin el apoyo orgánico de una estructura partidaria tradicional. Desde su desembarco en la arena política, en 2003, su figura ha sido el punto de convergencia de fragmentos de organizaciones partidarias “en disponibilidad”, luego del colapso de sus partidos políticos de origen. Una vez alcanzado el Ejecutivo porteño, dicho estilo de construcción política se convirtió en modelo de gestión, conformando el gabinete y demás cargos políticos a partir de una lógica radial: Macri aparece como el centro sobre el cual orbitan distintos actores políticos. La falta de institucionalización de estos espacios lo convierte en el árbitro de los jugadores políticos que, en disputa, giran en torno de su popularidad.

Este modelo, versión exacerbada de los modos generalizados de construcción política en la ciudad, le permitió mostrarse como coordinador de un grupo de equipos técnicos políticamente plural, unido por la capacidad de trabajo antes que por ideologías inflexibles y abstractas. Frente a la crisis del espacio progresista –que Ibarra aglutinó en 2003 y no supo contener, llegando a ser destituido por sus propios ex aliados–, aquellos atributos del perfil macrista se convirtieron en su principal capital político. Luego del marcado declive de la imagen del gobierno nacional en 2008, el macrismo prometía potenciarse y convertirse en una de las posibles contracaras de la “crispación” kirchnerista. Sin embargo, a mitad de mandato, dicho capital político aparece socavado por los vaivenes de la gestión y de la política nacional, que se amplificaron por una acumulación de errores políticos y técnicos, asociados, a su vez, a la precariedad organizativa y al dispositivo radial de poder que caracterizan al PRO.

Ya durante el primer año de gestión macrista se volvieron evidentes las dificultades para respaldar la promesa de gestión eficiente, despojada de la supuesta parálisis y suciedad que caracterizarían a “la vieja política”. En primer lugar, el incumplimiento del plan de obras públicas –reducido a algunas medidas de impacto mediático sobre el tránsito vehicular y la repavimentación de calles y avenidas– se sumó a la temprana evidencia de dificultades en la gestión de las áreas de Salud, Educación y Cultura, con sucesivas contramarchas en la nominación de funcionarios y en la implementación de políticas, y con la multiplicación de roces con sindicatos, empleados públicos y usuarios. En cuanto a las políticas de seguridad, cualquier analista benévolo reconocería, al menos, el evidente retraso en la implementación de las promesas de campaña, la impericia político-técnica en la selección de sus equipos de gestión y la poca atención a la naturaleza multidimensional del fenómeno.

Por otro lado, el experimento encontró dificultades en la articulación política, al no poder aprovechar el escenario de 2008, con el retroceso del oficialismo nacional y la fragmentación del espacio progresista porteño. En el primero de los planos, la falta de comunicación fluida entre el núcleo macrista y el bloque de diputados (liderado con habilidad por Federico Pinedo), así como la reiterada incapacidad para penetrar la política territorial con cuadros propios, obstruyeron la construcción del siempre anunciado pero nunca coagulado actor nacional. En el plano local, el macrismo se alimentó de la fragmentación opositora para sumar aliados circunstanciales pero sus desaciertos en la relación con diversos actores sociales levantaron banderas aglutinantes en la oposición y le dieron motivos para operar con mayor intensidad. Esto cristalizó en el reparto de poder institucional en la Legislatura porteña luego de su renovación parcial: si bien el macrismo mantuvo intacto su numeroso bloque, retrocedió en la participación de comisiones clave, demostrando su debilidad ante la mínima articulación opositora. En líneas más generales, la coyuntura de los últimos meses ha dificultado al PRO mantener su perfil, incapaz de procesar las tensiones entre la demanda de mayor precisión ideológica (hacia diferentes vectores de derecha) y el imperativo de vaciamiento discursivo para no expulsar segmentos del electorado (que el discurso periodístico ha antropomorfizado en la figura de Jaime Durán Barba).

Finalmente, el macrismo se encuentra en una compleja situación intrapartidaria que parece no haber sido tan aguda en la etapa pre-gubernamental y que incidirá hacia 2011. La falta de inversión de recursos (o su ineficacia) en la institucionalización partidaria, en una lógica de organización intermitente al ritmo de los turnos electorales, ha causado varios daños al experimento. A las luchas entre las facciones internas se suma la falta de procesamiento partidario de las macro-decisiones políticas. El empecinado sostenimiento de Jorge Palacios al frente de la policía local o de Abel Posse como opción de recambio ministerial parecen caprichos elaborados por muy pocos líderes (si es que cabe el plural), aislados de todos los potenciales consejeros que, con mejor pulso político, hubieran prevenido esas heridas autoinfligidas. Por otra parte, a dos años de haber asumido el gobierno se torna difícil continuar disimulando la anemia de cuadros político-técnicos propios. Aquello de “los equipos PRO” es hoy apenas un buen recuerdo de una buena campaña. Si no, ¿cómo podría explicarse la ausencia de elencos mínimamente nutridos que habiliten recambios ministeriales en áreas claves como la educación? Aun provincias con menores recursos que la ciudad cuentan con elencos más numerosos para cubrir estos puestos y para ofrecer oxigenación de sus gabinetes.

A mitad de mandato, el experimento Macri sin dudas no es lo que será dentro de dos años: entonces se evidenciará si su suerte se define en clave de acelerado crecimiento político, de profundo fracaso o de simple supervivencia. La ambición o modestia de sus aspiraciones, y la capacidad para llevar éstas adelante (sin dedicarse a “hacer la plancha” política sobre una corriente favorable) decidirán el futuro de un experimento que ya hoy revela ciertos patrones que definen la política allí donde las instituciones partidarias fracasan de manera particularmente estrepitosa.

* Licenciados en Ciencia Política (UBA).

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