EL PAíS › REPORTAJE AL HISTORIADOR MARCELO ROUGIER

“Martínez de Hoz mató la sociedad del empate”

Desde el jueves, José Alfredo Martínez de Hoz no puede salir del país. La Justicia lo investiga por el caso de los empresarios Federico y Julio Gutheim, que en 1976 fueron obligados a negociar con una firma de Hong Kong mientras estaban en la cárcel, donde los había confinado el gobierno militar. ¿Qué cambió en la Argentina con Martínez de Hoz? ¿Qué herencia dejó? ¿Quién ganó con el desempate?

 Por Martín Granovsky

Investigador del Conicet y profesor titular de Historia Económica en la Universidad de Buenos Aires, autor de libros como Industria, finanzas e instituciones en la Argentina, Marcelo Rougier explica qué papel cumplió José Alfredo Martínez de Hoz, 85, abogado, durante casi cinco años ministro de la última dictadura militar: “Condujo una política económica global, con objetivos financieros, cambiarios, industriales y de ingresos, y esa política tuvo idas y vueltas pero generó un cambio profundo que terminó con el entramado social construido en torno de una industria en expansión en la que pesaban también los trabajadores”.

–Hay una discusión entre los investigadores –dice Rougier a Página/12 al comienzo de la entrevista–: ¿el proyecto de Martínez de Hoz era un plan completo de entrada o se fue definiendo con el tiempo? Prefiero hablar de las intenciones más gruesas y de los resultados más notorios: durante el período de Martínez de Hoz se produjo un cambio estructural de la Argentina y cambiaron las condiciones de distribución de la riqueza.

–Cambiaron para peor, dice usted.

–Sí, claro. Brutalmente: el salario de los trabajadores cayó un 40 por ciento a comienzos de la dictadura.

–¿Y cuánto cayó la participación del trabajo en la renta nacional?

–Tenemos datos de 1983, con la vuelta de la democracia. El número estaba en 30 por ciento. Fíjese hasta qué punto la política fue regresiva que con el gobierno militar hasta desapareció la estadística sobre lo que usted pregunta. Este dato y la caída, sí verificada, del salario real en tan poco tiempo sólo era posible en aquel momento con un régimen dictatorial. Isabel Perón y José López Rega ya habían intentado bajar drásticamente el salario con Celestino Rodrigo como ministro de Economía, pero el Rodrigazo no consiguió todos sus objetivos. Y no lo consiguió incluso en un contexto democrático teñido por los ataques de la Triple A. ¿Quién estaba detrás de Rodrigo? Ricardo Zinn, uno de los ideólogos de lo que vino después con el gobierno militar. ¿Qué factor impidió su triunfo absoluto? Los sindicatos, que tumbaron a Rodrigo. Ahí vemos una muestra de la tensión permanente que Martínez de Hoz, para ponerle un nombre a ese proceso, se propuso eliminar. Y una de las fuentes de la tensión eran los trabajadores, sus demandas, su deseo de conservar la participación en la renta nacional, su organización en sindicatos con poder de negociación, su aglutinación en el peronismo. Pero no solamente los trabajadores. Se trataba de un modelo completo.

–¿Cómo lo definiría?

–El tradicional modelo de sustitución de importaciones.

–¿Qué potencial explosivo tenía la intención de fabricar en la Argentina lo que podía fabricarse en la Argentina?

–Una industria extendida, que incluye a los industriales y también, otra vez, a los trabajadores y sus sindicatos. Un mundo. Aun en medio de años de caída, la participación del ingreso de los trabajadores en la renta en 1975 era de 35 por ciento, es decir cinco puntos más que a finales de la dictadura.

–Una de las imágenes de Martínez de Hoz es su cara antiindustrial.

–Maticemos. La caída de la industria fue global. Pero no completa. Cayeron las ramas más complejas, como la metalmecánica y la electrónica. Se desplomaron por la importación libre. Al mismo tiempo, Martínez de Hoz mantuvo los subsidios para sectores concentrados como los que producían y exportaban commodities industriales, productos básicos como acero y aluminio. No les fue mal a Techint, a Aluar, a Acindar, empresa de la que Martínez de Hoz había sido presidente, a las empresas de celulosa, a Papel Prensa. En esos casos el gobierno otorgó regímenes especiales con políticas de promoción y subsidios, a lo cual hay que agregar la caída salarial que redujo costos y el tipo de cambio alto que inicialmente garantizó competitividad.

–Pero, después de los primeros años, ¿la devaluación y la tablita cambiaria que impuso Adolfo Diz en el Banco Central no quitaron competitividad?

–El punto importante es que, antes de la tablita, que comenzó a aplicarse en 1978, la industria no concentrada o se había reducido o había quedado fuera de combate. Vuelvo al comentario inicial: ¿todo fue diseñado así? Y otra vez elijo analizar con los datos concretos: más allá de las intenciones, de hecho quedó conformada una estructura destinada a durar en el largo plazo. ¿Cuál fue el resarcimiento para esos sectores concentrados que no habían desaparecido? La licuación de pasivos que les concedió en 1982 Domingo Cavallo, presidente del Banco Central. Quiere decir que en largo plazo esos sectores seguían fortaleciéndose. No se entiende la década del ’90 sin Martínez de Hoz en los ’70. Cuando Cavallo decía que era el padre del modelo, Martínez de Hoz decía que entonces él era el abuelo. Y que lo que cumplía Carlos Menem era lo que él hubiera querido hacer de haber podido con todo. Pero son momentos distintos. El modelo industrial argentino estaba enfermo. No muerto. El gobierno militar lo mató. La industria es un tejido, no solo una fábrica. Es un entramado social que pasó a mejor vida. Y Martínez de Hoz pudo hacerlo porque se lo permitió un contexto internacional de abundancia de capitales. Hasta cambió el rol del Banco Central.

–¿Cómo lo cambió?

–El Banco Central cambió de naturaleza. Dejó de desempeñar funciones que cumplía desde su fundación, en 1935, acompañando la industrialización en sus distintos momentos, regulando las tasas de interés y tratando de que fuesen bajas para que los industriales pudieseN obtener créditos baratos. Martínez de Hoz, en cambio, quería “sincerar la economía”, como lo decía él mismo con frecuencia. Una forma de sinceramiento, en su opinión, era liberalizar el sistema financiero. Si la tasa antes estaba reprimida, había que terminar con las medidas consideradas artificiales y dejar que el mercado actuase. Claro, en ese contexto el mercado actuó y la mayoría de los industriales perdieron acceso al crédito, mientras que los sectores concentrados se proveían de fondos en el exterior. La falta de crédito barato y la quiebra de empresas también fueron parte de un fenómeno disciplinador.

–Adolfo Canitrot, que después integró el equipo económico de Alfonsín, describió el programa de Martínez de Hoz como “disciplinario y restrictivo”.

–Y así fue. Canitrot comparte una característica con Aldo Ferrer, Marcelo Diamand y un tiempo después, todavía en dictadura, Jorge Schvarzer: ellos vieron el proceso del que estamos hablando y lo analizaron con esa precisión mientras ocurría. Canitrot lo dijo con claridad. La dictadura mató la sociedad del empate, donde los sectores concentrados avanzaban pero debían pelear con el resto de los industriales y contra el poder de los sindicatos. Todo eso en un contexto financiero de gran poder destructor.

–Ya mencionó la pérdida de funciones del Banco Central como garante de una tasa de interés baja. En tiempos de Martínez de Hoz se comenzó a hablar de “patria financiera”.

–Por un lado estaba la tablita, que aquietó la variable cambiaria y ató el peso al dólar casi hasta la devaluación de 1981, cuando Lorenzo Sigaut reemplazó a Martínez de Hoz como ministro. Por otro lado, las altas tasas de interés. Además, la disponibilidad internacional de capitales. Esa combinación permitió la entrada de capitales en abundancia y después el juego en el mercado financiero argentino, aprovechando las tasas altas. Ese fue el origen de la bicicleta financiera. De hecho hubo un subsidio a las entidades financieras, porque se incrementó tanto la tasa de interés para los créditos como la tasa que obtenía el titular de un plazo fijo. Pero, igual que en la industria, ese subsidio discriminó al sector financiero. El Banco Nacional de Desarrollo dejó de otorgar créditos a las empresas pequeñas y medianas y prestó a grandes grupos. La reforma financiera de 1977...

–...la que ahora proponen cambiar Martín Sabbatella y Carlos Heller en la Cámara de Diputados.

–La misma. Esa reforma liberalizó el mercado, trató de liquidar a las cooperativas y todo tipo de banca orientada a las pymes y a los industriales no concentrados y permitió el crecimiento gigantesco de la deuda externa. Dejó preparadas las condiciones que estallarían a comienzos de la democracia con la crisis de la deuda en toda América latina.

–Usted citó antes un sentimiento parecido a la envidia de Martínez de Hoz hacia Menem. Menem privatizó grandes empresas públicas, sobre todo YPF, y Martínez de Hoz no.

–Quiso. No pudo. Decía que privatizar es algo que se hace empresa por empresa. No lo logró con Siam. En el caso de YPF llegó a la privatización de servicios periféricos. Y en otras empresas se topó con barreras burocráticas.

–¿Sectores militares que no querían perder cuotas de poder propias?

–Sí. Y agreguemos las luchas interburocráticas y las contradicciones entre el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. De todos modos, hubo otro intento más, cuando después de Sigaut asumió Roberto Alemann como ministro de Economía de Leopoldo Galtieri. Pero nunca se puede hacer todo en el momento que uno elige. De cualquier manera, y visto a la distancia, está claro que el gobierno militar, con Martínez de Hoz, logró introducir cambios drásticos que condicionaron duramente el futuro.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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